El papa Francisco está decidido a cumplir cabalmente su misión evangélica, en un momento histórico en que todo está en contra de su postura humanista. En su visita a Ecuador, primera etapa de su gira por tres naciones latinoamericanas, sus mensajes han calado hondo en el origen de los dramáticos problemas que están socavando a la humanidad, porque como bien dijo en Quito, “el dios dinero crea sistemas que nos aplastan a todos”. Así lo confirma la realidad que está viviendo el planeta, cuando en vez de que los notables avances científicos y tecnológicos contribuyan al bienestar de los pueblos, sólo han servido para estimular la voracidad de los plutócratas globales.
Son ellos quienes han llevado a nuestra “aldea global” al borde de la extinción de la vida, como lo indica el acelerado cambio climático y las tensiones políticas entre las súper potencias y el resto de la población mundial. Aun así, no están satisfechos y buscan mayores beneficios, como lo demuestra el rechazo visceral de Ángela Merkel a una solución sensata con el gobierno griego. Asimismo, los conflictos prefabricados en el Medio Oriente, principalmente por la plutocracia estadounidense, orientados a reducir a cenizas a los pueblos de la zona y quedarse con las riquezas del subsuelo en esa región, con el beneplácito de la ultra derecha israelí.
Por eso las palabras del papa Francisco son providenciales en esta hora crucial, cuando la línea divisoria entre la paz y la guerra mundial cada vez es más tenue. Por eso es vital su llamado a “luchar por la inclusión a todos los niveles, evitando egoísmos, promoviendo la comunicación y el diálogo, incentivando la colaboración”. Precisamente lo que no aceptan los plutócratas del Grupo de los Siete, decididos como están a suprimir toda condición de vida digna a más de la mitad de la población del planeta, tan solo para crear supuestas condiciones mejores para los sobrevivientes, desde luego ellas, las súper potencias, como dueñas del planeta.
La élite oligárquica mexicana supone, ilusoriamente, que estaría invitada al banquete celebratorio de la victoria de los grandes potentados globales, pero se equivoca porque así como no tiene acceso al exclusivísimo Club Bilderberg, menos aún lo tendría en la aún más utópica victoria del Grupo de los Siete sobre todos los pueblos del mundo, incluidos los de Rusia y China. El papa Francisco está consciente de esta realidad y actúa con plenas convicciones evangélicas, si su labor se observa bajo una perspectiva religiosa; y humanista si lo es desde un punto de vista estrictamente social y político. Como quiera que sea, su tarea es fundamental en esta hora en la que el “dios dinero” es al que adoran quienes son los principales beneficiarios de las grandes riquezas del planeta.
Afirmó que “el gran reto de la justicia social es aspirar a una vida digna”, la que al paso de los años, desde que se afianzó en el mundo el llamado Consenso de Washington, se ha estado escatimando a los pueblos, de manera por demás evidente al mexicano. Es incuestionable que la calidad de vida de las clases mayoritarias en nuestro país se ha derrumbado estrepitosamente desde hace tres décadas, de manera más dramática que lo acontecido al pueblo griego. La descomposición social en nuestro país no tiene parangón con la nación helénica, donde la violencia no es un flagelo, ni tampoco la corrupción galopante, mucho menos el grado de indigencia en que sobreviven aquí más de 25 millones de personas.
El caso mexicano es el colmo de la deshumanización de un sistema político encauzado por el “dios dinero”, como lo demuestra la enorme brecha entre la élite oligárquica y la gran mayoría de ciudadanos de a pie. Por eso el papa Francisco se negó a visitar México en esta gira, sabedor de que la realidad aquí es verdaderamente contraria a las enseñanzas evangélicas. Está consciente de que la burocracia dorada está posesionada por ese terrorífico “dios” que ha llevado a México a las antípodas del desarrollo social y del progreso con sentido humanista.
De ahí la pertinencia de su convocatoria a “enseñar a los jóvenes a no identificar un grado universitario como sinónimo de mayor estatus, dinero o prestigio social, sino como signo de mayor responsabilidad frente a los problemas de hoy”. Este tema, por supuesto, no fue tocado en la mal llamada reforma educativa.

