Manual para sacar a las mujeres de los museos

 

Empecemos por lo que no pasó: No hubo hogueras, no hubo soldados despedazando esculturas, nadie entró al museo gritando. Lo que hubo fue un papel pegado en la puerta de la Antigua Academia de San Carlos, por allá de marzo del 2025, redactado en el slang más aburrido y ceremonioso del mundo: «…a efecto de dar cumplimiento a un mandamiento judicial en materia de amparo, se suspende la exposición».

Así se ve la censura ahora, parece trámite burocrático.

CRÉDITOS: ACADEMIA DE SAN CARLOS FAD

CRÉDITOS: ACADEMIA DE SAN CARLOS FAD

La exposición era La Venida del Señor, de Fabián Cháirez: nueve óleos donde monjas y cardenales hacen cosas que las monjas y los cardenales, oficialmente, no hacen. La demanda vino de la mismísima Asociación de Abogados Cristianos, una franquicia mexicana de una organización nacida en España (porque sí, hasta la indignación religiosa fue atravesada por la globalización) y un juez federal ordenó cerrar la muestra, con la elegante advertencia de que, si la UNAM no obedecía, mandaría a la fuerza pública. Al final el juez negó la suspensión definitiva, pero por un tecnicismo muy gracioso: la exposición ya había cerrado sola. El sistema no tuvo que censurar nada. Solo tuvo que esperar.

CRÉDITOS: LA LISTA.COM

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Y aquí viene la fricción, porque todos vimos ese momento como lo que aparentaba ser: un pleito local entre un artista queer y una turba enardecida de católicos ofendidos. Un capítulo más del eterno reality show: México vs. el desnudo. Pero el mismo mes, a tres mil kilómetros, Donald Trump firmaba una orden ejecutiva contra la cultura «woke» en los museos de Estados Unidos. Y unos meses antes, Milei disolvía organismos culturales por decreto. Y antes de eso, Bukele despedía a 300 empleados de Cultura en una tarde.

Nos venden episodios locales de «guerra cultural», pero son capítulos idénticos de una misma serie, que van de Washington a San Salvador. Y cuando cuatro países distintos estrenan la misma entrega al mismo tiempo, eso ya no es coincidencia, Es un patrón.

Paso 1: No prohibas nada

Washington. La orden de Trump se llama Restaurar la verdad y la cordura en la historia estadounidense, que es un título precioso porque presupone que la verdad y la cordura son cosas que el presidente naranja puede devolver por decreto, como un paquete de Amazon. La orden condiciona la financiación futura del Smithsonian a que no se gaste (porque eso ya no se considera inversión) en programas que «dividan a los estadounidenses en función de la raza», y en agosto de 2025 el gobierno dio a los museos 120 días para reemplazar contenidos «ideológicamente sesgados» por otros que fomenten el orgullo nacional. El propio Trump explicó su museología en Truth Social: el Smithsonian está fuera de control porque solo habla de lo mala que fue la esclavitud. ¡Lo mala que fue! Como si fuera una reseña mediocre de Google Maps: tres estrellas, no repetiría.

Este 4 de julio (ojo al detalle de la fecha, que es puro teatro, y el teatro siempre importa) la Casa Blanca publicó un informe de 162 páginas acusando al Museo Nacional de Historia Estadounidense de «ideología radical y activista». ¿Las pruebas del delito? Poca atención a los Padres Fundadores, materiales sobre fluidez de género y una supuesta cruzada contra la «blancura». The Art Newspaper leyó el documento completo y resumió la visión de país que propone en tres palabras que no necesitan traducción: blanca, patriarcal y cristiana.

