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Las delicias de tomar asiento junto a una ventana: “Tachas” de Efrén Hernández

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Por: Armando Escobar G.

Tw: @Escarman

 

Eran las 6 y 35 minutos cuando por fin se fugó. A lo lejos apenas reconocía la voz del maestro preguntando una de las tantas cosas que a nadie interesan porque para nada sirven: ¿Qué son tachas?

 El salón tenía tres puertas. Por la ventana de la primera se veía un pedazo de pared, otro de puerta y alambres; por la segunda se veía lo mismo, más o menos lo mismo, y fue por la tercera en donde encontró las molduras del remate de una columna y un lugarcito triangular de cielo: su punto de fuga.

Allá, afuera, vería pasar nubes informes y pájaros fugitivos que le traerían a cuento el nombre de muchas señoritas: Margarita, de manos blancas y ojos dorados, la más bonita de entre todas ellas. También, afuera, están las dudas propias de un inquieto (y culto) adolescente: “Yo, por mi parte, como ejemplo, no puedo decir lo que soy, ni siquiera lo que estoy haciendo aquí, ni para qué lo estoy haciendo. No sé tampoco si estará bien o mal. Porque en definitiva, ¿quién es el aquel que atinó a su verdadero camino? ¿Quién es aquel que está seguro de no haberse equivocado”.

En muy pocas líneas Efrén Hernández ha capturado nuestra atención y nos ha hecho volar al ritmo impreciso, pero constante, del pensamiento crítico e imaginativo del personaje del cuento “Tachas”. Quizá porque nos identificamos, porque recordamos nuestros propios puntos de fuga, que nos ponían en lugares alejados de los salones rojos, de tres puertas despulidas de la mitad para abajo. Porque sabemos muy bien las delicias de tomar asiento junto a una ventana. Mientras aparece Cervantes, otro pájaro, otra nube, y la verdadera Naturaleza de plantas, piedras y animales, sus dilucidaciones apenas son interrumpidas por una molesta pregunta de fondo, que no lo inquieta, apenas lo incomoda por el molesto silencio que deja después de ser enunciada, al no encontrar respuesta: “¿Qué cosa son tachas?”

Para no variar, el fugado casi siempre es descubierto, evidenciado, y hecho volver al aula, a la fuerza, a punta de “a usted le estoy preguntando”. Pero nuestro querido amigo, el señor Juárez, ataja la pregunta con una serie de definiciones, algunas absurdas, pero no incorrectas, de lo que pudiera significar “tachas”. No las comparto aquí para no arruinar la victoria que sin duda sentirá el lector al ver cómo el alumno vivaracho lleva al maestro al equívoco; pero éste último, muy bien adiestrado en las artes (de)formativas, le replicará “¿En qué acepción lo toma el código de procedimientos?”… Y la respuesta es de esperar: “no lo sé”. También son de esperar las risas de los comunes. Todos en el salón se rieron, menos nuestro narrador y El tlacuache, quienes “no son de este mundo”.

De esta manera, quizá de forma muy inocente, Efrén Hernández nos entrega un relato sumamente crítico con el sistema educativo de su tiempo. Mientras el narrador, Juárez, lleva su pensamiento a vuelos que rayan en la imaginación creativa y la crítica filosófica, un molesto ruido se introduce con una pregunta intrascendente en la voz de maestro: ¿Qué cosa son tachas? Claro que Juárez, cuando es interpelado, tiene una respuesta, pero no resulta de ninguna forma atinada porque no se encuentra en el manual, en el código de procedimientos.

“Tachas” fue publicado (paradójicamente) por la Secretaría de Educación en 1928, lo que nos hace suponer que por lo menos desde aquella lejana década de los veinte del siglo pasado, México vive en el rezago educativo: las fugas imaginativas de los alumnos suelen ser apaciguadas por una horda de profesores, encuadrados todos ellos en lo que dicta un manual. Sumidos “en este mundo”, no queda más que la risa y el conformismo. Por supuesto, Elba Esther Gordillo no es culpable desde entonces, aunque su figura momificada y aparentemente inmortal parezca decir lo contrario. Hay algo más, muchas causas que quizá no hemos alcanzado a dilucidar después de tanto tiempo. Mientras lo hacemos, no queda más que leer a Efrén Hernández y lamentar el tiempo que nos puede llevar hacerlo: “De cierto, no sé qué cosa tiene el cielo aquí, que transparenta el universo a través de un velo de tristeza”.

“Tachas” de Efrén Hernández se encuentra incluido en la antología Tachas y otros cuentos, fue publicado por la UNAM, Colección Confabuladores, en 2002.

 
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