Recientemente, producto del conflicto por un barrio palestino, se desató de nuevo el infierno sobre Gaza. Como de costumbre, se reactivaron los debates acerca de la legitimidad de los inclementes ataques israelíes, con el consecuente silencio de voces en el mundo occidental que se la pasan clamando por los derechos humanos en, pongamos por caso, Venezuela, pero les da laringitis y se ponen afónicos cuando empiezan a circular imágenes de asentamientos y poblaciones palestinos, que estrujan el corazón.
A propósito de esto, recordé y me puse a leer un artículo de Michael Walzer que había encontrado en 2010, en Letras Libres. Walzer, uno de los filósofos políticos más prominentes de los siglos XX y XXI, tiene como uno de sus temas eje la “guerra justa”, lo cual puede relacionarse con sus posiciones de inclinación sionista y la necesidad de justificar las posturas bélicas de Israel.
En el artículo mencionado habla de la “proporcionalidad” en la guerra. Para no hacer cuento largo, básicamente dice que en ninguna guerra se puede hablar de proporcionalidad de fuerzas. Los Capuleto matan a dos Montesco y luego estos, en todo derecho de “proporcionalidad”, pueden matar de regreso a dos Capuleto.
Es la lógica del castigo y se vale (la palabra “venganza” metería a Walzer en algunos problemas), dentro del “ojo por ojo…”; pero la guerra, dice Walzer, es otra cosa. Esta siempre tiene una meta, un fin, y el principio de proporcionalidad se diluye según la legitimidad del fin. Por eso los costos civiles japoneses y alemanes en la Segunda Guerra no pueden verse bajo un supuesto de equilibrio de fuerzas; tampoco el que sean cuatro ejércitos contra uno.
Establecido esto, Walzer hace análogos de liquidar al nazismo con “rescatar Kuwait” y “destruir armas de destrucción masiva iraquíes”, entrando ya de plano en un festival de narrativas belicistas norteamericanas que da por hecho como si nada. Ya ni me acuerdo si la patraña de las “armas de destrucción masiva” fue desmontada antes o después del texto de Walzer, publicado en 2009.
Después diserta sobre el asunto, hablando como si Israel fuera un Estado solitario que se enfrenta con una amenaza a su misma existencia, y se pone a hacer cuentas alegres de como el armamento de Hamás había crecido de una forma tan alarmante que ameritaba, cómo no, una respuesta militar en consecuencia…
Lo que Walzer omite es la condición de Israel, más que como un Estado-nación, como un enclave estratégico respaldado por un bloque geopolítico de enorme poder. No es ningún pequeño país que va por su propia cuenta sorteando enemigos crueles obsesionados con su exterminio. Por el contrario, el bloque de poder al que sirve y pertenece, posee, desarrolla, y usa una capacidad de exterminio colosal que amedrenta a cualquiera con dos dedos de frente.
Walzer, ya más inmerso en la propaganda que en el análisis, usa un viejo truco de manipulación de los tantos del arsenal de los status quo dominantes: la victimización del poderoso y la criminalización del disidente. Para Walzer, la simetría no viene al caso en el conflicto de Medio Oriente: es una guerra con un fin justo, y una piedra por un misil es una desproporción que no debe ser tomada en cuenta a la hora de juzgar, pues la existencia misma de una etnia está en “riesgo”…
Esta técnica de manipulación de la opinión pública, también conocida como proyección de cualidades, se está aplicando en nuestro país como una de las grandes apuestas de los adversarios del Gobierno Federal.
Y es que la situación de México es politológicamente particular, merece un estudio mucho más riguroso que exige rebasar ciertas categorías de análisis que en este caso pueden resultar lugares comunes. Para los antagonistas de la Cuarta Transformación, es vital acudir, por ejemplo, a un concepto de Max Weber: el Estado es esa “comunidad humana que (con éxito) reclama el monopolio del uso legítimo de la violencia dentro de un territorio determinado”.
