Por: Armando Escobar G.
Tw: @Escarman
La Revolución lo sacó del fango. La Revolución le dio educación. La Revolución lo hizo miembro de la Unión de Jóvenes Comunistas: la Revolución lo hizo un hombre nuevo – o eso creyó hasta que conoció al lobo en el Coppelia, la Capital del helado. Cuando éste se acercó con sigilo, como depredador al acecho, y se sentó en su mesa con un acentuado “con permiso”, supo de inmediato de “qué pata cojeaba”. Evidentemente, era un homosexual, porque las señales eran (absurdamente) más que claras: porque habiendo chocolate pidió fresa.
Y frente a él el lobo deslizó una serie de títulos que la misma Revolución que le dio educación le había prohibido, uno de ellos era La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, un escritor reaccionario que hablaba pestes de Cuba y su Revolución. ¡Pero cómo habría conseguido aquél maricón ese libro! –piensa el hombre nuevo– Y el lobo, notando que los ojos de su presa se detenían en el libro, de inmediato le tendió una trampa para llevarlo a su guarida. Una vez ahí, el hombre nuevo descubrió aún más títulos de libros que la Revolución no consideró necesarios para ningún hombre nuevo: Kavafis, John Donne, Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante. Y aunque el lobo intentaba devorar al hombre nuevo, su fracaso terminaría por convertirse en el origen del punto de contacto que tendría el hombre nuevo con aquella literatura considerada burguesa, inútil e intrascendente para la Revolución. El hombre nuevo quería ser escritor y el lobo tenía a su alcance todas aquellas obras que un escritor tiene que leer para dar con su voz.
En El lobo, el bosque y el hombre nuevo, laureado relato del narrador y guionista cubano Senel Paz, se cuenta el nacimiento de esta amistad que pondría en duda los valores de la Cuba posrevolucionaria. El hombre nuevo se llama David, un joven guajiro, hijo de campesinos, que realiza sus estudios en la Habana gracias a una beca otorgada por el gobierno. Diego, por su parte, es el lobo, un culto homosexual proveniente de la decadente burguesía cubana, lector ávido de la literatura mundial y bebedor empedernido de té y whisky. Aunque de personalidades y círculos sociales claramente disímiles, e incluso opuestos, construyen fuertes puentes humanos a través de las discusiones de la literatura, música, y política. El surgimiento de esta amistad marca el ocaso de las intenciones puramente sexuales del lobo y el adoctrinamiento acrítico del hombre nuevo: ambos terminan siendo verdaderamente revolucionarios respecto al tiempo y el espacio que ambos comparten: la Cuba de los años setenta.
La máxima del régimen “dentro todo, fuera nada”, si bien le abrió infinidad de puertas a los estratos sociales menos favorecidos del país, por otro lado excluyó a aquellos grupos que se consideraron símbolos de la decadencia prerrevolucionaria. En el texto de Senel Paz, David representa a aquellos que están entre los primeros, Diego entre los segundos. Sin embargo, al saber un poco del pasado personal de Diego, nos enteramos que es un atento lector de José Martí, que formó parte de las brigadas de alfabetización promovidas por el propio régimen revolucionario y que, incluso, se declara abiertamente revolucionario… y homosexual, en donde entra la contradicción. A pesar de todo, aún su indudable calidad humana, es obligado a dejar el país por manifestarse en contra de las políticas del Ministerio de Cultura.
Diego, entonces, con todo y su homosexualidad y decadencia burguesa, resultaría ser mucho más revolucionario que muchos comunistas del panfleto. ¿Qué habría sido de la Revolución si no hubiera llevado a miles de ciudadanos a las orillas, a pocos pasos del mar? No lo sabemos, lo que sabemos es que David, quien nos narra “El bosque, el lobo y el hombre nuevo” y escribe tomando un helado de fresa sin importar que haya de chocolate, es el verdadero hombre nuevo en sí: a quien dejó en la isla un viejo lobo que nunca dudó en hacerse llamar “maricón”.
El lobo, el bosque y el hombre nuevo de Senel Paz fue reeditado por Era en 2007.
No puedo dejar de recomendar la película Fresa y chocolate (1994), basada en el texto que aquí comentamos, dirigida por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío.


