(12 de agosto, 2014).- Es difícil aceptar que algún día habría quien añorara el viejo sistema político mexicano, regido firmemente por reglas no escritas, un férreo corporativismo y un partido hegemónico que no tenía necesidad de compartir el poder. Es difícil, pero no imposible, porque ahora es un hecho que se tiene cierta nostalgia (reaccionaria por supuesto desde un punto de vista progresista), de los tiempos en que el Estado tenía un compromiso tácito con los sectores que conformaban al grupo en el poder, representados en el PRI.
Ese partido corporativista, nacionalista y populista, dejó de existir después de una larga agonía de tres décadas, cuyo costo pagó muy caro el pueblo de México. Lo más lamentable es que las consecuencias serán más dañinas de aquí en adelante, porque en ese lapso se consolidó el Estado fascista que ayer se concretó formalmente con la promulgación de las leyes secundarias de la reforma energética, acto que equivale a un golpe de Estado comparable al que dio la pauta para que la tecnocracia neoliberal tomara el poder en 1983.
A partir de ayer, lunes 11 de agosto, quedó sellado el destino de un país que dejará de serlo, porque en los hechos su estructura jurídica quedó hecha trizas con la entrega de nuestros principales recursos energéticos a inversionistas privados, extranjeros los que se llevarán la principal tajada. ¿Por qué puede actuar en contra de los intereses del país el grupo en el poder? Por la sencilla razón de que tiene el monopolio de la fuerza bruta, que no dudará en usar cuando sea necesario, a fin de salvaguardar la hegemonía del capital monopólico que controla la economía.
Sin embargo, aún está vigente el artículo 39 constitucional, que dice: “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno”. Es perfectamente legítimo que las clases mayoritarias, cada vez más excluidas del proceso de “modernización” del país, busquen hacer valer su “inalienable derecho” de modificar un gobierno que sirve única y exclusivamente aquienes tienen como objetivo básico depredar a la nación.
Sólo que hay que hacerlo por los cauces adecuados, que la propia Carta Magna determina, porque no sería prudente ni razonable, en las actuales condiciones del país, caer en provocaciones que “justificaran” el uso de la fuerza por parte del Estado. La organización de las clases mayoritarias es la mejor vía para evitar enfrentamientos que sólo debilitarían la capacidad de respuesta del pueblo. Aquí cobra importancia un partido como el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), formado con una orientación democrática de avanzada, en cuanto que se integró horizontalmente para dar oportunidad de participación a todos aquellos ciudadanos que hoy no tienen voz ni voto.
Morena surge en una coyuntura crucial, cuando México vive el clímax de un proceso devastador de la economía nacional por parte de monopolios que no tienen impedimento legal para actuar como les venga en gana, como de hecho así lo están haciendo empresas mineras, nacionales y extranjeras, a las que se les ha dotado, con las reformas estructurales, de total impunidad para depredar a la nación y consumar su sueño de contar con mano de obra esclava.
Es preciso entender que se trata de la última oportunidad que tenemos los mexicanos, antes de que el Estado fascista se afiance en todas sus partes, de enfrentar la fuerza destructora de un sistema político emanado de compromisos de la oligarquía mexicana con el capital monopólico trasnacional. Esto ha quedado perfectamente claro en este sexenio, que apenas lleva año y medio de transcurrido. El tiempo que falta para su terminación será una dura prueba para el pueblo, porque los poderes fácticos tratarán de controlarlo al máximo, a fin de evitar su organización y frenar cualquier posibilidad de respuesta defensiva.
De ahí el histórico compromiso que tiene la dirigencia de Morena, de actuar como firme vanguardia de la sociedad en su lucha en defensa del futuro de la patria. Nada sería más terrible y lamentable que le fallara al pueblo, como lo hizo el PRD. Morena debe mantener incólume su autoridad moral para que pueda ser el bastión defensivo de una nación mancillada por un reducido grupo de oligarcas.