Ello, de bote pronto, permite presentar, ante los grandes públicos, al gobierno de Andrés Manuel López Obrador como una estructura que concentra una amplia capacidad de control sobre el resto de la “sociedad civil” (cosas de la vida, Michael Walzer es un reconocido “sociocivilista”), pues dispone no sólo de las fuerzas armadas, sino también del fisco, instrumento de acciones punitivas que involucran ese “uso legítimo de la violencia”. Visto así, la 4T es un status quo hegemónico “tremendamente superior” a esa “sociedad civil” que pone, ante la ley, a usted, estimado lector, y a Alberto Baillères o Claudio X. Gonzáles, como sus pares ciudadanos y posibles víctimas en igualdad de condiciones ante los abusos del todopoderoso gobierno.
Este poco creíble cuento se desgrana cuando, al primer examen serio, se hace evidente que el gobierno federal de México tiene enfrente a grupos reducidos pero de una influencia implacable y aplastante, organizados en el CMN, el CCE, los organismos patronales y las organizaciones “independientes” por ellos financiadas, que tratan de convencer a las clases medias- y aún a estratos de más bajos recursos- de que los intereses de las cúpulas empresariales son los de la población entera.
Esta articulación de lo que podemos denominar la Alta Iniciativa Privada, es el real status quo dominante, que controla las finanzas, la mayoría de los recursos nacionales en todos los sentidos, y el arma más letal de un sistema hegemónico: los medios de comunicación en todas sus vertientes tecnológicas.
Desde este ángulo divergente, es difícil creer que el gobierno federal de la 4T es esa suerte de Leviatán tiránico que la Alta Iniciativa Privada nos quiere inocular. Y, acudiendo a la experiencia latinoamericana, las fuerzas armadas pueden poner su precio y no son garante de estabilidad para un régimen que se atreve a romper reglas impuestas por los grandes controles económicos.
Politológicamente, nos encontramos ante un gobierno con una enorme base popular, más bien en el rol de una suerte de minoría disidente que se ha hecho -por la vía democrática- del poder Ejecutivo y parte del Legislativo, pero que experimenta el asedio de un meta-estado corporativo y sus brazos institucionales.
Pero aquí viene la operación Walzer. Así como Hamás es un monstruo gigantesco y dogmático súper armado en busca del exterminio de una inocente nación que sólo se “defiende”, AMLO y su 4T son otro monstruo autoritario que quiere convertir a México en una “dictadura”, opresora de la vulnerable sociedad civil de la que forman parte, por supuesto, usted, yo y la señora de los tamales, codo a codo con los multibillonarios y los periodistas y comunicadores pertenecientes a sus empresas en el ramo de la información y los medios. Todos agraviados por igual por el “populista autoritario” y sus secuaces.
Semejante fabulación, impuesta con el garrote mediático del Gran Dinero, tiene enfrente, sin embargo, un “pequeño” problema: en tres años de gobierno, durante la administración actual no se ha presentado ni un sólo incidente de carácter represivo que implique el abuso de fuerzas armadas o policíacas federales -o bien indirectamente a través de cuerpos paramilitares-, el cual haya terminado en masacres o abusos a los derechos humanos. Y los crímenes contra periodistas, lamentables y que tienen que atenderse, en ningún momento se han perpetrado contra informadores en función de sus “críticas” o cuestionamientos a la gestión en turno.
Si los regímenes del PRI y del PAN, operadores de la Alta IP, acumulan tragedias como Acteal, Aguas Blancas, Atenco, Iguala, Tlatlaya o Tanhuato, la pregunta para los estrategas de los adversarios de la 4T es: ¿Cómo generar, a falta de estos escándalos, la percepción de un gobierno represivo? ¿Cómo transferir las atrocidades (cualidades) que los grandes intereses de negocios y sus poderosos beneficiarios perpetraban -a través de sus servopartidos en el poder- al gobierno de AMLO? La respuesta no les ha sido fácil, y las tácticas han resultado demasiado rebuscadas, pero no por ello darán tregua al implementarlas…
Allá por el 2012, el periodista Carlos Marín insistió en transitar, con la clara intención de victimizarse, en medio una manifestación de obradoristas, con los resultados lógicos… Después acusó a los simpatizantes de atacarlo de forma fanática. No recuerdo las palabras exactas, pero en una entrevista posterior, dijo algo así como “…jamás había conocido a un hombre con poder, con tal capacidad de violentar e intimidar a un periodista…”.
