Manipulación mediática: exagerar lo malo, minimizar lo bueno

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En su fantástica novela, 1984, George Orwell deja claro la manera en que el control de la historia es un asunto fundamental en el ejercicio del poder. “Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado”, decía el eslogan del Partido que representa el terror totalitario que retrata la obra del periodista y narrador inglés. Una frase luminosa a la que quizá le podríamos agregar: quien controla los medios controla el presente (y por lo tanto controla el pasado y también el futuro). “Todo lo que se afirmaba como verdad, se volvía verdad eterna y continuaría siéndolo. Era simple. Sólo era necesaria una serie de victorias a costa de su propia memoria. A esto se llamaba control de la realidad”, agregaba Orwell en labios de Winston Smith, protagonista de la célebre distopia.

Este mecanismo de control de la realidad, conocido como ‘doblepensar’, consistía en confundir a la gente a través de un razonamiento tramposo, lleno de contradicciones: mezclar verdades con mentiras, utilizar la lógica para combatirla, repudiar la moralidad y al mismo tiempo apelar a ella.

Este método de control de realidad, explica Orwell bien puede resumirse del siguiente modo: inducir la conciencia a la inconsciencia. En eso consiste el control de la realidad que impera actualmente en los medios de comunicación. Repetir mentiras y medias verdades hasta la saciedad, con el fin de que aquellas narrativas queden grabadas en el inconsciente de las personas. Una vez logrado el objetivo, la respuesta a determinados mensajes se produce de manera automática, un reflejo inconsciente. Esta técnica de control de masas es aún más efectiva en sectores de la población que consume información noticiosa sin un sentido crítico, gente que se contenta simplemente con reproducir los mensajes que le llegan a través de los medios de comunicación o las redes sociodigitales.

No es casualidad que Orwell escribiera su emblemática novela a finales de la década de 1940, tras los estragos de la Segunda Guerra Mundial, en pleno auge de gobiernos totalitarios que buscaban afianzar su poder a través de los cada vez más sofisticados instrumentos de propaganda, a la luz de los nuevos medios electrónicos, como la radio y la televisión.

Con la irrupción de internet, la comunicación se volvió más horizontal, menos jerárquica, pero la desinformación opera con las mismas reglas básicas del ‘doblepensar’. Un fenómeno que suele recrudecerse en contextos de lucha política como la que actualmente vive México y el resto de los países de América Latina.

El caso de Cuba, es un ejemplo palpable de cómo opera esta técnica de control, amplificada por los grandes medios de comunicación, afines al poderío hegemónico de EE.UU. Las manifestaciones de descontento social registradas en algunos puntos de la isla, principalmente en San Antonio de los Baños y La Habana, contrastan profundamente con el silencio mediático y la pobre cobertura que imperó durante la represión en las protestas de Colombia, Ecuador, Chile y Puerto Rico, así como las masacres contra la población civil perpetrada por el gobierno golpista de Bolivia.

La saña con la que los grandes medios hegemónicos abordan la precariedad económica y las restricciones a la libertad en Cuba, contrastan drásticamente con el ominoso silencio en torno a la situación en Honduras, país que tras el golpe de Estado contra el entonces presidente Manuel Zelaya en 2009, padece una dictadura militar apoyada por EE.UU. Paradójicamente, los señalamientos contra Cuba son completamente ausentes en el caso de Honduras, a pesar de que en los últimos años, millones de hondureños se han visto forzados a migrar de su país para escapar de la miseria y la violencia. De este modo, la cobertura informativa de grandes procesos sociales en los países de América Latina, depende en buena medida de los intereses geopolíticos de EE.UU. en la región. No en balde, las oligarquías latinoamericanas, que poseen canales de televisión, estaciones de radio y periódicos, han sido aliados históricos de los intereses hegemónicos estadounidenses.

Lo mismo ocurre en el contexto mexicano, donde la actual guerra e infodemia se recrudeció durante las elecciones de 2018, que significaron un cambio de régimen político con el holgado triunfo de Andrés Manuel López Obrador. Tras su llegada a la presidencia de México, el tabasqueño impulsó un recorte importante en el gasto de publicidad oficial, de la cual, dependían varios medios de comunicación. Al igual que partidos políticos como el PRI y PAN se acostumbraron a ganar elecciones desviando grandes cantidades de dinero del erario para comprar votos, los grandes medios de comunicación en México se acostumbraron a vivir del presupuesto sin necesidad de atender las necesidades de la audiencia. Esto explica por qué razón, en México suele hacerse escándalo mediático por aquellos temas que afectan los intereses de las cúpulas empresariales, opositoras al proyecto de la Cuarta Transformación, de un modo que no ocurre cuando se ven afectados los intereses de los campesinos, el magisterio o los trabajadores. El escenario permite entender por qué razón, la confianza de los mexicanos en las noticias cayó del 49% al 37% de 2018 a 2021, de acuerdo con el informe Digital News Report del Instituto Reuters, con sede en Gran Bretaña. Una caída que evidencia la crisis de credibilidad que enfrentan hoy los medios de comunicación mexicanos que, en su afán de mantener una agenda de golpeteo político a costa de su propia credibilidad, siguen desfondándose y haciendo cada vez más evidente la necesidad de contar con nuevos medios y nuevos espacios de comunicación. Un vacío que, hasta cierto punto, han sido llenados por contenidos que se difunden con virulencia en redes sociodigitales, lo cual ha permitido una mayor pluralidad en términos del debate público, en comparación a la sobrerrepresentación elitista que sigue predominando en los grandes medios hegemónicos.

Aún así, las redes no están exentas de los viejos vicios orwellianos. Y es que a final de cuentas, la manipulación mediática se genera con un método muy simple: exagerar lo malo y minimizar lo bueno, en función de determinados intereses políticos. La amplificación mediática se encargará del resto: llevar la información del consciente al inconsciente. Con el paso de los años, los estragos pueden derivar en odios muy añejos, furibundos, irracionales. Esta interiorización de ciertas narrativas, aunadas a una exacerbación del miedo, son una fuerza de manipulación de masas muy poderosa que explica, entre otras cosas, el resurgimiento del fascismo a nivel global.

La política es eso: una disputa por el control de la realidad. Y dicha disputa se libra principalmente en los medios de comunicación. De ahí que la principal lucha política de nuestro tiempo sea precisamente combatir la infodemia, para impedir que en lo profundo de nuestra mente se incube una terrible enfermedad, uno de los grandes males de nuestro tiempo, capaz de causar estragos sociales: el fanatismo.

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