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JOHN RAMBO: LA BATALLA POR LA LIBRE EMPRESA

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Ricardo Bernal / @RHashtag

I

(10 de marzo, 2014).- Recién llegado al poder, el partido nacionalsocialista inauguró emisiones en onda corta en inglés y alemán dirigidas a los Estados Unidos. Este acontecimiento no era insignificante. A finales de los años 30, el III Reich había retomado una política creada por Calvin Coolidge, ex presidente republicano de Estados Unidos, según la cual “la soberanía nacional se extiende a sus ciudadanos y a sus bienes allá donde se encuentren”.

Así, “a través de los enlaces de los servicios exteriores de la emisora en onda corta situada en Zessen, no lejos de Berlín, la propaganda  pretendía sobre todo alcanzar las colonias alemanas asentadas en el extranjero para incitarlos a formar clubes y asociaciones o incluso construir minipartidos nacionalsocialistas en el extranjero”, explica Armand Mattelard en La comunicación Mundo.

Para Estados Unidos esto constituyó un peligro latente, países latinoamericanos como Brasil, Argentina o Chile resguardaban grandes colonias alemanas, por lo que la emisora de onda corta y sus alcances internacionales aparecían ante ellos como una amenaza, quizá no militar, pero al menos sí “cultural”.

Como respuesta casi inmediata, el departamento de Estados Unidos se dotó de una División de Relaciones Culturales en 1938. El principal objetivo de la misma consistía en el establecimiento de una política de acercamiento cultural con los países del mundo. En los hechos, sin embargo, este departamento se dedicó casi exclusivamente a reforzar las relaciones “culturales” con Latinoamérica.

De esos años data la primera edición del Rider´s Digest en una lengua extranjera, la cual, como puede adivinarse, era el español. Ya para entonces las pantallas cinematográficas de los países de América estaban inundadas por el cine de Hollywood, por lo que, las estrategias en la política de acercamiento cultural supusieron, también, todo un trabajo sobre el mundo de las imágenes. La orden gubernamental fue clara: ningún personaje capaz de herir las susceptibilidades nacionales de los latinoamericanos puede aparecer en los films destinados a exportarse a esos países.

Otro hecho significativo: como parte de esta estrategia cultural se nombró embajador de la buena voluntad… a Walt Disney. Así, en un abrir y cerrar de ojos los estudios de dibujos animados incorporaron a sus películas personajes típicos de los países latinoamericanos. Es en esta época que aparecen los conocidos filmes Saludos hermanos y los Tres caballeros. En este último el pato Donald recorre América Latina junto con José Carioca, un loro fumador brasileño, y Panchito pistolas, un gallo bravo mexicano. Sintomáticamente, el filme fue estrenado en México y sólo meses después se proyectó en Estados Unidos.

Esta política cultural de “buena vecindad” con Latinoamérica es paralela a otro tipo de política: la militar. A finales de los años 30´s Estados Unidos reivindicó el concepto de “Defensa hemisférica” y amplió sus relaciones comerciales con Brasil, Perú, Colombia y Panamá.

Así, por primera vez desde el incipiente surgimiento de la cultura de masas en Estado Unidos “el frente de la cultura, de la información y de la ideología empieza a participar plenamente en la lucha por la conquista de una posición hegemónica”(Mattelard,133). Las puertas de la relación entre la  cultura pop y la ideología belicista estaban abiertas y difícilmente volverían a cerrarse.

Dos meses antes de que Estados Unidos se incorporará a la segunda guerra mundial, Joe Simmon y Jack Kirby crearon el personaje que, a la postre, se volvería el ícono de la cultura popular norteamericana: Capitán América. Desde sus primeras apariciones este super soldado anti nazi le propinaba golpes a los alemanes e incluso apaleaba al mismísimo Hitler. Con el fin del conflicto bélico su popularidad comenzó a decrecer, sin embargo, en 1953 Stan Lee retomó el personaje para insuflarle un nuevo soplo de vida, pero esta vez en un contexto distinto: la guerra fría. Así, en el título de las historietas escritas por Lee a principios de los 50´s se podía leer: Capitán América, el aplastacomunistas.

Al menos desde finales de la década de los años treinta el cine y el cómic norteamericano desbordaron su supuesta función neutral de esparcimiento y entretenimiento, para reproducir, a través de ella, mensajes políticos de suma especificidad. Ya sea reforzando la idea de la amistad latinoamericana como estrategia cultural de contrapeso ante los embates del nazismo, ya sea para fomentar el nacionalismo bélico que la segunda guerra mundial requería.

II

“Los prevengo ante a la  tentación de ponerse por encima de todo y decir que ambas partes son igualmente culpables del conflicto nuclear, la tentación de pasar por alto los hechos históricos y los impulsos agresivos de un imperio del mal, de decir que la carrera armamentística es nada más que un enrome malentendido, con lo que ustedes mismos se sustraerían a la lucha entre lo que está bien y lo que está mal, entre el bien y el mal”

El año es 1983, el presidente: Ronald Reagan. En un estudio ya clásico Michael Paul Rogin muestra que la gestión de este carismático mandatario sólo puede ser comprendida a partir de su estrecha relación con Hollywood [1] Actor de la meca del cine él mismo, durante su presidencia financió las guerrilas anticomunistas de Nicaragua, El Salvador y Afganistán, recortó el presupuesto social y aumentó el presupuesto de defensa, inició un giro radical en la política económica que, en consonancia con Margaret Tatcher en el Reino Unido y Deng Xiaoping en China, inauguró lo que legitimmente debe llamarse periodo neoliberal del capitalismo global.