Aún en ese momento, después de sesenta años de administraciones priistas y panistas, a quien tuviera mediano conocimiento de la historia política de México esto le parecería una broma, con el plus de que AMLO ni siquiera estaba en el “poder”; pero no, no era broma: era un antecedente de la campaña a gran escala para devaluar -ante la opinión pública nacional e internacional- la imagen del actual mandatario y su gestión, que ahora, después del tremendo descalabro de la derecha en las elecciones intermedias, los centros de poder económico aplicarán con mayor vehemencia con miras a la revocación de mandato.
La visión es relativamente sencilla: si no tengo represión real, efectiva ni patente, a través de la violencia de estado federal contra población o periodistas, vía ejército o policía, entonces tendré que construir una forma imaginaria de represión, y convencer de ella a la comunidad nacional e internacional. ¿Quién será entonces, la macana, la bota represora? Pues la enorme base se simpatizantes de la 4T. Walzer, Marín, y recientemente Carmen Aristegui, proporcionan las bases para la construcción social del dictador. Son las masas obradoristas, adoctrinadas por la retórica “populista, autoritaria y de odio”, instigadas en las conferencias matutinas por los discursos hipnóticos del “mesías carismático”, quienes hacen el trabajo sucio de implementar el terrorismo de estado que intimida, acalla, atemoriza y sofoca a los periodistas y al “pensamiento disidente”, dictado, ese sí, por personajes de la calidad ética de Gustavo de Hoyos o Denise Dresser…
Esta forzada mitotería es uno de los recursos para “alertar” al mundo entero de un nuevo villano internacional, al que la “honorable” OEA, que metió las manos en Bolivia, debería empezar a observar con preocupación, y el héroe de la democracia Joe Biden debería también empezar a “acotar”.
En la guerra de los algoritmos y el Big Data, de los grafos analíticos, la detección de nodos-origen de tendencias y demás tecnologías, si se contabilizaran y compararan los recursos del gobierno federal para estos efectos con las mega inyecciones financieras de la Alta Iniciativa Privada -que ya ha anunciado la revocación de mandato como su meta-, es demasiado probable la grosera asimetría que saldría a la luz; la verdad de un gobierno que libra un combate en inferioridad de condiciones, pero que con la magia del dinero los grandes dueños de México querrán hacer pasar por una extraña tiranía, la cual, en lugar de granaderos, rufianes policíacos secretos o soldados desalmados, se las arregla para acabar con la gloriosa democracia que nos legaron José Wondelberg y compañía, amedrentando a los valientes críticos periodistas a punta de tuitazos, instagramazos, memazos y otras armas letales…
Para ser honestos, el tema de esta columna había sido planteado junto con el director de Revolución TRESPUNTOCERO desde hace aproximadamente un mes y medio. Hace unos días, Ricardo Raphael publicó en Milenio un libelo titulado “¿Quién es quién en la estigmatización de las voces críticas?”. Les invito a leerlo. Pareciera, opino yo, el manual resumido de la operación Walzer. Los periodistas… bueno, las mismas empresas de medios, son planteados por Raphael como entes independientes, solitarios, aislados que se enfrentan heroicamente al violento Kraken del populismo que es el hombre de Palacio Nacional y su aplanadora estructura represiva… de simpatizantes.
Al igual que Walzer, se le “olvida” que estas empresas e individuos son parte de un bloque de poder económico, de un poder avasallante, cercano a lo omnipotente y omnipresente por sus gigantescos recursos, con centros, redes e intereses aquí y en el extranjero, que ya antes han dado golpes de estado soft. Pero bueno, esto sí “no tiene por qué saberlo la gente”, suponemos…
Ni modo. Es la guerra, y en la guerra contra el “mal” no cabe analizar las proporciones, según los adversarios del primer gobierno auténticamente democrático en la historia de este maltrecho país.

