I.- Con muy contadas excepciones, la naturaleza política del presidencialismo mexicano ha sido, desde 1824 a este 2015, casi siempre ejercida con la perversidad de la naturaleza humana de sus ocupantes: “egoístas y depredadores en contextos históricos donde los poderosos buscan legitimar, precisamente, las prácticas de bajeza y corrupción, declaradas naturales, y lo hacen fundándose en la perversión, pues, del mismo lenguaje, para justificar la usurpación de bienes por una minoría de (políticos) y de ricos… que son básicamente bestias” (Marshall Sahlins: La Ilusión Occidental de la Naturaleza Humana, edición FCE.-2011). Ese presidencialismo ha recrudecido sus males antirrepublicanos y antidemocráticos, corrompiendo la democracia indirecta o representativa para cuidar sus intereses con un reparto entre sus élites del botín económico y del poder del Estado; y, saboteando todo intento de la sociedad, del pueblo para ejercer la democracia directa, si es que ésta realmente es en sus raíces etimológicas, políticas e históricas: demos, pueblo y kratos, poder, que suele ejercerse únicamente (¡oh, Rouseau!) el día de las elecciones; y sólo si es que éstas no son objeto de fraudes, ya sea antes y/o después.
II.- Para no regresar al pasado más remoto, sino al inmediato, desde 1988, con Salinas; en 1994, con Zedillo; en 2000, con Fox; en 2006, con Calderón y en 2012, con Peña, el IFE, el TRIPE y hasta la Corte, legalizaron las trampas para legalizar esas presidencias, acumulando estas cinco instituciones una explosiva falta de credibilidad e ilegitimidad. A esto debe sumársele el amontonamiento de problemas sin solucionar: pobreza, desempleo, impunidades, represiones, cientos de miles de homicidios, encarcelamiento abusivo de indígenas y de quienes no están de acuerdo con su mal gobierno; ministerios públicos y tribunales impartiendo injusticias y el enriquecimiento de funcionarios federales, estatales y municipales a la par de la creciente criminalidad y narcotraficantes que han llegado a coludirse, en abierta complicidad, con policías, militares, gobernadores, presidentes municipales y del gobierno del Distrito Federal; jueces, magistrados, ministros y las élites que cada seis años integran los cargos del presidencialismo.
III.- Se equivoca Peña, no solamente son las masacres de Ayotzinapa y Tlatlaya los únicos abusos antirrepublicanos y antidemocráticos contra los derechos humanos de su mal gobierno. Simplemente, estos hechos fueron la gota que derramaron el vaso del malestar social acumulado desde hace 26 años por tanta injusticia, corrupción e impunidad de las élites políticas y económicas; y la complicidad de funcionarios y delincuencias que desataron la violencia sangrienta de la inseguridad. Además de que Peña, su esposa y su favorito Videgaray, fueron pillados en la más perversa de las corrupciones con una presidencia salida como telenovela de Televisa, la empresa que asegura el mismo Peña, es su “orgullo”. Y siendo que son múltiples las causas de ese hartazgo –si a usted, estimado lector le parece–, seguiremos analizándolas mañana.