 

Aquí es donde el informe deja de ser política cultural y se convierte en confesión. Porque entre sus 500 notas al pie, el documento dedica un capítulo entero de furia desquiciada a una exposición sobre niñas. Girlhood (It’s Complicated), una muestra que cerró en 2023, es citada una y otra vez como evidencia de radicalismo: porque incluía historias trans, porque «cuestionaba la maternidad» y porque (agárrense) animaba a las niñas a no quedarse calladas. El texto de sala que escandalizó a la Casa Blanca decía, palabras más, palabras menos, que cuando las reglas no tienen sentido, muchas niñas gritan en pos de sus derechos. ¡Así es! ese es el extremismo del que se quejan. El aparato de revisión ideológica más poderoso del planeta, movilizado contra un letrero que sugiere que las niñas tienen opiniones.

Mientras tanto, el proyecto del Museo de Historia de la Mujer del Smithsonian murió en el Congreso en mayo, atorado entre disputas sobre Trump y derechos trans. El museo de las mujeres no se prohibió, simplemente no se votó. Tomen nota de la técnica, porque la técnica es el todo del manual: no hace falta decir no. Basta con no decir .

Buenos Aires. Milei no clausuró la cultura argentina; la “reorganizó”, que es la palabra que usa la gente de recursos humanos cuando va a despedirte. Dos decretos disolvieron y fusionaron once organismos culturales e históricos, quitándole autonomía al Instituto Nacional del Teatro y liquidando la comisión que sostenía bibliotecas populares desde 1870. Todo enmarcado en su «batalla cultural» declarada contra el wokismo y (con nombre y apellido), contra el género). La cereza del pastel en este capítulo, que ningún guionista se atrevería a escribir, es que el Instituto Evita fue degradado a museo, ¡la mujer más incómoda de la historia argenta convertida oficialmente en pieza de vitrina! Si eso no es una declaración curatorial, yo no sé qué es.

Crédito: Foto: Rodrigo de la Fuente / La Nación.

Crédito: Foto: Rodrigo de la Fuente / La Nación.

San Salvador. Bukele despidió a más de 300 empleados del Ministerio de Cultura por promover «agendas no compatibles con la visión del gobierno». ¿El detonante? El Teatro Nacional tuvo la osadía de presentar una obra protagonizada por una actriz drag. Así de fácil, 300 nóminas por una peluca. Es el tipo de cambio más caro del continente, y lo pagan, como siempre, los cuerpos más baratos del organigrama: educadoras, mediadores, coristas, todo ese trabajo cultural feminizado y precarizado que sostiene los museos y nunca sale en la foto de la inauguración.

Paso 2: Aprende el idioma de tus enemigas

De vuelta a casa. Con todo esto sobre la mesa, volvamos al caso Cháirez, porque ahora se lee distinto. Lo que parecía una anécdota local (un desgreñe entre un pintor y unos católicos ofendidos) resulta ser otro capítulo de la misma serie. El objetivo es idéntico en todos los países: bajar la obra, vaciar la sala, quitarle el micrófono a quien narra. Lo único que cambia es la herramienta, porque cada país usa la que tiene a la mano. En Estados Unidos, la herramienta es el dinero: se amenaza el presupuesto de los museos. En Argentina, la firma presidencial: se disuelven organismos por decreto. En México no hizo falta ni lo uno ni lo otro: bastó un amparo, ese recurso legal que se inventó para proteger a los ciudadanos de los abusos del poder, usado esta vez para proteger al poder de un amenazante óleo.

Y hay un giro en el caso mexicano que merece cámara lenta. La denuncia contra Cháirez se presentó ante el CONAPRED, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, acusando al artista de discriminar ¡a los católicos! pobrecillos. Piénsenlo dos segundos: La denuncia por discriminación es una herramienta que costó construir décadas de lucha feminista y antirracista, precisamente para defender a quienes el poder siempre dejó fuera ¡Y aquí se usó para descolgar la obra de un artista queer! El manual de estos episodios no solo copia estrategias de un país a otro: también aprendió a hablar el idioma de sus adversarias y a usar sus propias herramientas en su contra. Es la apropiación cultural definitiva, y nadie le hizo ni un tiktok.

