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Maternidad y culpa

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Alejandra Moreno / @achearta81

(22 de abril, 2014).- “No te vayas”, “¿por qué no fuiste a mi festival?”, “tú nunca pasas por mí a la escuela”. Algunas frases comunes que dicen muchos hijos a su mamá que trabaja fuera del hogar. En México, el 71.6 por ciento de las trabajadoras son madres y muchas tienen que lidiar con la culpa de no saber cómo compaginar ese mundo público con la maternidad. Vivimos unos mandatos de género en los que la mujer perfecta debe ser una madre perfecta.

Los sentimientos encontrados en las mujeres que trabajan muchas veces pasan entre la frustración, angustia, impotencia, deseos de realizarte profesionalmente , deseos de obtener una remuneración económica que beneficie a tus seres queridos y el sentirte en la disyuntiva de tener que elegir entre el que se cree puede ser el bienestar de tus hijos hasta la cuestión económica. Algunas mujeres trabajan por necesidad, otras lo hacen porque disfrutan su trabajo, muchas por ambas razones.

En un país en que es nulo el apoyo del gobierno a las madres trabajadoras, un país que no ofrece guarderías suficientes, y menos seguras, dónde las escuelas de tiempo completo son casi inexistentes, criar uno o varios hijos resulta una tarea increíblemente complicada.

Sentarnos a esperar a que el Estado tome cartas en el asunto no es opción por que la nueva realidad económica y familiar ya está aquí.

¿Qué hacer con la culpa?

Dominica, mamá de una niña de 3 años, me cuenta sobre un día en que su hija le pedía desde la andadera que la cargara, ella estaba en una conferencia telefónica por trabajo y pidió a la bebe que esperara, cuando terminó su llamada su hijita estaba dormida. “Sólo la pude tomar en mis brazos y ponerme a llorar mientras le pedía perdón”, recuerda.

El lado positivo de una culpa bien manejada es que nos permite rectificar el camino si nos equivocamos y evaluar y priorizar nuestras responsabilidades. Aceptar que no somos perfectas ni tenemos que serlo y asumir la responsabilidad de nuestras decisiones. Decir “yo decido tener hijos, decido trabajar”, y como toda decisión habrá que lidiar con todo lo bueno y todo lo malo que ofrece.

En un sistema social en el que se exige a las mujeres ser perfectas te sientes culpable si trabajas por necesidad, te sientes culpable cuando trabajas no sólo por generar un ingreso, sino porque disfrutas tu trabajo, te sientes egoísta por tomar esa decisión. Si decides no trabajar te sientes culpable de no poder contribuir al gasto familiar. Sentimos culpa si nos casamos, si no nos casamos, si nos divorciamos, si no nos divorciamos, si tenemos hijos, si no tenemos hijos; y es que culturalmente nos han educado para sentir culpa.

Una culpa “sana” es la que me permite rectificar el camino si me equivoqué y reparar daños. Una culpa insana y poco útil sería porque no estoy cumpliendo las expectativas de lo que los demás esperan de mí, aunque esas expectativas ajenas no tengan que ver conmigo. Debemos de aceptar que no existen la familia perfecta ni las mujeres que pueden partirse en 500 pedazos y no sentir que fallan en alguna área. Familias de mamá y papá sienten algunas veces culpa, las de mamá y mamá sienten culpa. ¿Y las de mamá sola? Adivinaste, también llegan a sentir culpa.

¿Qué si podemos hacer?

Que las familias cambiaron es un hecho, hombres y mujeres podemos estar comprometidos en el ámbito familiar y profesional. El secreto está en ser responsables y buscar puntos de equilibrio.

Lo importante es el fondo, no la forma. El fondo siempre es la intención que yo tengo con respecto a mis decisiones y acciones. Lo importante no es si estoy divorciado, es si soy responsable o no con mis hijos; no es si trabajo medio tiempo o tiempo completo, es si saben que los amo; no es si trabajo en mi casa haciendo las labores domésticas, es si mis hijos me ven como una figura positiva.

Definir tiempos y prioridades. Ser responsables y buscar puntos de equilibrio es de donde tenemos que partir. Los niños quieren un espacio y que se les ponga atención, sólo eso, pero debemos de tener cuidado de no caer en darles todo lo que quieran porque nos llegamos a sentir culpables. Llenarlo de regalos y permitirle todo porque trabajo todo el día es un común error que finalmente nos pasa la factura. Mejor poner atención a cuál es mi actitud cuando sí estoy.

Los pequeños detalles hacen gran diferencia. Tal vez cuando llego ya se durmió, pero puedo dejar la tarea revisada y una notita de “¡Buen trabajo!” o “¡Estoy orgullosa!” antes de dormirme. También es importante no pasar facturas que no les corresponden a los hijos: “Trabajo por ti todo el día”, “No trabajo por cuidarte, por tu culpa no soy exitosa”.

Entender y aceptar que la normalidad no existe, ni las familias perfectas, cada familia es única y especial en su situación particular. En las nuevas familias ya no hay roles exclusivos. No podemos compararnos con las generaciones pasadas que ejercían su maternidad en otro contexto. No tenemos que ser forzosamente como fueron nuestras madres.

Responsabilidad para vivir una nueva maternidad, que incluya tiempo para esos hijos que hoy están pero que en algún momento se irán, una maternidad que incluya también un tiempo para nosotras mismas. Porque mujeres satisfechas por quedarse en su casa o mujeres satisfechas por salir a trabajar crían hijos satisfechos.

Es momento de exigir a nuestros gobernantes la creación de nuevas instituciones que den soporte a las madres en general, quienes están criando a las próximas generaciones; es tiempo de que como sociedad formemos y aceptemos nuevas dinámicas, nuevas identidades. Es tiempo de aceptar que las mujeres somos seres que podemos hacer ambas cosas, y los hombres también. Tiempo de crear redes de apoyo, de unirnos, tiempo de que las mujeres apoyen a otras mujeres.

Somos las mujeres las que podemos accionar un cambio en nosotras mismas y en nuestras propias vidas.

Foto: The Next Family

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