Valentina Pérez Botero / @vpbotero3_0
(29 de mayo, 2013) Dicen que quien calla otorga, y la Biblia guarda silencio en un aspecto fundamental de la sexualidad humana: la masturbación. El acto de la autogratificación toca un terreno pantanoso porque el vacío explicativo -que no lo condene ni reglamente moralmente- deja un silencio que permite que las interpretaciones otorguen castigos y ocasionen culpas.
Jorge Luis Ortiz Rivera, filósofo y ex seminarista, dice “la Biblia no menciona nada de que estoy haciendo qué con mi qué” y especifica que toda premisa condenatoria sobre la masturbación es una interpretación forzada de las escrituras.
Mayo es el mes de la masturbación y el hecho de que la mayoría de la población americana profese religiones que se basan en el libro -80 por ciento en EE.UU y 92.5 en México-, ocasiona que los principios sociales se alimenten de preceptos religiosos.
La primera confusión tiene que ver con el esperma de Onán, personaje bíblico, pues quienes utilizan la palabra onanismo como sinónimo de masturbación desconocen que él tuvo un coito interrumpido –sí penetró a la mujer de su difunto hermano, pero se negó a eyacular dentro de ella- y fue debido a la suspensión del acto por lo que el esperma terminó en el piso. El castigo fue por negarse a continuar la descendencia.
Desperdiciar el semen, acotado al momento socio histórico en el que fue concebida la Biblia, equivalía a infringir el mandato “crece y multiplícate” porque, como lo explica José Luis, “Una tribu en el desierto necesitaba asegurar su descendencia” y no porque el acto masturbatorio fuera malo por sí mismo.
Muchos condenadores de la masturbación, ante la incapacidad de encontrar una sentencia explícita sobre ésta, remiten a Mateo 5:27-30 donde se especifica que el pecado se da desde el pensamiento y no en el acto. Imaginar un adulterio es lo mismo que cometerlo, por lo que una masturbación que utilice una fantasía lujuriosa estaría cometiendo, de acuerdo con las escrituras, un pecado.
La falta también estaría en que la masturbación, la autocomplacencia, podrían encerrar a las personas en sí mismas y esto las desviaría de la premisa de servicio y amor al prójimo que profesa la religión cristiana, por ejemplo.
Que la masturbación sea un asunto moralmente gris acorrala a los religiosos solteros no seminaristas, y a la población general que alberga una mayoría religiosa –que se apega a la biblia y a sus diversas interpretaciones- y condena una acción que, de acuerdo con Alex Kwee y David Hoover en su estudio teológico sobre la masturbación, es un elemento clave para el desarrollo sexual.
En libros secundarios, como el catecismo publicado en 2002 por la Iglesia católica, introducen algunos atenuantes a la conducta, como que el confesor debe tomar en cuenta la circunstancia de la persona y muchas veces recomendar distractores como “orar, agua fría y el rezo” explica Ortiz.
La insistencia de ver al cuerpo como fuente de pecado –la lujuria, la gula y la pereza tienen una connotación que remite a la perversión de la corporeidad- tiene un anclaje histórico en el judaísmo, que encuentra la carne condenada a podrirse, y a la concepción medieval que busca el dominio del cuerpo para la cosecha del alma.
Las interpretaciones de la Biblia muchas veces se desentienden del tiempo sociocultural actual y lo remiten a un contexto remoto que invalida muchos de los preceptos. La misma historia de Onán, tener relaciones con la viuda de su hermano, tiene una condena actual.