Paso 3: Deja de pagar 

Si esto fuera una serie de TV, sería fácil de explicar: es un formato con licencia. Mismo guión, mismo casting, rodaje local. El guión se escribe en un despacho y se rueda en cada país con elenco nacional: un juez aquí, un decreto allá, un tuit presidencial acullá. Hasta el vocabulario viene en brief de personajes: donde diga crítica, escriba «ideología». Donde diga historia incómoda, escriba «adoctrinamiento». Donde diga curaduría, escriba «activismo». Donde diga feminismo, escriba… bueno, esa palabra el guión lo escribió antes que nada: «ideología de género» es el arco madre, el que se probó en los cuerpos de las mujeres y las disidencias antes de extenderse a la raza, la memoria y todo lo demás. El antifeminismo no es un capítulo de esta guerra cultural. Es su guión base.

¿Y por qué el arte, precisamente? Aquí conviene invitar a nuestra fiesta a Carol Duncan, que hace treinta años escribió que los museos no son almacenes de cosas bonitas sino rituales: escenarios donde una sociedad actúa, con luz perfecta, lo que cree sobre sí misma. Quien controla el ritual controla el relato.

Y Pierre Bourdieu (quien era sociólogo pero entendía el mundo del arte mejor que muchos galeristas) lo habría dicho aún más seco: el campo del arte es una máquina que maquila capital simbólico, y el capital simbólico es la única moneda que los poderosos no pueden imprimir, así que tienen que confiscarla.

Porque esa es la revelación que ordena todo el rompecabezas: la batalla no es contra las obras, es contra la maquinaria que las legitima. A nadie le quita el sueño un óleo de monjas cachondas colgado en un estudio privado. Lo que quita el sueño es que una universidad nacional, un museo federal, una curadora con presupuesto público digan: esto es historia, esto es arte, esto merece sala y foco

Linda Nochlin preguntó en 1971 por qué no había habido grandes mujeres artistas, y su respuesta tardó cincuenta años en materializarse en los museos, cátedras, curadurías y programas educativos dirigidos por mujeres. El manual no ataca al arte por lo que muestra, lo ataca porque ahí, por primera vez, las narradoras consiguieron las llaves del edificio. Y las llaves, a diferencia de las opiniones, se pueden quitar.

Burning of three witches in Baden, Switzerland (1585), by Johann Jakob Wick

Silvia Federici documentó lo que pasó la última vez que el poder se coordinó internacionalmente para decidir qué podían decir y hacer las mujeres: lo llamamos caza de brujas, duró tres siglos y también empezó con manuales que circulaban entre países. Hoy nadie enciende hogueras; se apagan presupuestos. Es más limpio, no deja cenizas y, sobre todo, no deja culpables. Ahí está el mecanismo oculto: la dependencia económica convierte la autocensura en política de supervivencia institucional. El Smithsonian recibe del gobierno federal el 62% de su presupuesto. Con esa aritmética no hace falta ninguna orden de censura: cada museo se convierte en su propio censor, por puro instinto de supervivencia. Es el crimen perfecto porque no hay crimen. Solo hay partidas recortadas, votaciones pospuestas, simposios que se vuelven «privados» (pregúntenle a Margarita Cabrera, que se retiró de uno en el Smithsonian precisamente por eso) y exposiciones canceladas «por la crisis económica» tres semanas antes de inaugurar, como le pasó a la muestra de artistas LGBTQ+ del Caribe en el Art Museum of the Americas. Mi caso favorito del catálogo, porque involuntariamente parece una parodia: una colcha. Sí, ¡una colcha! rechazada de una muestra de quilts en Estados Unidos porque a los organizadores les pareció que representaba una parte vulgar de la anatomía íntima femenina. Media historia del arte occidental son  mujeres en cueros pintadas por señores, pero una mujer que la borda es demasiado escandaloso.

