Por: Armando Escobar
Twitter: @escarman
“Continuidad de los parques”, de Julio Cortázar, expone a un personaje, llamémosle lector-personaje, que emprende la lectura de la novela (no de una novela), emprendida “unos días antes”, abandonada “por negocios urgentes” y retomada hasta el regreso en tren a la finca. Una vez en la finca, nuestro lector desconocido reiniciará la lectura del libro, después de escribir una carta, de discutir con el mayordomo, “en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de robles”. Este lector-personaje comienza a retener sin mayor esfuerzo nombres de personajes, imágenes; a gozar “el placer casi perverso de irse desgajando línea a línea”, a sentirse “absorbido por la sórdida disyuntiva de los personajes”, tanto que el final de la novela anticipa un final paralelo al cuento de Cortázar.
“Continuidad de los parques” es un cuento que sorprende en primera instancia, que no puede ser percibido con todas sus significantes por medio de una primera lectura. Este relato requiere cierto detenimiento; sólo una segunda lectura, y hasta tercera lectura, comienzan a develar ciertos indicios que el autor va dejando como migas de pan a lo largo del mismo.
De esta forma, el planteamiento parece ser muy largo, se desenvuelve desde el propio principio del cuento, en el que el lector “había comenzado a leer la novela unos días antes”, hasta el momento en el que el narrador, que considero omnisciente, debido al conocimiento que tiene no sólo de “la realidad” sino de aquél mundo paralelo, ficticio, que se desenvuelve en la novela, nos introduce en el propio desenvolvimiento de la misma hacia “los últimos capítulos”. Así, el lector-personaje (de la novela) se hace partícipe del libro que tiene entre las manos, cuando “la ilusión novelesca lo ganó casi enseguida”, a través de la lectura total que le hace “testigo del último encuentro en la cabaña del monte” entre, los que parece, los dos principales personajes de la novela. El narrador nos introduce en la lectura de su personaje, en el mundo en el que “primero entraba la mujer recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama”. Sin advertirlo, hemos abandonado la trama de “Continuidad de los parques” para adentrarnos, si no en la trama, sí en el desenlace de la novela. Se nos advierte que “un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes y se sentía que todo estaba decidido desde siempre”: coartadas, azares, posibles errores: un plan que ata a los personajes de la novela “rígidamente a la tarea que los esperaba”
Mientras el lector-personaje se adentra, se mezcla entre las líneas de su lectura, el lector-lector (del cuento) no anticipa, en ningún momento, hasta qué punto la línea que divide a la “realidad” de la “fantasía” se fractura en el relato de Cortázar para que el lector-personaje se haga no sólo un personaje de “Continuidad de los parques”, sino también de la novela que está leyendo. Esta fractura advierte el desenlace del cuento; desenlace que nos es insinuado por Cortázar desde el principio del mismo, a través de los siguientes indicios: la aparición de un mayordomo, presente en la finca en el planteamiento y ausente de ella en el desenlace; la posición del lector-personaje al retomar la lectura de la novela, “de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones” y, sobre todo, mediante la existencia de un parque de robles que parece fungir como conexión entre el relato de Cortázar y el punto de la novela donde el amante corre “parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo de la alameda que lo llevaba a la casa”.
“¿Cuál casa?”, se pregunta el lector-lector, en el punto más alto del clímax, momento en que la ruptura del tiempo y el espacio se va haciendo cada vez más evidente, momento en el que el personaje de la novela no encuentra perros ladrando, ni al mencionado mayordomo; en el que sube los tres peldaños del porche y entra a la casa; en el que recuerda las palabras de la mujer que le advertían una sala azul, una galería, una escalera alfombrada, dos puertas, la puerta del salón, un puñal en la mano, luz de los ventanales, el respaldo de un sillón de terciopelo verde y la cabeza del hombre leyendo la novela…: la coartada de Cortázar es magistral, el cuento se desenvuelve temporalmente en un espiral, muy a la forma de matryoshkas rusas; tanto que en el desenlace del cuento se funden, al igual que los conceptos de realidad y fantasía, las personas del lector-personaje y lector-lector en una sola entidad, tanto que es irremediable voltear la cara para descubrir el acecho de un personaje novelesco detrás del respaldo de nuestro sillón.
“Continuidad de los parques” de Julio Cortázar ha sido incluido en diferentes antologías del autor.


