Por: Donovan Hernández
El amor y la revolución son sinónimos,
deben nombrarse menos
y practicarse más.
Rodrigo de Gardenia, “Aritmética” en Soliloquio en la distancia.
I. Casa de los Libros
(21 de mayo, 2014).-La paciencia revolucionaria. En toda ciudad existen zonas supuestamente “marginales” y muy a menudo invisibilizadas que generan sus propias dinámicas, centros de reunión, sus sitios de esparcimiento, el impostergable momento de la deliberación, pero también su propia manera de construir y poner en escena las relaciones comunitarias que le caracterizan. Se diría de cada espacio urbano que da lugar a heterotopías específicas. En el Distrito Federal, al igual que en muchas otras capitales del mundo, la vida de los barrios se encuentra bien lejos de quedar erosionada por el trabajo de los aparatos de administración burocráticos (que aprietan pero no ahorcan) y menos aún por la filigrana de los partidos políticos que expanden a toda costa su lógica filial mediante su intervención en el tejido social (cosa que nadie acusa, sólo se señala). Barrios como la Candelaria, Tepito, la Merced y la Lagunilla perviven en el típico abolengo de una imaginería que en el D. F. ya se ha convertido en tradición: son barrios intensos, a como sea que los entendamos, que se narran a sí mismos una y otra vez, y siempre de vuelta aquí y allá. En ellos se libra la eterna, ingente, batalla por respirar y tener un sitio bajo el sol. Pero también hay vida en otros barrios, y mucha. Allí, por más que parezca imposible, la sociedad auto-organizada también encuentra recursos e ingenio para persistir en el ser.
Quien lo dude que se dé una vuelta por el Poniente y lo compruebe, que no sólo de Dinamos vive la Magdalena Contreras: está también la famosa Casa Popular, de fachada á la Pani; pero mientras más sube la destartalada Micro –eso sí, esquivando a trompicones baches, semáforos en rojo y peatones de hule- más se acerca el Cerro del Judío, también llamado Cerro del Venado que es la traducción de su nombre náhuatl: Mazatépetl.
En esta travesía, haciendo de conejo blanco, me acompaña Viridiana Becerril; amiga de faenas a la que conozco de hace tiempo y que encarna perfectamente esa paciencia revolucionaria de la que hablara Walter Benjamin: no la llamarada de petate, sino la persistencia del trabajo que logra cambios micropolíticos. La he visto en más marchas de las que puedo recordar, siempre solidaria, siempre en la línea del trabajo y bien lejos de las fotografías de templete. Cuando hubo protestas por los presos del 1Dmx, ella era de las que preguntaban qué había que hacer y no dónde estaban los micrófonos. De su trabajo como pedagoga y tallerista en problemáticas de feminismo habrá que escribir algún día. Gracias a ella tuve contacto con una iniciativa de educación popular autónoma que vale la pena conocer.
La imaginación al poder. “En 2003 empezó todo este chow”, comenta Rodrigo de Gardenia quien es poeta, lector y gestor cultural por la escuela de la vida. Conversamos desde una variada biblioteca comunitaria donde hay libros bellísimos de escritores mexicanos, franceses, latinoamericanos y, en suma, universales. La disposición del espacio me encanta: a las espaldas del sillón donde me encuentro un ventanal da hacia infinitas casas que bajan por el Cerro desandando camino, al costado repisas llenas de delicias bibliográficas y enfrente un cartel que invita al lector a “Mirar el corazón”. Nadie diría que estamos en un cuarto acondicionado para darle asilo a esta heterotopía. El proyecto social Ando Imaginando A. C. surgió entonces como una necesidad personal: la de un padre que buscaba actividades culturales para su pequeña, algo de contenido. Rodrigo se enteró del programa Salas de lectura de CONACULTA. Luego de tomar el primer taller, obtendría 100 libros de parte de la institución. Daría inicio así a esta historia que involucra una biblioteca comunitaria cuya sede, en tiempos, era su patio particular. En el barrio no había opciones culturales ni artísticas en aquél entonces. “Empecé mucho por buscar iniciativas culturales para mi hija, contrarrestar el pésimo sistema de educación.” Cosa complicada si las hay. Tuvieron que darle asilo al proyecto recién nacido en el mismo espacio donde estaba su hogar.
Para Viridiana esto introduce una ruptura entre la lógica espacio-cultural de sitios como la Casa Popular, relevante centro social de esta delegación liminar, y la Casa de Lectura Amoxcalli, como empezaron a llamar a su proyecto. Escogieron esta palabra en náhuatl, entre otras cosas, porque arriba de esta heterotopía se encuentra una pirámide y todo un sitio arqueológico perteneciente a la cultura náhuatl que, por desgracia, no tiene los mismos reflectores que otras ruinas esparcidas por el resto de la ciudad.
Cosa importante: “mientras en los sitios oficiales de la cultura vas, tomas tu taller y te regresas a tu casa; realizar actividades de lectura en el jardín de una casa genera una dinámica distinta.” Así reflexiona Viridiana sobre esta experiencia singular.
