Ilustración: Pe Aguilar /@elesepe1
Mientras el país se resquebraja, las organizaciones democráticas y progresistas que podrían evitarlo se dejan llevar por la inercia de los hechos, sin ponerse a reflexionar un poco sobre la necesidad de fijar prioridades, como conviene en una etapa crucial para el futuro de los mexicanos. Arrancó el proceso electoral que podría ser clave para iniciar el cambio que requiere la nación, sin que se vislumbre que vaya a influir en una elemental toma de conciencia popular sobre la urgencia de poner un alto a los abusos de la oligarquía.
El PRI se apresta, con el descaro y cinismo que caracteriza a sus dirigentes reales, a frenar los avances de la oposición verdadera, sin que ésta se aperciba del imperativo de cerrar filas y apoyar a quienes den muestras de conciencia social, madurez política y patriotismo firme, para encabezar la lucha reivindicatoria del pueblo en esta hora aciaga.
Están dadas las condiciones para que de un simple empujón, el régimen opresor que encabeza Enrique Peña Nieto cayera directamente al cesto de la basura, pero de ello no parecen darse cuenta en las cúpulas de los partidos, con la sola excepción del Movimiento Regeneración Nacional (MORENA), aunque no de la manera firme y unánime que demandan las circunstancias. En poco más de dos años que lleva el PRI de nuevo en Los Pinos, demostró que no tiene un mínimo interés en ocultar sus verdaderas intenciones: aprovechar la oportunidad sexenal para entregar lo que queda de productivo y rentable en el país al empresariado más voraz, nacional y extranjero, cuya voracidad es acorde a la incapacidad del grupo gobernante de ver más allá de sus narices.
Sin embargo, aun así el PRI está dispuesto a avasallar electoralmente a la oposición, aunque el precio a pagar sea incendiar al país metiéndolo en una vorágine de violencia social que se interconectará con la que proviene de las condiciones de inseguridad prevalecientes en la mayor parte del territorio nacional. Ahora cuenta con un títere más a modo: el Partido Verde (PVEM), que nació no para ser oposición, sino para apuntalar los negocios de la familia de Jorge González Torres con una bandera oportunista que le dio excelentes resultados. Ahora el PAN no tiene otra alternativa que volverse más “opositor”, a medida que se da cuenta que su única tabla de salvación es apartarse del partido tricolor, cuyo futuro está ligado al de Peña Nieto, y el de éste a la viabilidad de instaurar un régimen autoritario con éxito al menos para seguir en el poder otro sexenio más.
Esto se vislumbra muy improbable así como van las cosas, pues en poco más de dos años no ha cuajado ninguna de sus políticas públicas, situación que tiene al “gobierno” de Peña Nieto como si estuviera en un pantano y a cada movimiento se hunde más. De ahí que el PVEM sea la tabla de salvación del mexiquense, una “tabla” sin duda resbalosa por la pésima fama de corruptos, oportunistas y cínicos que se han ganado a pulso. ¿No se volvió un junior multimillonario el “niño verde” en los años que estuvo al frente del partido una vez que se jubiló su señor padre? ¿Qué garantía de éxito puede ofrecer una organización mafiosa que está sostenida por los alfileres de la corrupción?
Sin embargo, desde Los Pinos está recibiendo vida artificial porque desgraciadamente la pobreza y la ignorancia prevaleciente en México, han permitido engañar a una población incauta que vota por el “verde” nomás porque ha contado con la complicidad del Ejecutivo para hacer creer que defiende realmente la ecología. Pero a un costo para el erario por demás absurdo e injusto, aunque por otro lado ha permitido enriquecer aún más al duopolio televisivo. De ahí que a sus dirigentes les tenga sin cuidado pagar las “multas” ridículas que les impone el Instituto Nacional Electoral (INE), el cual por ese solo hecho perdió la confianza de la sociedad, que esperaba mucho más de una institución urgida de credibilidad.
El proceso electoral, en caso de ser operado mafiosamente, permitirá que la población más o menos informada tome conciencia de que la vía de las elecciones está clausurada en México. Si ese fuera el caso, entonces el fin del sexenio sería muy lamentable para todos, incluida la oligarquía.

