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La divina derecha y los 9 pisos del mal

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—¡Solo quiero saber la verdad! — gritaba aterrorizado aquel joven mientras corría frenético por el bosque, perseguido por unos extraños seres que parecían humanos pero que momentos antes se habían comportado como monstruos, pues llegaron de la nada a taparle los ojos, la boca y los oídos hasta que el joven logró escapar. Lo único que Ignacio exclamaba en voz alta antes de este embate, durante su recorrido habitual a su casa, era no entender quién dice la verdad, reflexionando sobre todos los que hablan, todos los que gritan y todos los que dicen tener la razón.

En medio de esta persecución apareció una joven llamada Andrea, que portaba una especie de palo el cual usó como arma para ahuyentar a sus perseguidores. Ignacio, agradecido, le contó sobre el suceso y ella meditó por unos diez minutos, —¿Quieres saber la verdad? — preguntó ella, a lo qué Ignacio solo asintió con una gran cara de interrogación. —La única forma para que la sepas es recorrer los 9 círculos de la derecha, ya que cuentan que al final está la puerta de la verdad. Para tu fortuna conozco cómo llegar. — Después de decir esto ella comenzó a caminar con paso decidido hacia el Este, Ignacio no tuvo opción y la siguió.

Casi no dijeron nada en el camino, parecía como si supieran perfectamente que era lo único que tenían que hacer para poder continuar con sus vidas. Llegaron a la entrada de un opulento edificio de ventanas relucientes, con una sala de espera de dimensiones infinitas repleta de gente que al parecer llevaba mucho tiempo esperando a ser atendida, pues debajo de sus trajes aparentemente lujosos sacaban tortas y galletas. Algunos, a escondidas, iban al puesto de tacos de canasta que estratégicamente se había posicionado en una esquina con un letrero de gran trabajo gráfico que decía “Canapés”, en donde les rellenaban sus vasos vacíos de Starbucks con refresco de color rojo, mientras todos sonreían de manera tan forzada que discretamente se masajeaban la cara por el dolor.

Las puertas del elevador se abrieron ante ambos, de él salió un elegante personaje de cabellera blanca y desordenada que los saludó. Ellos se voltearon a ver uno al otro con cara de asombro y le regresaron el saludo. —No se queden aquí esperando, esta es la sala del limbo aspiracional, ¡síganme! — dijo el hombre, mientras los encaminaba al elevador. En este recorrido, Ignacio seguía viendo a los de la sala de espera y le sorprendió ver algunos rostros conocidos como el de Chumel Torres, el llamado Tumba Burros y uno que otro columnista de El Universal, de esos que solo los leen entre ellos mismos.

A unos pasos de entrar al elevador, Ignacio logró entender algunos de los susurros provenientes de esta multitud donde destacaban las frases como “Ya estamos a un paso, pronto nos dejarán entrar.” “Somos unos ganadores solo por estar aquí…” Ignacio no entendía muy bien porqué decían esto.

Al entrar en el elevador el anfitrión se presentó con voz un tanto extraña por su pasividad, dijo llamarse Claudio, también les dijo que sabía perfectamente que venían a buscar la verdad y que él sería su guía para encontrarla. Andrea e Ignacio aceptaron al unísono con un simple “¡Ok!”, mientras el elevador paraba en el piso uno.

—Nuestra primera gran oficina, aquí trabajan todos aquellos que ayudan dándole trabajo a muchas mujeres desamparadas, la tenemos dividida en varios outsourcings especializados en la búsqueda de asistentes, secretarias, coordinadoras, y otras. Las que reciben a las reclutadas son personas con experiencia de años y nuestro director es Cuauhtémoc Gutiérrez. — dijo como introducción. Horrorizados, Andrea e Ignacio no daban crédito, frente a ellos estaba el logotipo en letras doradas “LUXUS Inc.”, se oían risas y algunos gritos eufóricos al fondo, frente a ellos un grupo de hombres con camisas entreabiertas caminaban sonrientes mientras se decían cosas como “Eres un galán.”, “Definitivamente hoy no me presentaré en el pleno.” “Estuvo genial la party pero ya tengo que llegar con la bruja de mi esposa”, incluso el mismo Claudio levantó las cejas y comenzó a empujarlos de regreso al elevador. —Es un orgullo para el consorcio la cantidad de puestos de trabajo que generamos en esta área—, decía mientras apretaba frenético el botón del piso dos. —¿A caso eso era trata de blancas? — preguntó Andrea asqueada, a lo que Claudio contestó con un rotundo no, seguido de una explicación de cómo se dedicaban a otorgar oportunidades, Ignacio no podía creerlo.

