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Enamorarse a los 81: Marguerite Duras

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Erick Ampersand / @AmpersandLitera

 

(11 de abril, 2014).- Quizá la historia de amor más profunda no sea aquella en donde Romeo y Julieta se conocen siendo jóvenes, sino una extraña versión en donde envejecen juntos y se cuidan hasta el día de su muerte.

Quizá los amantes más sinceros en este mundo no sean los adolescentes que caminan juntos de la mano y gozan de su belleza, sino los ancianos que no se atreven a extrañar, esos que -tan pronto uno se va- buscan reencontrarse en la eternidad.

En una época en donde decir “te amo” parece una broma entre los jóvenes, he visto a tantos adultos esforzarse por soltar un “te quiero” desde el fondo de su armadura, entre lágrimas y susurros.

Toda la vida vamos como los niños, repitiendo frases pero descubriendo su verdadera potencia con el tiempo. Querer es una sensación que madura a la par de las desilusiones. Amar es un oficio de mayores.

Mientras logra sostenerse en pie, la escritora Marguerite Duras mira por la ventana y anhela el regreso de Yann, su amante y compañero de vida. Él salió apenas unos minutos atrás para conseguir vino, sin embargo, ella no soporta ya las ausencias. Los días cada vez parecen más cortos y no quiere perderse un segundo de él.

La diferencia de edades entre ambos duele de sólo pronunciarse. No por cuestiones morales, ni de “buenas conciencias”, sino todo lo contrario. Por razones del corazón y de las esperanzas. Los 38 años que separan sus nacimientos pronostican la más triste de las condenas: no les queda mucho tiempo para amarse.

Accedemos al relato de estos últimos días por la biografía novelada: Marguerite. Intensidad y dolor de una vida de la escritora Sofía G. Buzali publicada en México por la editorial Lumen. En ella se concentra una vida magnética y a la que Buzali logró acercarse con particular destreza.

Gracias a su narrativa contemplamos aquellos primeros días en Vietnam, las admiraciones y rivalidades con la madre, así como el refugio que la escritora encontró en su pequeño hijo. Sólida en términos estilísticos, brillante por su investigación y enternecedora por la personalidad que retrata, Marguerite… reúne la seducción de una novela con la investigación profunda de una biografía.

Pocas tragedias tan grandes como la de encontrar al ser indicado casi al final del camino. Sin embargo, existe aún otra más grande: encontrarle jamás. Por ello miro con extraña condescendencia y admiración decidida estos últimos días de amor entre Marguerite y Yann.

 En ellos se condensa ese ímpetu de amar que suplica un respiro al cuerpo, ese deseo que no entiende cómo puede faltar la fuerza física en el momento más crucial de la existencia, ese duro consuelo interno por haber hallado al compañero del corazón, aún cuando todo en el cuerpo es una suma de pesares.

Las historias de enamoramiento entre personas mayores son cada vez más comunes en los medios actuales. Sin embargo, nuestra sociedad también sostiene una ambivalente relación con la vejez. Algunos ocupan a los abuelos como niñeras sin salario, asistentes del hogar 24/7 y otros más los repliegan de la familia.

En México los casos de maltrato a personas de la tercera edad ponen en evidencia no sólo la precaria situación económica de las familias, sino la debilidad institucional para proteger y prevenir dichas acciones.

Es necesario que las sociedades replanteen su relación con la vejez y abandonen ese idilio con la eterna juventud para empezar a apreciar las ventajas de una sana madurez.

La tercera edad como estado generacional común entre las sociedad es un producto de la edad industrial. Antes de ésta, la esperanza de vida y el número de ancianos eran menores.

Se tomaron muchas generaciones para que la gente comprendiera la particularidad intrínseca de los niños, sus cuidados especiales y las instituciones que se requerían para procurarlos. Es deseable que no se necesiten de tantas generaciones para reorganizar nuestra relación social con los ancianos.

A menudo la vejez es una segunda forma de la infancia. Si bien existen organismos y dependencias que se orientan totalmente al cuidado de los niños, todavía son pocas las que hacen lo propio con adultos mayores.

Los pronósticos de Roberto Ham Chande, investigador de El Colegio de la Frontera Norte, plantean que la población mexicana en 2050 tendrá una esperanza de vida al nacer de 85 años y que para entonces las personas con 100 años serán comunes.[1]

Nuestra sociedad necesita repensar el estatus del anciano y la concepción general de la vejez. De no ser así, condenaremos a generaciones enteras al precarismo rutinario y seremos víctimas de nuestra jovial negligencia.

Esta relación generacional aparece claramente en la novela de Buzali que no busca idealizar las relaciones entre la autora de Hiroshima mon amour y el joven Yann. Por el contrario, éste último a menudo reconforta los dolores finales de la protagonista.

En uno de sus pasajes, Duras recuerda cuando ella tenía 15 y conoció por azar a su primer amor. Un millonario chino de 27 años viaja en una limusina color negro y la invita a subir. Ella, ignorando el poder de su físico, la sencillez de su modales y la belleza infantil de sus facciones, acepta el paseo como si le concedieran un imposible honor: “Tenía 15 años y la cara de un placer que no conocía”, escribió en El amante.

La juventud es algo que sólo otros ven; termina en cuanto su huésped la descubre en el espejo. Durante el periodo en que salen juntos, ella cree que lo desprecia, que lo tiene comiendo de su palma pues muy pronto aprendió el poder de su fragilidad, los beneficios de su inocencia.

Sin embargo, cuando la joven se marcha de Vietnam para iniciar estudios superiores en París, el barco en donde viaja le lanza una metáfora letal. Un hombre salta y cae al mar, los tripulantes avisan al capitán quien hace todo lo posible para detener el barco, mas cuando esto sucede, la distancia es insalvable y las olas han hecho su parte.

No conoce al hombre que se suicidó pero le recuerda a quien acaba de dejar en el muelle, piensa en el mutismo que rodeó su despedida. Marguerite Duras se arrepiente de no haber correspondido al amor. De algún modo piensa que siempre es así, uno de los dos ama de verdad y se arroja hacia las esperanzas del otro. En el mejor de los casos ambos se atrapan. Pero en el resto, se pierden y los caminos no podrán cruzarse de nuevo, resulta imposible volver atrás y las olas y el vientos ya hicieron su parte.

Como un rueda que gira sobre su propio eje, la niña que antes fue cautivada por un hombre mayor es ahora la escritora que seduce a un jovencito de traje blanco que la visita una tarde, después de muchas cartas enviadas.

Sus almas se reconocen a través de los ojos. Una serie de fisuras en su biografías los empatizan: hay dolores que no necesitan pronunciarse para reconocerlos en el otro. Pasarán juntos los años finales, durante las visitas al hospital y las terribles entrevistas. Serán los últimos que se despidan en el puerto, antes de que la paz se inunde con silencio.

 

erick.ampersand@gmail.com

 

Marguerite. Intensidad y dolor de una vida

Sofía G. Buzali

Lumen

México, 2014

179 Pp. (Tapa suave con solapas)

 

Este artículo es posible gracias al apoyo de Sandra Montoya y de Jessica Muñoz.

 

 



[1] “Los grandes problemas de México” edición abreviada. Tomo I: Población (p. 23)

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