Por: Carlos Bauer
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Ayer concluyó la reunión de Roma del grupo “Amigos de Siria”, conformado por los países que impulsan un cambio de régimen en el país árabe mediante el apoyo a la oposición armada que desde hace dos años sostiene una insurrección militar contra el gobierno de Bashar Asad. En las resoluciones de dicha reunión se decidió aumentar el apoyo a determinados grupos de la oposición y continuar presionando por la salida de Asad. Sin embargo, las formas que toma la ayuda proporcionada por cada país varían sensiblemente. Mientras las petromonarquías como Arabia Saudita y Qatar entregan a los opositores armas y dinero, las naciones de Occidente afirman que su ayuda es fundamentalmente logística, y Turquía proporciona bases de entrenamiento y operaciones a los grupos armados de la oposición.
Fue en ese marco que John Kerry, secretario de Estado de Estados Unidos, anunció la entrega de 60 millones de dólares en especie a la Coalición Nacional Siria, grupo encabezado por Moaz al-Khatib. Desde el año pasado, EE.UU. había presionado por la unidad de los distintos grupos opositores, de tal manera que existieran mandos visibles y confiables. Kerry anunció que la ayuda se proporcionaría en apoyo logístico y materiales militares “no letales”, tratando de impulsar sobre todo la gobernabilidad de las regiones que son efectivamente controladas por los grupos rebeldes, para que éstos demuestren su capacidad de administrar el país en un escenario post Asad.
La disparidad en las formas de “ayuda” y la reticencia de Occidente a proporcionar (al menos abiertamente) armas a los grupos opositores se deben a la disparidad y complejidad que presentan éstos. Los objetivos y métodos varían de un grupo a otro, pese a los esfuerzos occidentales por unificar y cohesionar a la oposición. La presencia de grupos vinculados con al-Qaeda y otras organizaciones extremistas, y la dificultad para distinguir a los opositores “buenos” de los “malos”, se mencionan como causas que han frenado una intervención en toda regla. Otra causa de que hasta ahora la ayuda se enfoque en “mejorar la situación de las personas en el territorio controlado por los rebeldes” es la postura de Rusia, país que posee fuertes intereses en Siria –incluyendo la única base naval rusa en el Mediterráneo– y unos motivos aún más fuertes para desconfiar de Occidente tras el conflicto libio, cuando una “zona de exclusión aérea” se convirtió en una ocupación militar que dejó a Rusia fuera del escenario.
De hecho, la cancillería rusa ya condenó las resoluciones de la reunión de Roma y manifestó que prestar ayuda a la oposición únicamente prolonga un conflicto cuya salida debe ser política y no militar.




