Los clásicos dicen que conocimiento y opinión son cosas antagónicas. Yo estoy de acuerdo. Hoy es pertinente recordarlo porque la enorme mayoría de los debates sobre la cosa pública parten de las opiniones (casi siempre peregrinas) de un cúmulo de personas que tienen todo el derecho a opinar, pero que del asunto sobre el que hablan, pocas o ningunas credenciales tienen para hacerlo. Y me refiero a todos; desde los simples exabruptos anónimos que abundan en las redes hasta las intervenciones engoladas y soberbias que llenan de ruido las frecuencias de radio y televisión.
En anteriores entregas he hablado mucho del asunto, pero nunca estará de más insistir en ello porque pareciera que la gente forma sus criterios a fuerza de las opiniones de otros.
Hay frases hechas que se repiten hasta la náusea; “todas las opiniones son respetables”, por ejemplo. Me van a perdonar, pero no; si usted opina, por ejemplo, que Adolfo Hitler es un modelo a seguir, o que las mujeres no deben tener derecho a decidir sobre su propio cuerpo, su opinión no sólo no es respetable, sino que es deleznable. Zanjado el punto, me explico el por qué la enorme mayoría de las opiniones son inútiles.
La opinión, decíamos antes, nada tiene que ver con el conocimiento; es incluso todo lo contrario. Si de lo que se habla, digamos, es sobre Ajedrez, ¿a quién le puede importar la opinión de cualquiera que no sepa jugar ajedrez? La opinión de Susan Polgar o de Kasparov nos interesarían muchísimo a todos y aquí viene el punto: en este caso no sería opinión, sino conocimiento. Pueden ser diferentes ambas -la de Kasparov y la de Polgar- pero las dos provendrían del profundo conocimiento que tienen sobre el tema, por tanto, no serían opiniones. Nos ayudarían ambas a entender un poco más y serían muy útiles para formarnos un criterio y para conocer más sobre el asunto. Ese es todo el espíritu de tener mesas de análisis y comentarios en los medios: ayudarnos a todos a entender un poco mejor y a tener información con la cual formarnos un criterio. En la inmensa mayoría de los casos, estas mesas sólo contribuyen a profundizar el desconocimiento, a replicar prejuicios y, sobre todo, sirven a los intereses y agendas muy particulares de los editorialistas… y de los dueños del medio en cuestión. Resulta entonces que tanta opinión no sólo es inútil, sino que es profundamente dañina.
No pareciera que los grandes medios, electrónicos e impresos, tengan la tarea de informar, sino de manejar la opinión pública para, con ello, acceder al poder y a los miles de millones de los contratos de publicidad gubernamental. Es una herencia más del ciclo neoliberal. Entre los grandes jerarcas de los medios y los gobiernos en turno legislaron para liberalizar (que quiere decir hacer más liberal, no más libre), y así tener absoluta impunidad para mentir, manipular y decir básicamente lo que les dé la gana con la seguridad de que ninguna ley se los impide.
Entonces, camaradas: si ya sabemos que casi todo cuanto se escribe o se dice en los medios es producto de las agendas privadas, y no tienen ningún interés en informar; si sabemos que la enorme mayoría de los comentadores de noticias, hablan desde la opinión y no desde el conocimiento, ¿qué demonios nos puede interesar lo que dicen y lo que ladran? Porque sí, algunos más que hablar, ladran – o de plano rebuznan-. Además, muchos de ellos lo hacen con la petulancia y voz engolada propia de lo que en mi barrio le llamábamos “apantallapendejos”.
Así las cosas, queridas y queridos.
Largo PS: Desde esa misma arrogancia, hay alguna periodista querida y admirada, que dice que el presidente se arroga el monopolio de la verdad cuando desmiente notas falsas por las mañanas. No, querida: desmentir mentiras y aclarar imprecisiones no es querer tener la verdad absoluta. ¿Qué tendrá que ver? Si alguien dice alguna cosa falsa sobre mí, mi derecho es aclarar públicamente y pedir rectificación; no por ello me “arrogo el monopolio de la verdad”.
Digo, explíquenme porque capaz que ando bajo de entendederas.
Hasta la próxima semana.

