“El regreso del PRI no es restauración sino una nueva etapa presidencialista”
Por: Ivonne Acuña Murillo*
Fotografía original: ADN Político
A 100 días de haber iniciado su administración, Enrique Peña Nieto da muestras claras del tipo de gobierno que encabeza. En principio, a la vista están los aprendizajes históricos de un partido que estuvo 71 años al frente de la Presidencia y que se acostumbró a ganar de todas, todas.
Lo anterior, aun cuando en 1977 decidió compartir un poco del poder que ejercía a partir de la liberalización del Sistema Político provocada por la Reforma Política -pensada e instrumentada por Jesús Reyes Heroles- a partir de la cual se permitió el registro del Partido Comunista Mexicano sin riesgo de perder la hegemonía toda vez que, a la par, se crearon una serie de partidos satélite cuya función era dividir el voto opositor.
Hoy esa regla se aplica de igual forma, sólo que con una ventaja: la formación de coaliciones, las cuales permiten no sólo fragmentar el voto sino sumarlo al partido más grande. Tal es el caso del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y sus aliados, el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y el Partido Nueva Alianza (PANAL), de tal suerte que personas que no votan por el PRI terminan haciéndolo indirectamente al darle su voto a un partido “diferente”.
Como segunda lección aparece la búsqueda de legitimidad de ejercicio, una vez que no se obtuvo en las urnas -cuando lo importante era ganar a cualquier precio-. En primera instancia, se trabajó en el plano internacional, a través de una gira de EPN por los principales países de América y Europa para, con el aplauso de los diversos mandatarios, enviar un mensaje de reconocimiento de afuera hacia adentro (en el caso de Carlos Salinas de Gortari, fueron los enviados del presidente los que hicieron este trabajo).
En un segundo momento, se dio un golpe maestro, digno de aparecer en los libros de texto para políticos: la aprehensión de Elba Esther Gordillo un día después de enviar al Congreso la iniciativa de reforma educativa. Plan maestro porque permite trabajar en varios planos:
Primero, “dar gusto” a los grupos sociales que suponen equivocadamente que la “maestra” es la causante única del bajo nivel educativo del país, y enviar la señal de que -desde la presidencia- se atienden las principales demandas ciudadanas;
Segundo, permite un reposicionamiento de la presidencia en una estructura donde el poder se ha fragmentado en los últimos tres sexenios y en la cual se han fortalecido ciertos poderes fácticos;
Tercero, posibilita quitar del camino a una lideresa que en los últimos años se convirtió en factor real de poder no sólo en el plano educativo sino durante las elecciones, inclinando la balanza hacia uno u otro lado del espectro político;
Cuarto, sirve de cortina de humo mientras en las cámaras se discuten temas prioritarios como la reforma energética y la reforma fiscal. El golpe dado a una corporación como el SNTE y su máxima lideresa tiene como antecedente la embestida de CSG contra Joaquín Hernández Galicia (la Quina), de ahí la frase “se le dio un quinazo a la Gordillo”, y el menos aparatoso desplazamiento de Jongitud Barrios, anterior líder del SNTE, así como el surgimiento de otro líder sindical a modo: Francisco Hernández Juárez, al frente del Sindicato de TELMEX, debilitando con eso al partido y su estructura corporativa en pro del poder presidencial.
Lo anterior supone, una tercera lección aprendida en función del manejo de las estructuras de poder.
El cambio en los estatus del PRI en torno a temas como el IVA en alimentos y medicinas, la generación y administración de energía y la inclusión del presidente de la República en sus órganos directivos, muestran la verdadera cara de un partido que abandonó, por lo menos desde el sexenio de Miguel de la Madrid Hurtado, su compromiso con las grandes masas en favor de los intereses económicos de las élites nacionales e internacionales y que hoy ensaya una nueva forma de gobernar a una sociedad que ya cambió y que incluye a grupos sociales que no están dispuestos a perder lo ganado durante la ausencia del PRI a nivel federal ni a permitir que la voz presidencial sea la única que se escuche.
Tenemos entonces, a 100 días de iniciado este “nuevo” gobierno, no la restauración del régimen priísta “clásico”, sino una nueva etapa presidencialista en la que el grupo en el poder está ensayando, con experiencia, conocimiento y un buen diagnóstico de la situación actual en torno al ámbito político, nuevas formas de ejercer el poder partiendo del fortalecimiento de la presidencia y de la utilización de su “partido” como el instrumento por excelencia, de ahí la inclusión oficial del presidente en los órganos de gobierno. Esto podría suponer una diferencia toda vez que no se trata de debilitar al partido, como ocurrió durante el salinato, sino de fortalecerlo para que apoye a una presidencia venida a menos, lo cual supone una lectura diferente en momentos históricos también distintos.
Y digo ensayando, pues Peña no tiene, como en el pasado, todos los hilos del poder, sino que ahora deberá trabajar en tensión constante con aquella parte de la sociedad que ya cambió y no tiene la intención de volver al pasado y someterse por las buenas a los designios de la presidencia.
Por supuesto, no hablo sólo de la vanguardia intelectual democrática del país y la sociedad civil, sino de los poderes fácticos que no estarán dispuestos a ceder su parte del pastel una vez que lo han conquistado, además de que no a todos se les podrá someter tan fácilmente como a Elba Esther Gordillo.
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