Buscar a la gente. Amoxcalli es un proyecto muy orgánico, en palabras de Rodrigo. Ahora son una Asociación Civil. Aunque nos previenen rápidamente: “Sí queremos crecer, pero no institucionalizarnos”. Entretanto, casi sin querer, se ha ido conformando una sólida comunidad en torno a la sala de lectura comunitaria o barrial. “Y también hay otra historia: aquí eran los talleres”, Rodrigo señala hacia afuera de la ventana. “Invadí mi patio, buscaba jardines. Me iba a meter a las primarias.” Todo con tal de formar un público para el auditorio; pues, como saben los que han tenido que picar piedra, a veces los espacios están antes que los participantes, y no hay de otra que irlos a buscar.
La biblioteca era el cuarto de bodega. Se limpió, se pintó e iniciaron talleres en él.
Como en todo, los inicios nunca son fáciles. En una ocasión se metieron a robar en la salita de lectura infantil: se llevaron una televisión, bicis, hasta un tanque de gas. A raíz de eso la decepción cundió en el equipo, pero lograron sobreponerse al sentimiento. En lugar de encerrarse sobre sí mismos, de replegarse y cerrar todas las puertas hacia el exterior, el proyecto salió en busca de más gente, de más participantes, de más espacios en el propio barrio.
“Me fui al jardín que llamamos El Jardín del Teporocho. Ahí se juntaba la banda. Nunca falta el escuadrón de la muerte en los barrios. Junté a los chavos para ir a leer. Me encontré unos chavos de trabajo social.” Estos estudiantes invitaron a Rodrigo a unirse con ellos y compartir espacios de trabajo mientras realizaban su servicio social. Cada sábado llevaban a los niños de Amoxcalli y además los pasantes de trabajo social tenían a su población objetivo realizando dinámicas de integración. Pero al terminar su servicio, los estudiantes se fueron del barrio. ¿Qué iba a suceder? La gente se había acostumbrado a participar, y de pronto nada. Los vecinos le dijeron a Rodrigo: “Oye, ¿por qué no te quedas tú? Está padre que exista algo acá en el barrio. Empezó a haber magia.” Fue así como conoció a Charlie (guitarrista y compositor), a Laura (corista) y a muchos otros que se unieron a la Sala de Lectura Infantil Amoxcalli. La convivencia inició. De pronto, muchos vecinos antes desconocidos se acercaban a ofrecer ayuda: unos ponían las sillas, otros las mesas. “Empezamos a hermanarnos”, nos dice Rodrigo.
II. Mirar al corazón
Sobre la difusión y otros demonios. Los beneficios de la lectura son hermanarnos, así opina al menos Rodrigo quien no duda en la verdad de su aseveración. Pero las actividades comenzaron también a ramificarse muy pronto. En todo barrio hay necesidades culturales, entre las cuales las infantiles son sólo algunas de las que hay atender con mayor premura, pero también están las de jóvenes, adultos y más adultos. Pensaron en poner cine en la colonia. “Los vecinos prestan la luz, con afán de participar y cooperar.”
Aun así las cosas no son tan fáciles. “Ha sido complicado, porque se puede ofrecer mucha actividad cultural; pero no sirve de nada si no se consume. Mucho del trabajo que realizamos consiste en generar público.” Pese a este ingrato trabajo de sensibilizar para la recepción cultural, lo cierto es que tarde o temprano siempre se tienen dividendos. Rodrigo pone el ejemplo de Jonathan Cerón, “que empezó muy chavito aquí y ya es escritor”; y uno con futuro, vale decir. De su librito Acopio de otoño hay cuentos como “Danzonera” o “Chayito” que merecen estar en algunas selecciones de prosa joven, y particularmente “Huaraches” que sabe a ese México rulfiano y espectral siempre vigente.
Chin chin el teporocho. “Somos Asociación Civil”, me recuerda Rodrigo. De empezar sin prácticamente nada hace once o doce años, ahora pueden acceder a recursos. “Bueno, tú nos ves y no das un peso por nosotros”, refiere con una sinceridad a prueba de balas. Por ejemplo, Charly: “es una persona que puedes ver vendiendo revistas, yendo a podar el jardín o arreglando las tuberías de los vecinos, pero es compositor”. De su autoría es una pieza titulada precisamente “El Jardín del Teporocho”, que interpretó en una premiación que recibieron. Es que el arte flota en el aire de la sala Amoxcalli. El equipo siempre está presente en la charla; así se menciona a Laura que también es pianista (su hija se llama Melody), o Erika que es “muy clavada con su chamba y sus temas.”
“Es un espacio que te permite hacer y deshacer desde lo que trabajas”, comenta Viridiana. Ya tienen un área de sustentabilidad, ingeniería y ciencias políticas; también preparan un taller donde enseñarán a armar y desarrollar tu propio huerto en casa. Ando Imaginando, asociación que surge de la Sala de Lectura Infantil Amoxcalli, es una apertura a construir el mundo como te lo imaginas. Sólo basta con desearlo y pensar: así puede ocurrir. No hay trabas. Ambos entrevistados coinciden: estar en un espacio abierto te lo permite. La función de este proyecto ha sido la de constituir un foco de expresiones artísticas y desarrollo comunitario.
También han crecido fuera del defectuoso. Rodrigo cuenta que Ana Laura, una compañera que participaba en el proyecto y ahora radica en Ciudad Juárez, ha dado lugar a sus propios proyectos locales. ¿Qué hacen entonces? Circuitos culturales, gestión, educación popular. Todo esto se está construyendo.



