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Los ladrones huyen y los cobardes incendian

A Anaya lo persigue su pasado, por eso se encuentra de nuevo ante las cuerdas, y opta por la burda estrategia de victimizarse.

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Los ladrones huyen y los cobardes intentan incendiarlo todo antes de asumir su responsabilidad. Por eso Ricardo Anaya se inventó un exilio antes de afrontar a la justicia. Tampoco en los delincuentes comunes hay sentido alguno del honor.

El problema es que son diversas las acusaciones, de propios y extraños, contra quien hoy pretende disfrazarse de “perseguido político” y quien recoge el fruto de sus acciones pero sobre todo de sus traiciones.

Y a diferencia de lo que él sostiene, nadie teme a Ricardo Anaya. El excandidato presidencial del PAN no tiene un capital político ni social sólido, ni una estructura política o social. Sus videos plásticos, por más que presuma millones de reproducciones, no son una propuesta seria ni de respeto.

No obstante, en su megalomanía llevada al absurdo, Anaya es capaz de compararse con Benito Juárez, Francisco I. Madero o los hermanos Flores Magón, con la diferencia de que éstos sí enfrentaron a dictadores y en la actualidad no hay una sola evidencia para sostener que el presidente Andrés Manuel López Obrador sea autoritario en un país, en el que además de elecciones libres, se permite la disidencia, la crítica y libertad de expresión, como nunca antes.

Fueron los propios calderonistas y peñistas quienes, en el sexenio pasado, se encargaron de desnudar a Anaya mientras intentaba ser presidente de la República en 2018. Y lo hicieron porque al haber pactado con él, conocen sus debilidades y su forma de operar.

Justo antes de la elección presidencial, fue el entonces senador del PAN, Ernesto Cordero quien lo denunció formalmente ante la PGR y sostuvo abiertamente que los panistas no estaban obligados a votar por un presunto delincuente. “Este caso camina como pato, habla como pato, es un pato, es lavado de dinero, no dudemos en decirlo, tenemos un pato enfrente”, sentenció.

Además el propio Javier Lozano, exsecretario del Trabajo de Felipe Calderón destruyó la argumentación de Anaya mediante la cual pretendía comprobar que no había triangulado recursos para comprar y vender inmuebles.

A Ricardo Anaya lo persigue su pasado, por eso se encuentra de nuevo ante las cuerdas, y opta por la burda estrategia propagandística de pretender victimizarse mediante la difusión de videos en las redes en los que alega una supuesta persecución de López Obrador en su contra.

Contradictoriamente, el panista dice estar “curtido”, ser “inocente” y que le “duele mucho” dejar el país, que por cierto ya había abandonado antes con largas estancias en Atlanta, pero al mismo tiempo opta por la evasión de su realidad.

Es el propio Anaya quien juega con las palabras, que simula y manipula. El que hace apenas unas semanas nos recetaba el discurso reciclado y trillado de “si alguien cometió un delito se le tiene que aplicar la ley… los delitos se persiguen, no se consultan”. Palabras que resultaron ser un espejo donde se refleja su plena hipocresía.

Esta vez, a sabiendas de un citatorio judicial y de una acusación de lavado de dinero y cohecho por parte de la FGR, cambia el discurso y decide clonar el guión que utilizó el sexenio pasado cuando se vio envuelto en una investigación similar. Entonces dijo que todo era una estrategia del presidente Enrique Peña Nieto para descarrilarlo, hoy solo actualiza al supuesto villano, López Obrador.

En lugar de hacer frente a la acusación de la FGR, el panista opta por la huida y desde su guarida difunde argumentos tan débiles como falaces. Entre otras cosas, afirma que AMLO lo quiere meter a la cárcel porque “está enojado” por los videos que publica cada semana y que “ya rebasaron los 70 millones de reproducciones”.

Sin embargo, a pesar de sus actos de escapismo, Anaya está metido en un callejón sin salida pues las acusaciones de corrupción en su contra provienen de tiempo atrás lo que le hace perder credibilidad. Y enfocar sus baterías contra el gobierno federal de la 4T es solo es un aburrido acto circense. Peor aún, ahora el PAN y el PRI son de nuevo matrimonio por conveniencia, por eso ya no puede imputar al PRI.

Pero también el exdirigente nacional del PAN da muestras de que está dispuesto a intentar incendiarlo todo antes de ir a prisión; por eso la  FGR y el Poder Judicial deberán de ser convincentes y contundentes pues en la medida en que el caso sea robusto acotarán el margen de maniobra discursivo de un joven calculador y manipulador que escaló rápidamente en la esfera pública echando mano de la corrupción como método y la traición como instrumento suicida.

Por lo pronto, afloran los apoyos por conveniencia hacia Ricardo Anaya de algunos como Felipe Calderón, Diego Fernández de Cevallos, Vicente Fox, Roberto Madrazo y Margarita Zavala. “Nos tocan a uno, nos tocan a todos”, parecen advertirnos. Así de desesperados lucen quienes pretenden mantener más vivo que nunca el pacto de impunidad.

Por su parte el presidente López Obrador no opta por el silencio y por el contrario es firme en su postura: le pide a quien apodó en su momento como “Ricky Rickín Canallín” que no sea “marrullero” y dé la cara. “¿Yo qué tengo que ver con el citatorio?”, cuestiona. “Nosotros no somos represores, no odiamos, no somos como ellos”, plantea.

Claro que eso del “exilio” de Anaya es un acto de cobardía y escapismo. También en su momento se fueron a “exiliar” Javier Duarte a Guatemala y Tomás Zerón a Israel; César Duarte a Estados Unidos y tantos más a otros países. Por eso cuando los “perseguidos políticos” de ahora nos hablan de “exilio” debemos entenderlo como una vil fuga.

Veremos pues cómo vienen los tiempos procesales y judiciales del caso. Por lo pronto estos han sido días para recordar que la máxima de “la ley es la ley y se aplica no se consulta” es solo parte del instrumental de un arcaico discurso demagógico usado por algunos.

Por igual nos ha quedado claro que el viejo régimen reacciona y se reagrupa bajo el común denominador de la impunidad.

A  Anaya no lo defienden cientos de miles indignados en las calles porque no hay una injusticia clara ni una causa popular que defender. Estamos ante un probable delincuente, frente a otro político cosmético al que solo algunos defienden desde la comodidad sus redes, por obligación o conveniencia.

Por lo pronto él persistirá en su estrategia victimizadora de difundir videos con tono de casting para la Rosa de Guadalupe aunque terminen por causarle el efecto contrario y propiciarle menos credibilidad.

Como sea, la ley es la ley y no se consulta, ni se evade, se afronta.

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