CRÉDITOS:TEXTILE ART INSIDER, Yvonne Iten-Scott, Origin

Paso 4: Deja que el museo se censure solo

Y ahora hablemos del MUAC, porque yo no barro debajo de la alfombra ni cuando la alfombra es de mi propia sala. Unos meses antes del caso Cháirez, en octubre de 2024, la casa doradoazul vivió otro episodio tenso: la exposición Tembló acá un delirio, de la artista argentina Ana Gallardo, armó un revolú que generó un debate público rudo cuando colectivas y trabajadoras sexuales relacionadas con la Casa Xochiquetzal cuestionaron la manera en que dos piezas representaban a una mujer mayor que vivió en ese albergue, y protestaron frente al museo. En la fachada grafittearon la consigna: «La violencia no es arte». Luego de una charla con la colectiva, el museo retiró las dos obras, ofreció una disculpa pública y anunció un foro de discusión.

No vengo a dictar sentencia sobre las obras ni sobre nadie, para eso ya hubo suficientes tribunales espontáneos en redes, y ese es el nivel de conversación que ahora no me interesa. Lo que me interesa es la pregunta que el caso dejó abierta, porque es una pregunta feminista de manual: ¿quién puede narrar la vida de quién, y con qué cuidados? Esa discusión es necesaria y llevará años. Pero hay algo que sí quiero distinguir con precisión: esto no fue el manual. Las mujeres de la banqueta no tenían jueces, ni decretos, ni presupuestos que recortar; tenían aerosol y una pregunta incómoda. Poner en la misma bolsa a una colectiva con pancartas y a una asociación de abogados con franquicia internacional es precisamente lo que el manual necesita para funcionar: que todo parezca «censura de todos los bandos» y nada parezca estrategia.

Foto: Andrea Murcia Monsivais, Cuartoscuro

Lo que sí conecta ambos episodios es algo más estructural, y menos personal: frente a presiones de orígenes y legitimidades muy distintas, la respuesta sistémica  institucional terminó pareciéndose demasiado: suspender, retirar, comunicar y dar vuelta a la página. Es comprensible: ningún museo quiere ser el chismesito del mes, y las instituciones culturales de este continente operan con presupuestos frágiles y públicos que se encienden más rápido que un cheeto.

Sara Ahmed diría que esta es una sistematización para erradicar a las aguafiestas (killjoy): tratar el conflicto como un problema de gestión y no como una oportunidad de pensar en voz alta. Los museos de todo el mundo aprendieron a gestionar conflictos como las aerolíneas gestionan el overbooking: disculpa estandarizada, vale de descuento simbólico, y que pase el siguiente. Y una institución (cualquiera, en cualquier país) que solo administra, ya hizo la mitad del trabajo del manual y gratis.

Instrucción final: niega que este manual existe

Así que la próxima vez que veas una «polémica de museo»: un amparo, un recorte, una cancelación discreta, un simposio que de pronto es privado; no veas una polémica. Ve los pasos del manual, cuestiónate lo siguiente: no preguntes qué se quitó, sino quién firmaba la nómina de quien lo quitó. Y sobre todo pregunta a quién borra el borrado, porque la respuesta es aburridamente consistente: mujeres que investigan, curadoras que incomodan, artistas queer, memorias indígenas y negras, niñas que no guardan silencio.

Walter Benjamin escribió que todo documento de cultura es a la vez un documento de barbarie; el manual del borrado feminista entendió la parte que Benjamin dejó sin escribir: quien controla los documentos decide qué barbarie se recuerda y cuál se olvida.

Lo que está en juego no es una exposición. Es quién tiene autoridad para decidir qué memorias son legítimas. Y la contradicción no es un error del sistema, es la forma en que funciona: acusan a los museos de hacer política mientras los intervienen políticamente.

Nadie prohibió nada, no hubo iconoclastia, solo dejaron de pagar para generar un Alzhéimer epistémico. Y cuando lo que deja de pagarse es la memoria de las mujeres, eso ya tiene un nombre… solo que preferimos no usarlo en los comunicados de prensa.

Crédito: Los marcos vacíos del Museo Isabella Stewart Gardner, Boston. Foto: FBI. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

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