Entonces Úrsula se rindió a la evidencia.
«Dios mío», exclamó en voz baja.
«De modo que esto es la muerte».
Gabriel García Márquez.
Por Andrés Piña
(18 de abril, 2014).- Y qué palabras decir cuando un escritor de la talla de García Márquez se marcha, en el alba de un siglo que aún se duele de prácticas antidemocráticas, que aún adolece la insensibilidad de unos frente a los dolores de muchos otros. Allí en esa proyección infernal, es justamente donde la literatura hace su entrada solitaria; entre la consistencia de los sueños y la textura cálida de las palabras sobre otras palabras; un juego del lenguaje en el que parece estamos inmersos justo en el momento en que abrimos un libro, muy al estilo de Wittgenstein en las “Investigaciones Filosóficas”, muy al estilo de los juegos que jugaba la soldadesca de Aureliano Buendía.
En ese chapoteo de palabras, en ese lago de historias aparece una obra elemental, que quizás tuvo altibajos pero cuyo momento cumbre se traduce, en la creación de una novela como: “Cien años de Soledad”, escrita por un autor que hoy se nos ha ido. Aquél que nunca dejó de vivir y sentir como el muchachito joven de Aracataca, que creció como un rosal junto a su abuelo. Sin embargo ahora se ha marchado y nos deja un cuento sin contar, una novela sin escribir.”La mala hora” a caído sobre nosotros, mañana amanecerá la calle llena de pasquines, como en la novela del mismo título. Y no sabremos a bien quién o qué los puso ahí, pero sabremos leer lo que dirán, sabremos en ese momento traducir la ausencia de un escritor latinoamericano, no solamente colombiano, él era de todos nosotros, cuya integridad le valió el reconocimiento de sus propios detractores.
Pero qué decir del olor del café por la mañana, del sabor de la azúcar cuando esta diluyéndose, del Nobel recibido con guayabera, qué decir de un hombre que solo quería ser recordado por un buen cuento. En una entrevista “El Gabo”, como todos lo conocíamos aunque no lo conociéramos, decía que solamente quería ser recordado por un buen cuento, a veces se quiere tanto a un escritor que no es necesario verlo, solo leerlo. El padre Ángel oficiará misa al tiempo que el tren amarillo llegue a Macondo, al tiempo que abramos los ojos y nos demos cuenta, que la vida de García Márquez se escribe con un tinte de realismo mágico y su muerte se desborda nutriendo los fundamentos del relato mismo, mostrándonos que no es tan importante estar en la verdad, sino aproximarse a ella, acércanos mediante la mágica construcción de historias a eso que sucede afuera. Para mí leer “Cien años de Soledad” fue abrir una ventana hacia otro mundo, lleno de pueblos míticos y coroneles sin nadie que les escribiera.
La mayor parte de los escritores y poetas de mi generación empezamos leyendo a Márquez, ya después seguimos nuestro camino, pero él fue el inicio, ahora se ha marchado. Hoy la tarde se ha pintado de pájaros y aves que caen, como en los años aquellos en que falleciera Úrsula Iguarán, hoy lloverán las aves por toda la ciudad, lloverán en los parqués y en las alamedas, las hojas de plátano se secarán y sabrán que aquél que las nombro ya no está. García Márquez ha muerto, la última vez que le sacaron cuentas sobre su edad, iba por los 116 años. Parece entonces que el mundo se queda más pequeño. Y a todos sus lectores nos devoran las hormigas, estamos llenos de golondrinos, vestidos en harapos, contemplando el “otoño de nuestro patriarca”, el otoño de García Márquez que sonríe acostado en un chinchorro, mientras el día durmiendo esta.