Las medidas antipopulares de Reagan, sin embargo, fueron contrarrestadas con la construcción de una imagen pública carismática y la edificación de una personalidad fuerte y decidida frente a las amenazas comunistas. A la par, el cine de Hollywood dejó atrás la nostalgia por la derrota en Vietnam y la denuncia de la descomposición de la sociedad americana que caracterizaron los años 70´s con películas como El regreso de Hal Ashby, El cazador de Michael Cimino o Taxi Driver de Scorcece, para dar paso a un deslumbrante apogeo del cine de guerra y de acción.

En un discurso ante los veteranos de guerra Reagan profirió la famosa frase: “Los veteranos de Vietnam nunca fueron vencidos… la guerra fue perdida por los burócratas de Washington con sus decisiones descabelladas”. Así, el presidente que se volvió famoso por hacer chistes sobre  comunistas en sus alocuciones dibujaba el horizonte de su mandato: por un lado devolvía el orgullo perdido a los veteranos de Vietnam y reivindicaba la labor patriótica de la guerra y, por el otro, evidenciaba la línea discursivo-ideológica clásica del neoliberalismo: “el Gobierno es el problema, por tanto,  hay que dejar actuar a la libre empresa en el terreno del  mercado”.

El mandato de Reagan inaugura de esta manera un periodo revisionista respecto a la guerra de Vietnam. En él se jugaba una recuperación ideológica de esa derrota traumática; en palabras del filósofo Slavoj Zizek: “Es como si allá lejos, en las selvas de Vietnam, Estados Unidos  hubiera perdido una preciosa parte de sí mismo{…], y puesto que esa pérdida se convirtió en la causa decisiva de la decadencia e impotencia norteamericana en los años de la administración de Carter posteriores a Vietnam, la recuperación d esta parte robada, olvidada, se convirtió en uno de los elementos de la reafirmación reaganiana de unos Estados Unidos poderosos” ( Zizek, 2011. 50).

En absoluta  consonancia, las salas de cine  empezarán a proyectar filmes de veteranos que vuelven a luchar a la selva por motivos inverosímiles. La era Reagan, por ejemplo, es la época de oro de ese actor dechado de talento llamado Chuck Norris. La saga Desaparecido en combate nos lo deja ver acabando con comunistas y “amarillos” sin que con ello se  despeine ni un pelo de su impecable barba.

Basta con oír la voz en off del tráiler de Desaparecidos en combate II para adentrarnos en la obsesión por aquella guerra perdida: “Vietnam: la encarnizada lucha en la selva  Los soldados americanos soñaban con el día en que podrían regresar a casa. Para muchos ese día nunca llegó. Estaban olvidados, la única posibilidad de escapar era la muerte. Prepárese, llega más espectacular, más asombrosa: ¡Desaparecidos en combate II! Chuck Norris, un prisionero demasiado fuerte para tenerlo recluido, un soldado demasiado peligroso para dejarlo marchar. ¡Desaparecido en combate II!”

La apoteosis del fenómeno llegó en 1985 con la segunda parte de la saga Rambo. En dicho filme, las autoridades militares sacan a Rambo de la cárcel para que vaya a Vietnam a comprobar si siguen quedando prisioneros vivos. Además de asesinar a un sinfín de soviéticos y vietnamitas, el personaje protagonizado por Stalone también tendrá tiempo para enfrentarse a varios burócratas de Washington.

“Si Rambo hubiera llegado a los cines hace 10 años, tras la caída de Saigón y la angustia del escándalo del Watergate, le hubieran echado a patadas de los cines por ridículo. El humor era entonces virulentamente antibélico, pero eso ha cambiado hoy”, se leía en la Revista  People el 8 de julio de 1985. Al final de la película, John Rambo  -contrario a los soldados de los filmes de los años setenta- dejaba claro que estaba dispuesto a morir por su país otra vez. La historia se había rescrito, a través de un desplazamiento simbólico el trauma de Vietnam, otrora motivo de vergüenza y crítica a cultura armamentística, se transformaba en el inicio de la reapropiación bélico-nacionalista de los Estados Unidos.

Quince años después, el cine de Hollywood rehabilitará las narrativas heroicas para legitimar otras guerra en nombre de la libertad y la democracia. Iron Man peleará en Afganistán y The Avengers protagonizarán una batalla contra enemigos capaces de utilizar armas nucleares en el preciso momento en que Estados Unidos se encontraba en lo más álgido del conflicto con Irán. Así, los super héroes tomarán la batuta dejada por Rambo en eterno combate para savaguardar al mundo, a la paz y, por supuesto… a la libre empresa.

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