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(2 de julio, 2014).- La Ciudad de México se encuentra ubicada en una cuenc por su ubicación al llegar la temporada de las lluvias sufre inundaciones, el tráfico se ve afectado, las casas se anegan y medio mundo se enferma. Estamos en el fondo de una olla que hace 600 años era un lago.
A un costado de la Catedral Metropolitana, en la esquina de Guatemala y Argentina, había un montículo donde las manadas de perros callejeros se refugiaban de las inundaciones. La gente la llamaba la isla de los perros.
Mientras excavaban en esa zona, los trabajadores de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro se toparon en febrero de 1978 con una de las grandes sorpresas arqueológicas del siglo XX, un monolito redondo de ocho toneladas. Era la diosa de la Luna, Coyolxauqui.
El monolito de la Coyolxauqui fue encontrado al pie de la escalinata del Templo Mayor y representa al cerro Coatepetl, la montaña sagrada.
La diosa de la Luna fue vencida en una batalla con su hermano, el dios de la guerra y del Sol, Huitzilopochtli. El lugar de la batalla fue el cerro Coatepetl. El cuerpo de la diosa Luna fue arrojado desde lo alto. Era el triunfo del Sol sobre la Luna, del día sobre la noche.
Las excavaciones siguieron y los arqueólogos encontraron el Templo Mayor, el corazón político-religioso de los aztecas, quienes a sí mismos se llamaban mexicas y de ahí viene el nombre del país. Tenochtitlán, la capital azteca fue fundada en 1325 y cayó tras el asedio español en 1521.
Las narraciones y cartas de los conquistadores españoles describieron lo majestuoso de la gran Tenochtitlán y del Templo Mayor, lugar sagrado de rituales y sacrificios humanos. Algunos pensaron que el Templo Mayor era un mito, porque nadie sabía dónde había quedado. Tras la caída de Tenochtitlán, los invasores saquearon y destruyeron todo vestigio prehispánico.
El Templo Mayor
El Templo Mayor, llamado por los aztecas Huey Teocalli, tuvo dos torres que simbolizan montañas sagradas: una dedicada a Tláloc, dios de la Lluvia, y otra a Huitzilopochtli, dios de la Guerra y representación del sol. Se calcula que tuvieron 45 metros de altura. En los altares de las torres, se hacían sacrificios a los dioses para pedirles lluvia o buenas cosechas.
La sangre humana para los pueblos prehispánicos era el combustible para el universo. Sin ella, el sol no podía salir cada día del inframundo para iluminarnos. Era otra lógica para ver el mundo. Las Guerras Floridas eran expediciones punitivas para capturar vivos a los contrarios más valientes, más audaces, llevarlos al Templo Mayor y abrirles el pecho y sacarles el corazón como ofrenda divina.
El Templo Mayor tiene la estructura de una cebolla. Hay siete “Templos Mayores” construidos uno sobre otro. Cada etapa de construcción y ampliación del Templo Mayor coincide con la expansión del imperio azteca. La capa más externa fue la que conocieron los conquistadores españoles.
Los mexicas fueron los últimos en llegar al Valle de México, que ya estaba habitado desde tiempos inmemoriales. Había diversos señoríos y reinos previamente establecidos.
Los tepanecas les permitieron a los recién llegados asentarse en un islote en medio del inmenso lago de Texcoco. Los tepanecas tuvieron a los aztecas como súbditos y tributarios, pero pronto, los mexicas se independizaron (en 1428) y sometieron a tributo a sus viejos señores.
Tenochtitlán creció con una red de islas artificiales y canales. Para cuando llegaron los españoles, los aztecas tenían el imperio más amplio y poderoso de Mesoamérica, por lo que fue fácil para los conquistadores hacer alianzas con los enemigos de los mexicas. Estos no se imaginaban que el yugo español sería mucho peor que el azteca.
Con la derrota militar de los aztecas, los españoles aprovecharon las viejas estructuras de tributo y control mexicanas y así se impuso un imperio europeo sobre el indígena.
A pesar de los enormes esfuerzos españoles por borrar la cultura indígena, sobre todo la religión, no pudieron. De la mezcla nació algo nuevo.
Fray Bernardino de Sahagún escribió en su “Historia de las cosas de la Nueva España” que existen 78 edificios como parte del centro político-religioso azteca. Antes de 1978 solo se contaba con testimonios escritos sobre el Templo Mayor, pero a partir del descubrimiento de la Coyolxauqui, se obtuvo información arqueológica. Ahora se conoce a Tenochtitlán no sólo por las viejas descripciones, sino por sus vestigios materiales.
