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La menstruación se vive en secreto y en silencio

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(7 de enero, 2013).- Para muchas mujeres y para muchos hombres, la menstruación es un tema tabú porque se ha aprendido culturalmente a no hablar de ella en público. El intento de ocultar esta realidad ha llevado al absurdo de nombrarla con  “eufemismos”  como “el periodo”, “la visita”, “Andrés”, “la tía”, “la puta roja”, etc..

La cinematografía,  la literatura y del arte, salvo contadas excepciones, también han excluido este tópico de sus respectivas formas de expresión. Se le refiere como “a esos días del mes” o se dice que una mujer “está en sus días” e incluso algunas expresan “estoy en mis días”, para “justificar” estados de ánimo que, supuestamente, no deberían tener porque ¿quién quiere la compañía de una mujer enfadada, triste, deprimida o adolorida?

Se concibe a la menstruación como algo sucio o impuro y en algunas sociedades también es un pretexto para castigar a las mujeres con prohibiciones, como el hecho de apartarlas de la comunidad  al relacionar la menstruación con supersticiones y presagios malignos, sobre todo en poblaciones dedicadas a la agricultura o la ganadería.

Para muchas mujeres, la menstruación es un pesar, algo que, de ser posible, evitarían o anularían, pero ¿acaso no tiene que ver este rechazo con una concepción androcéntrica del cuerpo femenino?, la cual nos ha enseñado que la menstruación es un asunto privado y no digno de hablarse.

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Es cierto también que la menstruación aqueja los cuerpos de las mujeres con malestares que van desde cefaleas, migrañas, dolores en la pelvis, piernas, espalda.  hasta desequilibrios emocionales conocidos como Síndrome Pre Menstrual y en su fase aguda como Síndrome Disfórico Pre Menstrual. Pero también se ha comprobado que la causa de los síntomas, además de tener un origen fisiológico, están relacionados con el rechazo de la menstruación, un rechazo construido social y culturalmente.

Las dolencias relacionadas con la menstruación tienen explicación, sin embargo en los consultorios médicos se les trata únicamente con analgésicos e incluso con antidrepresivos como el Prozac sin siquiera entender las causas de los síntomas.

La menstruación no debiera ser dolorosa, un ciclo normal oscila entre los 26 y 32 días, como un ciclo lunar que es de 28 días. La duración varía, de un día de fuerte pérdida de sangre hasta dos a cuatro más de pérdidas menores. Es un proceso fisiológico que prepara el cuerpo de las mujeres para la concepción, por lo que no es algo sucio, maldito o un tema soterrado que debe vivirse en silencio.

Los problemas relacionados con la menstruación, como el dolor o los cambios de humor son condiciones anómalas que pueden estar relacionadas con el estrés físico y mental, con una mala nutrición y con variaciones en los niveles hormonales. Si la ovulación no se produce u ocurre con poco estímulo de la hormona luteinizante provoca desequilibrio en los estados de ánimo ocasionando episodios de tensión, angustia, irritabilidad, ganas de llorar (SPM) que se refleja también en la retención de líquidos, los cuales deberían de ser imperceptibles, pero cuando existe un exceso de estrógeno provoca aumento de peso de entre 2 a 3 kilos, dolor mamario y dolores en la pelvis, las piernas, así como migrañas, previos a la menstruación.

El medio ambiente también puede influir en el ciclo menstrual de las mujeres, la exposición a sustancias químicas, radiaciones ionizantes, el ruido, el frío y el calor, los insecticidas organoclorados o las ondas electromagnéticas. Las condiciones de vida, el afecto y el estrés del cuidado de la familia y del entorno al que socialmente se les asigna a las mujeres, como la doble y triple jornada,  interfieren en la armonía del ciclo menstrual y de su regularidad.

Pero en el discurso médico se consideran a las enfermedades relacionadas con la menstruación como algo que “naturalmente” les toca padecer a las mujeres. La invisibilidad de las mujeres en la medicina se comprueba en los libros de la materia, en los que no se plantean las diferencias sexuales de las enfermedades, salvo algunas patologías que se contemplan (estadísticamente) como más comunes en hombres o en mujeres.

Los libros de medicina tampoco contemplan que los fármacos o las terapias pueden actuar de formas diferentes entre hombres y mujeres, por tanto, los síntomas y las enfermedades de ellas han permanecido invisibles o no siempre han sido consideradas. Sin embargo, en el caso  de ser consideradas se les relega a enfermedades “menores”. Dolencias que, si se tiene “suerte”, pueden ser diagnosticadas acertadamente sólo después de varias visitas a diferentes consultorios.

Tampoco se atienden los factores externos como la condición social o las violencias (física, psicológica, económica, simbólica) que viven en el hogar, en la comunidad, en la calle o en el trabajo, en el que las relaciones de poder, de dominio y subordinación, se trasladan hasta las esferas más íntimas. Sobre la violencia simbólica se ha escrito que es difícilmente  percibida y, por lo mismo, difícilmente será comunicada, debido a la construcción social de los géneros en el que uno se define en relación con el otro, lo que ocasiona frustraciones tanto en las vida cotidiana y profesional de las mujeres.

La comprensión y, por tanto, la información de todos estos factores que inciden en el ciclo menstrual de las mujeres no es de dominio público, por lo que los malestares fisiológicos y la sintomatología que ellas presentan, en ocasiones las coloca en la indefensión y las supedita a vivir dolor durante la etapa reproductiva que va de los 12 a los 50 años en promedio.

Incluso bíblicamente se ve a la menstruación y a los dolores del parto como destino fatal para todas las mujeres, por lo cual la cultura cristiana termina por aceptar tales condiciones. Se debe entender que los malestares en el ciclo menstrual son síntomas de que algo en el interior o al exterior no está bien.

El prácticamente nulo respeto hacia el cuerpo femenino por parte  del discurso de la medicina ha hecho que se estudie, se sugiera y se ponga en práctica la eliminación bioquímica de la menstruación para evitar las enfermedades asociadas a ésta.

En un círculo de apoyo a mujeres que han padecido algún tipo de violencia,  una mujer profesionista con estudios de posgrado contaba que ante los episodios de angustia, depresión, sentimientos de muerte que presentaba en días previos a su menstruación acudió en compañía de su esposo con un reconocido ginecólogo, quien le diagnosticó Síndrome Disfórico Premenstrual. El galeno, contaba ella, se mostró mayormente preocupado por el bienestar de su pareja, por lo que recetó a la paciente antidepresivos, para que no afectara su vida familiar.

Hace poco escuché de un médico “que un útero que no da hijos da problemas”, por lo que su extirpación siempre es la mejor opción, tales procedimientos cada vez más frecuentes, como los avances médicos para eliminar bioquímica y permanentemente la menstruación se presentan como un discurso y una práctica progresistas.

¿Acaso no sería más “progresista” empezar por formular un esquema de morbilidad que diferencie entre hombres y mujeres? Es una demanda que algunas científicas, médicas y feministas han planteado recientemente a causa del número de pacientes que acuden a consulta sin obtener una respuesta integral de las enfermedades durante su etapa reproductiva,  a quienes se les prescriben analgésicos para mitigar el dolor o antidepresivos para paliar la dolencia emocional con el fin de que no incida en su vida cotidiana y no alcance ni perturbe a los que las rodean.

Todo discurso, debe construirse con respeto a la diferencia, respeto a la diferencia de los cuerpos.

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