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Leonardo da Vinci, la encarnación del ideal humano

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(2 de mayo, 2014).- Un día como hoy, hace 495 años, murió en la pequeña ciudad francesa de Amboise el pintor, escultor, ingeniero, inventor, músico, naturalista, escenógrafo y filósofo italiano Leonardo da Vinci, considerado el mayor genio del Renacimiento no sólo por su talento creativo sino también por encarnar el ideal del hombre ilustrado, cuya atención se posa en todos los campos del saber humano.

Recordado ante todo por sus obras maestras en el campo de la pintura –la Mona Lisa quizá sea la obra pictórica más estudiada, y La última cena la más reproducida y parodiada–, da Vinci cultivó todas las artes y se interesó por el conocimiento profundo y metódico de la naturaleza, razón por la que se le ha considerado el primer científico en el sentido que damos actualmente al término.

Al igual que otros grandes genios de este periodo, Leonardo se distinguió por su carácter autodidacta. Pese a ser hijo de un notario que trabajaba en Florencia, que en ese momento era la capital artística e intelectual del Renacimiento, toda su formación provino de los estudios que emprendió por su cuenta y, sobre todo, de una aguda observación de sus objetos de estudio.

Obteniendo sus conocimientos de la experiencia, se formó como pintor trabajando en el taller de Andrea del Verrocchio, pero de la misma manera se metía en los hospitales para realizar disecciones que proporcionaron un conocimiento detallado del cuerpo humano. Esto le permitió plasmar en sus obras artísticas un realismo y una fuerza expresiva hasta entonces desconocidos.

Esta misma capacidad de observación y aplicación de sus conocimientos la puso en práctica en otra de sus grandes pasiones, la ingeniería. Es sabido que da Vinci hizo bosquejos de una gran cantidad de máquinas que desafiaban la imaginación de la época, muchas de las cuales se anticiparon a los logros que la ciencia alcanzaría siglos después, como la idea de una máquina voladora que pudiera permanecer en un mismo punto, algo que hoy llamamos helicóptero.

Trabajando sucesivamente para los grandes mecenas de la época, vivió en las cortes del duque milanés Ludovico Sforza, del también duque César Borgia, del Papa Médici León X y finalmente del rey francés Francisco I. A lo largo de su vida buscó trabajar a las órdenes de mecenas que apreciaran su talento como artista, pero que también captaran la versatilidad de su pensamiento y le permitieran disponer de su tiempo para estudiar e idear en todos los campos de su interés.

A pesar de que desde muy joven gozó del reconocimiento a su obra, Leonardo no se vio libre de los pequeños sinsabores de la vida. El trabajar en las cortes de los grandes magnates de las ciudades-Estado que conformaban lo que hoy es Italia significaba estar a merced de hombres –y mujeres– acostumbrados a ver satisfechos sus más nimios caprichos, lo que para Leonardo se traducía en derrochar el tiempo que tanto atesoraba en actividades como animar las fiestas y espectáculos cortesanos o decorar los aposentos de la duquesa Sforza.

Quinientos años después de su muerte, Leonardo sigue siendo uno de los hombres más admirados de la historia. Pero quizá sirva de lección saber que ni el más grande de los genios está exento de las mezquindades del alma humana, pues cuando Leonardo llegó a Roma en 1513 para trabajar en los grandes proyectos impulsados por el Papa León X, se encontró con que los favoritos de la corte eran los jóvenes Miguel Ángel y Rafael, cuyos éxitos lo opacaron e hicieron que se sintiera frustrado por el estancamiento de su carrera.

Sin embargo, los últimos años de su vida encontró en el rey Francisco I al mecenas que siempre estuvo buscando. El monarca admiraba la mente de da Vinci y disfrutaba pasar el tiempo conversando con él que cualquier otra actividad. En la corte de Francisco I en Amboise, Leonardo finalmente tuvo la libertad para desplegar su incesante actividad intelectual.

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