I.- Conocedor de la pobreza que azota a su país, a toda América Latina y al resto del Mundo; la mayor parte concentrada en África de donde llegan los migrantes a Europa; en el sur asiático, etcétera, en la presentación de su Segunda Encíclica –dada a conocer el 18 de este junio–, el Papa Francisco dejó pasar la oportunidad de una llamada de atención a los responsables del cambio climático; porque si bien éste está causando daños físicos, escasez de comida y desgracias mil a la población mundial, no hay duda que la pobreza está devastando a los que se mueren de hambre o apenas pueden llevarse algo a la boca. Y es que en esa pobreza, millones de niños han de trabajar (como sucede en México: jornaleros con sus hijos y esposas en labores de esclavos), y ni así logran tener cobijo y sólo medio comen para sobrevivir en su desnutrición y sin atención médica. Y es que el Papa debió censurar a los ricos que, según la publicación Capgemini, no son más de 20 millones quienes, con un millón de dólares y hasta cientos de miles de millones, concentran la riqueza en todo el mundo para invertir en el capitalismo financiero de la globalización del neoliberalismo económico.
II.- Es la pobreza de más de 3 mil millones de personas, lo que debió ocupar la encíclica papal. Pero son precisamente los ricos quienes reciben las bendiciones. Y la iglesia, a pesar del lema aquel de que: “primero pasará un camello por el ojo de una aguja, que un rico al reino de los cielos”, ha olvidado que sus fieles son los pobres que esperan un milagro o al menos una censura a los dueños de las empresas que están dañando el clima, mientras adelantan la muerte de millones de pobres que no tienen un empleo y buscan en los basureros algún alimento para sus hijos y para ellos. Todas las iglesias hablan de los pobres, pero es puro “bla, bla, bla”, mientras predican que su misión es salvar almas y andan leyéndoles la Biblia porque –alegan– ya se acerca el final del Mundo. Pero es un final por hambre. Los pobres aumentan; y los dueños del capital, de los supermercados, los bancos y el comercio internacional, venden servicios y productos en los mercados del capitalismo salvaje donde solamente el dinero, –que no tienen los millones de pobres– sirve para el intercambio.
III.- La degradación del medio ambiente se debe a que con tal de ganar más, a los dueños del dinero nada les importa la contaminación de ríos y mares, y la basura electrónica. Y porque con su avaricia crean más pobreza que se envenena con esa contaminación. Esa Segunda Encíclica debió referirse a favor de evidenciar los millones de pobres. El Papa perdió esta oportunidad. El cambio climático es vital, pero debió enfocarse por el lado de la pobreza y dar una dura reprimenda a los ricos, con severas advertencias a su conducta de generar males ambientales y no ocuparse de los pobres que son los que sufren las consecuencias de la contaminación, y son más vulnerables porque no comen ni tienen medicinas. Son los pobres lo que importa. Ellos son víctimas del egoísmo y la concentración de la riqueza de los ricos que todo lo degradan.

