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“Manson”, el niño de todos

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Óscar Balderas / @oscarbalmen

Parte 2/3 – El abuso

(10 de abril, 2014).- Cuando “El Manson” extiende el brazo para tomar el menú que le ofrece el dependiente en la hamburguesería, la manga de su brazo derecho se recorre y deja ver un brazo delgado con cortaduras desde la muñeca hasta el codo. Cuando se da cuenta que los cortes que él mismo se inflige quedan a la vista, suelta el menú y se ruboriza.

– Eso debe doler bastante – le digo al chico de 16 años, “habitante” de la población callejera del puente de Taxqueña y, enseguida, se toca las cicatrices abultadas como acariciándolas.

– No, no duele…

– ¿Tú te las hiciste?

– No…

– Parece que tu le has hiciste, con una navaja o algo así.

– Espérate a que me acabe mi hamburguesa.

“El Manson” pide una con tocino y piña, papas a la francesa de tamaño jumbo, refresco grande y, antes de darle una mordida al pan, pide unos nuggets de pollo para llevar. “Tengo que aprovechar ¿no?”, dice sonriendo, mientras enseña su dentadura descuidada, y yo asiento. Los demás comensales nos ven con desprecio. Mejor dicho: lo ven con desprecio por el intenso olor a solvente que despide su ropa. A mí me ven con desprecio por atreverme a ofrecerle un asiento junto a personas cuya ropa huele a loción barata.

Dos cosas le han dado a Cristian el apodo de “El Manson”: uno, puede pasar días enteros como un zombie, alertargado por un desfile de latas de thiner que se agotan en su nariz y lo hacen moverse como el rockstar “anticristo” cuando se tira en el escenario para cantar; dos, en un ataque de ira, se decoloró el cabello con agua oxigenada que robó de un Oxxo y se aclaró el cabello hasta dejarlo como paja seca. La combinación de todo eso hacen creer a los otros 40 niños con los que vive que se parece al cantante de “The beautiful people”.

– ¿Te dan muchos ataques de ira? – le pregunto, mientras devora a mordidas su comida, que enjuaga en su boca con refresco de manzana.

– Sólo cuando llega el señor de la camioneta.

– Cuéntame eso, por favor.

– Deja que me acabe esto y te platico, porque esos culeros ya nos están viendo mucho…

***

Entre 2011 y 2012, la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal recibió 122 quejas por presuntas violaciones a los derechos humanos de la población callejera de la Ciudad de México.

De las 122, en 63 – casi el 50 por ciento – estaba involucrado algún miembro de la Secretaría de Seguridad Pública capitalina. Las causas van desde abuso de la fuerza, detenciones arbitrarias, torturas, extorsiones para conseguir dinero a cambio de impedir una consignación y abusos sexuales.

Este último delito en poblaciones callejeras tiene una altísima cifra negra: dado que en muchas ocasiones los hombres, mujeres y niños que viven en la calle consumen drogas para paliar el dolor físico y emocional, sus testimonios contra un abusador suelen ser desechados por el juez bajo el juicio de que se trata de alegatos distorsionados por estupefacientes.

No sólo lo comenten los policías: 3 de cada 10 personas en situación de calle en el DF han referido abusos de parte de particulares. Golpes, amenazas o violaciones… como lo que le sucede a “El Manson” cuando el hambre le apremia.

***

Lejos de la hamburguesería, con los nuggets de pollo en un plato de unicel dentro de una bolsa de plástico, “El Manson” me cuenta quién es el hombre de la camioneta:

Se aparece una o dos veces a la semana por la tarde, casi noche, en el cruce de Taxqueña y Tlalpan. Se estaciona en la lateral, con las luces intermitentes, esperando que “El Manson” vea el vehículo negro – no sabe el modelo, pero dice que es una camioneta de lujo – con un quemacocos y estéreo que suena “bien chingón”. Entonces, el joven cruza la calle, mete medio cuerpo en el auto y debe contestar la pregunta “¿una vuelta?”. Si dice que no, la camioneta no volverá hasta dentro de una o dos semanas; si dice que sí, se irán con rumbo al Centro Histórico.

El joven y el adulto se conocen desde hace un año y medio; él se presentó un día cualquiera en la población callejera con varios tacos al pastor y refrescos. Les dijo que era un vecino preocupado por su bienestar y que si le dejaban platicar con ellos, él podría llevarles comida cuando su agenda de hombre de negocios le permitiera. Nadie objetó. Todos comieron y le agradecieron su ayuda. Al principio, ninguno reparó en que al único al que le sirvió tres veces refresco fue a “El Manson”, que por aquellos días no tenía una dentadura tan maltratada.

Así sucedió varias veces: él llegaba, entregaba comida, prestaba especial atención a “El Manson” y luego se iba. Un día, lo buscó para contarle que ya no tenía dinero para pagar la comida de todos, pero sí para comprar sólo la de él. El joven se sintió halagado, querido y protegido. Lo abrazó. El hombre respondió el abrazo. Lo llevó a comer a una pizzería cerca de la zona, junto a una papelería Lumen, y cuando le vio las heridas del brazo empezó a acariciárselas. Ahí empezó todo.

Después, cada vez que el hombre iba por “El Manson”, lo acariciaba. Le tocaba el cabello, la cara, las manos. Cuando iban en su camioneta a buscar un lugar donde comer, le llevaba una muda de ropa limpia al joven para que no oliera a solvente. Mientras se cambiaba con el auto circulando en Tlalpan, el hombre “jugaba” a tocarle las piernas. El copiloto aguantaba para no perder la oportunidad de unas enchiladas, unos tacos, una sopa caliente.

