La encrucijada en México: democracia participativa o Estado totalitario

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Banner: Alejandra Alanís 

La encrucijada en México hoy es qué camino tomar, el de la democracia participativa o el del Estado totalitario. No hay otro, porque se llegó al límite de un régimen basado en la simulación, la demagogia y el autoritarismo disfrazado. No hay margen para más engaños a una sociedad muy agraviada por una élite clasista que no frenará su vocación fascista hasta no ver consumadas sus ambiciones. La cuestión fundamental es qué tantas posibilidades tiene esta élite de consumar su proyecto y cuál sería la respuesta de la sociedad mayoritaria.

En el actual estado de cosas, el Ejecutivo está completamente al servicio de la oligarquía y los otros dos poderes son inexistentes, en cuanto que los controla el inquilino de Los Pinos. Por otro lado, las fuerzas progresistas no parecen darse cuenta de que sin trabajar juntas están condenadas al fracaso. A ello le apuesta el grupo en el poder, a la proverbial desunión de la izquierda, a su sectarismo y falta de raciocinio. Sin embargo, son tantos los abusos de la derecha, tanto su desprecio al pueblo, que con su comportamiento están abonando a la unidad de la sociedad mayoritaria.

Aun así, no hay indicios de que el gobierno federal quiera tomar el camino de la democracia, sino incluso acelerar la marcha hacia un Estado totalitario. Es la vía menos costosa, en el corto plazo, para apuntalar el predominio del modelo neoliberal con miras a que México sea el líder ideológico de América Latina, como lo fue en el pasado cuando el régimen emanado de la Revolución mexicana construyó un Estado que propició desarrollo social y crecimiento económico como en ningún otro país de la Patria Grande. Sólo que cada día que pasa hay menos condiciones objetivas para consumar una utopía, pues no puede considerarse realista un proyecto en el que la sociedad mayoritaria está completamente excluida.

El “gobierno” de Enrique Peña Nieto llegó  a Los Pinos con el único propósito de afianzar el modelo neoliberal, sin importar las consecuencias. Tal actitud es producto de la soberbia aristocrática, derivada a su vez del desprecio al pueblo, no sólo de las instrucciones de la Casa Blanca en Washington. La camarilla gobernante obedece a intereses de clase muy concretos, que se fueron fortaleciendo al paso de los años desde hace tres décadas. De ahí la naturalidad con la que la alta burocracia desgobierna al país, al considerar que sus políticas públicas son las correctas.

No debemos olvidar que hace tres décadas Enrique Peña Nieto tenía apenas quince años de edad, que creció y se formó profesionalmente bajo directrices reaccionarias, que no se diferencian absolutamente de las que ha seguido el PAN en sus sesenta y seis años de vida. El Grupo Atlacomulco perdió muy pronto la brújula del sistema priísta al morir su fundador, Isidro Fabela, y quedar al frente quienes tenían muy claro que el poder era para enriquecerse, como lo definió de manera mu precisa su líder más emblemático: el ya fallecido Carlos Hank González.

De ahí que no podamos esperar cambios favorables al país en la actual administración federal. El secretario de Hacienda, el inefable Luis Videgaray, ha sido muy enfático al afirmar que el año venidero será peor incluso que el actual. Pero no lo hace con el fin de que los mexicanos nos sumemos a una cruzada en favor del país, como lo hizo Winston Churchill al inicio de la Segunda guerra Mundial, cuando demandó al pueblo británico sangre, sudor y lágrimas para enfrentar al nazismo, sino para que nos crucemos de brazos en una actitud fatalista irremediable.

El “gobierno” de Peña Nieto está haciendo todo para que se cumpla el pronóstico de Videgaray. Sin duda que nos irá peor el año que viene, si no somos capaces de frenar la voracidad y cinismo de la cúpula en el poder. ¿No se da el lujo de hacer lo que le viene en gana en el Legislativo y en el Judicial? En consecuencia, lo único que nos queda como sociedad organizada es tomar conciencia de las cosas y actuar con un mínimo sentido común y sensatez. Si nos cruzamos de brazos, claro que nos irá mucho peor y nos encaminaremos por la ruta del totalitarismo, como quiere la élite reaccionaria en el poder para imponer su hegemonía de clase.

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