“Hubo una revolución en el conocimiento a partir del descubrimiento fortuito de la Coyolxauqui”, según el arqueólogo Leonardo López Luján.
Nace un museo
Fue tanto lo hallado que se tomó la decisión de crear “El Museo del Templo Mayor”. Fue inaugurado el 12 de octubre de 1987 y su arquitectura es la misma que la del Huey Teocalli que vieron los españoles a su llegada: dos torres interconectadas, una con las ofrendas encontradas para Tláloc, otra para las de
Huitzilopochtli.
Los trabajos arqueológicos del Proyecto Templo Mayor han sido ininterrumpidos y los hallazgos muchos, entre los que destacan un conjunto de ofrendas a Tláloc en el año 2000.
En el 2006 se encontró una plataforma circular que data de hace más de 500 años. Considerada como parte de un cuauhxicalco (edificio ceremonial), mide 15 metros de diámetro y un metro y medio de altura. El investigador Eduardo López Moctezuma afirma que en el siglo XVI, Fray Diego Durán, Diego Durán, Tomás de Torquemada, Hernando Alvarado Tezozómoc y, principalmente, Bernardino de Sahagún describieron la existencia de cinco cuauhxicalcos.
La madre tierra Tlaltecuhtli
El hallazgo más importante de las últimas tres décadas se produjo el 2 de octubre de 2006: la diosa Tlaltecuhtli. El monolito datado en 1502 tiene la cara de una mujer, la Señora de la Tierra, que aún conserva los colores con los que se iluminó su faz.
Es la más grande que se ha encontrado, incluso de mayores dimensiones que la Piedra del Sol, mejor conocida como Calendario Azteca. La madre tierra alimenta a los hombres cuando viven y se alimenta de los hombres cuando mueren.
En el 2011, se encontraron diversos grabados en piedra que los arqueólogos afirman que ilustran la mitología mexica. Hay 23 lápidas de tezontle, una piedra volcánica rojiza de más de 550 años de antigüedad y en ellas se distinguen guerreros cautivos, serpientes, flores. Muy probablemente narre el nacimiento de Huitzilopochtli. El hallazgo no se hizo público hasta el 2012.
En el 2012 fueron encontrados 45 cráneos humanos y 250 mandíbulas inferiores. Los expertos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) determinaron que los restos óseos tiene algo más de 500 años de antigüedad. El arqueólogo Raúl Barrera Rodríguez cree que los cráneos se usaron como piezas para la consagración o clausura de estructuras arquitectónicas.
En el 2013, se reportó el hallazgo en el Templo Mayor de restos de siete aves espátulas rosadas, cuatro de ellas en taxidermia, vinculadas con soberanos.
El arqueólogo Raúl Barreda y su equipo encontraron restos de edificios muy importantes como el Calmecac, una escuela para nobles, donde hoy está el sótano del Centro Cultural España. En el predio contiguo también hallaron un templo redondo, con la forma de una serpiente enrollada dedicada de Ehécatl- Quetzalcóatl. La serpiente emplumada es una de las deidades mesoamericanas más importante y aparece en varias culturas (los mayas lo llamaban Kukulkan).
Las ofrendas a dioses, regalos para arqueólogos
Las ofrendas son el mejor regalo que los mexicas le hicieron a los dioses y a los arqueólogos. “Tenochtitlán era la ciudad más rica del momento y eso lo descubrimos por las ofrendas. Ahí no solo están todas las riquezas producidas por la capital, sino del imperio entero y de más allá”, explica el doctor Leonardo López Luján. “Tenemos turquesas del norte, jades de Guatemala, corales del Caribe, concha madre perla del Mar de Cortés, águilas reales de centro, cocodrilos de Chiapas. Las ofrendas no solo nos hablan de la religión sino de los ecosistemas diversos de aquel entonces”, añade López Luján . En total, se han documentado más de 170 ofrendas en el Templo Mayor.
El sueño de los arqueólogos mexicanos que trabajan allí es encontrar las tumbas de los tlatuanis o mandatarios. Leonardo López Luján afirma contundente en cada conferencia: “No las hemos encontrado a diferencia de las tumbas reales encontradas en Chiapas y Oaxaca. En el caso de los mexicas, sabemos por los documentos históricos que existen. Los relatos dicen que los reyes eran cremados en grandes piras al aire libre; sus cenizas eran depositadas en urnas que se enterraban al pie de la escalinata del Templo Mayor. Llevamos seis años buscándolos precisamente allí y hasta ahora no hemos encontrado los sepulcros reales”.