Un día, la broma pasó al abuso. El hombre llegó a la lateral de Tlalpan, “El Manson” corrió hacia él y lo encontró enojado, enfurecido. Le contó que su esposa lo había corrido de la casa y que necesitaba un lugar donde dormir y estar con alguien. Como el joven no decía nada, él le pidió que lo acompaña a un hotel para que pudiera descansar, mientras “El Manson” pedía toda la comida que quisiera y se diera un baño en la tina. Aceptó. La camioneta avanzó por Tlalpan y cambió hacia dirección sur para entrar al Hotel Condesa. No hubo problema en darles a ambos una habitación.

A los minutos, el hombre se tiró en la cama, se quedó en ropa interior y le pidió al “El Manson” hacer lo mismo, “para que ahorita te metas a bañar”. El joven dijo que lo haría después de comer algo. “Te disparo lo que quieras de comer, pero hazme un favor”, recuerda el adolescente y lo atenaza la imagen de ese hombre maduro, velludo, sujetando su pene con la mano. Lo demás, lo resume “El Manson” con una frase: “yo tenía mucha hambre… ps… le dije que sí”.

Así han sucedido al menos cuatro encuentros, dice, en menos de seis meses. El hombre de la camioneta ya no tiene que fingir que está enojado con su esposa. Pregunta si el adolescente en la calle tiene hambre y si “Manson” asiente, van a un hotel distinto cada tarde, pasan tres horas adentro y él le entrega 200 pesos, además de pagar la comida que llevan al cuarto.

“Ya le digo que sí a todo, porque una vez le dije que no y  no vino como en dos meses y la neta sí me aliviana su comida”.

***

“El Manson” continúa:

– Sí me corto yo, la neta, lo que es, pero no lo hago seguido…

– Tiene más de 40 cicatrices, se llaman queloides, están abultadas, mal atendidas…

– Ah, pero no es de 40 veces que me corte, es que un día me puedo cortar unas 10 veces, así, acá, le meto chingón, hasta que sale sangre medio negra y ya me dejo…

– ¿Por qué?

– No sé, es como una forma de castigarme ¿no?

– ¿Por qué te castigas?

– Por dejarme, hacerme mayate.

– ¿Qué te dice ese hombre cuando te regresa al puente?

– Pues que me cuide, que me quiere mucho, que va a volver pronto. Ya hasta me dijo que un día me va a llevar a Acapulco a conocer el mar.

– ¿Te hace daño físicamente, te lastima?

– Nunca me ha madreado, pero luego sí se pasa…

– ¿En qué?

– No sé, me agarra bien duro, pero ya le dije que si lo vuelve a hacer, le meto unos madrazos – dice “El Manson” y saca el pecho en pose valiente.

– ¿Crees que no te lastima, entonces?

– Osea, dejar que me haga cosas ese ruco por comer como que sí emputa ¿no? Pero luego pienso: pues es chido el ruco, me da de comer, me deja bañarme…

– Eso es abuso. Se está aprovechando de ti. Y lo sabes, por eso te  cortas, porque estás enojado.

– Sí me enojo porque no se vale, ¿no? Pero a veces pienso que es buen pedo, me aliviana, me echa la mano. Hay otros rucos que nomás llegan, se cojen a las morras, a los chavos, y los avientan. A mi no…

– ¿Eso pasa seguido?

– Uy, un chingo. Ahí en el puente hay una morra, la “Yanis”, y tiene un bebé. Ahí lo vas a ver, tiene como 3 meses y luego vienen unos doctores a revisarlo. El niño tiene ojos verdes y la “Yanis” es bien prieta, ¿cómo? Ahí es cuando te pones a pensar ¿cómo pasó? Pues un chavo llegó una noche, la metió a su coche y la violó. Y ahí está otro, el “Juan”, a ese se lo cogió un policía, dicen que ya tiene SIDA el pobre…

– ¿Y ya fueron a denunciar?

– No mames, si ni siquiera nos dejan entrar a esos lugares…

– ¿Ministerios Públicos?

– Esos. Llegamos y nos sacan, así como perros. Una vez yo fui porque me quisieron meter a una camioneta ¿no? Y no, me dijeron, “pinche mugroso, ven cuando te hayan hecho algo en serio, sácate”.

– ¿Y qué hiciste?

– Pues me fui, ¿qué les dices? Es la policía…

***

“El Manson” hilará varias explicaciones para justificar que los abusos sexuales a “habitantes” del puente de Taxqueña no estén en los registros de la policía: si eres mujer, dirán que seguro fue una relación sexual con un novio y que, por lo tanto, eso no es abuso sexual; si hueles a solvente, dirán que tiene distorsionado el cerebro y estás incapacitada para acusar a un ciudadano que no “monea”; si eres madre adolescente, dirán que eres una prostituta y eso te pasa por subirte a los coches de desconocidos; si no eres nada de eso, de todos modos no te tomarán la denuncia porque no tienes documentos para probar que efectivamente eres la persona que dices ser.

Si eres hombre, dirán que ¿cómo es posible que violen a un hombre? Y la queja se archivará; si hueles a thiner, te quitarán la droga en cuanto llegues al ministerio público y tendrás síndrome de abstinencia toda la noche; si llegas sucio, dirán que eres un asaltante.

O peor: que estás extorsionando a un ciudadano “de bien” para sacarle dinero a cambio del perdón legal por una inexistente violación. Entonces, te  arrestarán y el extorsionado será la persona que vive en población callejera: si quieres que te suelte, cáete con una lana.

– Así le pasó al “Juan”…

– ¿Lo extorsionó la policía?

– Sí, mira, escucha bien…

Parte 1/3 El hambre

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