Al abrirse las puertas del segundo piso ya estaba un mesero esperándolos, “BANQUETES S.A.”, decía el letrero. Claudio sonrió orgulloso invitándolos a pasar, les enseño los cientos de restaurantes y empresas dedicadas a alimentar a todas las personas en el edificio y a gente con tarjeta exclusiva, aclarando entre risas que la única excepción era la planta baja. Diputados, senadores, todos los representantes de la COPARMEX, líderes sindicales, eso era un festín. Ignacio terminó asqueado después de ver tanta comida, Andrea solo podía percatarse de un olor constante a podredumbre en el ambiente por lo que quería salir de ahí urgentemente.

Ignacio y Andrea terminaron corriendo al elevador mientras Claudio los perseguía insistiéndoles que comieran, aunque fuera un aperitivo, ellos se negaron. —¡Ustedes se lo pierden! — exclamó, mientras apretaba el botón del tercer piso.

Pacas y pacas de dinero no les permitían ni siquiera salir del elevador al abrirse, tuvieron que empujar algunas para entrar, corría gente en los pocos huecos que había, algunos trepaban entre cuadros y artefactos de oro. Cada que alguien pasaba junto a ellos, con voz inquisitiva los amenazaba de no tocar nada, Claudio solo los volteaba a ver cómo exclamando “más les vale”. —Esta es nuestra área de valores humanos, aquí es donde se generan estrategias y acciones para el aprovechamiento del éxito y los valores que caracterizan a nuestro grupo—, dijo Claudio, seguido por una letanía de cómo el dinero genera más dinero, explicando cómo la gente que le ha echado muchas ganas encontró las formas de no pagar impuestos donándose entre ellos mismos y fundando supuestas ONG’s para lograr no perder un solo peso. —¡Son unos genios! — dijo Claudio con una gran sonrisa mientras regresaba triunfante al elevador.

El cuarto piso estaba repleto de gente molesta y muchos hijos de empresarios cuyos padres los mandaban a trabajar ahí, vociferaban en contra del comunismo y a todo aquello que les molestaba replicaban que eso era de rojillos.

El quinto piso era el área de abogados dedicados a buscar cualquier forma posible para torcer las leyes, el director encargado era el jefe Diego, Claudio también tenía una oficina ahí.

Claudio evitó el sexto piso, explicándoles que lo mejor era no entrar ahí porque siempre están muy ocupados y suelen ser un poco agresivos con los desconocidos.

Al abrirse las puertas del séptimo piso una multitud los estaba esperando, cuando Claudio salió comenzaron a aplaudir, Andrea e Ignacio estaban atónitos al ver que quienes aplaudían eran Carlos Salinas, Felipe Calderón, Rosario Robles por mencionar algunos de los que participaban en la ovación. Llamaba la atención que en la barra los que atendían eran los expresidentes Fox y Peña. —Aquí están los buenos. — dijo Claudio agradeciendo por la ovación. —Está es el área dedicada a las más brillantes ideas de negocios. — Continuó narrando lleno de orgullo mientras estrechaba algunas manos. Con ademanes para que lo siguieran, comenzó a recorrer los pasillos hasta llegar a un espacio resguardado por dos entes gigantes, en donde comenzaban unas escaleras las cuales comenzó a subir después de indicar a los guardias que los chicos venían con él.

Finalmente llegaron a su oficina principal. Invitándolos a sentarse, preguntó: —¿Ustedes vinieron buscando la verdad, cierto? — los increpó viéndolos a los ojos. Ignacio, aterrorizado le contestó que no, que ellos solo venían a buscar la puerta que los llevaría a la verdad. Claudio estalló en carcajadas perdiendo su habitual compostura y dijo: —La verdad somos nosotros, la verdad la compramos nosotros, la verdad la inventamos nosotros, la verdad es simplemente un utensilio para generarnos dinero mientras nosotros la construimos. Creo que lo que ustedes buscan son las mentiras de los que nos envidian, de los que creen que el mundo se puede cambiar, de los que ni siquiera pueden entrar al edificio para esperar a ser como nosotros. Pero no sean tontos, ustedes pueden ser parte de la verdad, vean todo lo que pueden ser y tener, pero para eso van a tener que defendernos y esperar en la planta baja un tiempo a que les hagamos un espacio aquí. Ahora bien, si lo que quieren es ir con los mentirosos que dicen que nosotros mentimos, agarren ese elevador del lado izquierdo que los llevará de regreso, pero nunca más podrán tener esta oportunidad.

Andrea e Ignacio no lo pensaron ni un segundo y corrieron al elevador y salieron despavoridos de ahí.

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