Por Guillermo Bello
(12 de febrero, 2014).- Las hileras de adultos mayores que empacan las compras en los supermercados son una señal de lo que podría pasar en unas cuantas décadas con buena parte de la actual generación. Sólo en un país como México es posible encontrar a los adultos mayores empacando las compras en los supermercados en las precarias condiciones que conocemos. En la mayoría de los países anglosajones y en Europa en general, el esquema es otro (en Francia, por ejemplo, los ancianos son los que cobran y los jóvenes empacan).
En varios de esos países, como los escandinavos, incluso uno debe empacar sus propias compras. Es decir, ni siquiera existe este “oficio” sintomático de los hondos resabios de la cultura mexicana de la servidumbre, y si lo hay tienen un sueldo mínimo y seguridad social. Y es que ese el punto precisamente, la miseria de nuestro sistema de seguridad social.
La gran mayoría de los adultos mayores que trabajan como empacadores en los supermercados de México son de escasos recursos. Quizá para muchos de ellos las propinas que reciben por embolsar las compras de los clientes sean los únicos ingresos en su familia;[3] probablemente algunos de ellos, debido a su carencia educativa, fueron toda su vida vendedores ambulantes, boleadores de zapatos, amas de casa, taqueros, organilleros, jornaleros agrícolas o desempeñaron cualquier otra actividad que no les haya brindado las prestaciones indispensables para generar una pensión de retiro.
Lo grave de la cuestión es que incluso teniendo una pensión mensual el panorama no mejora demasiado. En el Distrito Federal, por ejemplo, sucede que el monto mensual que recibe buena parte de los ancianos que están pensionados es ridículo: ¿qué haría el lector si tuviera más de sesenta años en su haber y recibiera mil 822 pesos mensuales de “pensión”, como lo declara el 40% de una encuesta en esta gran ciudad?[4]
El tratamiento que una sociedad le otorga asus adultos mayores es un reflejo bastante esclarecedor de la misma. Dado que en México no les se ha garantizado un buen sistema de retiro, podría asegurarse, al menos, que las personas que entran la vejez tuvieran acceso a un trabajo digno, no informal, remunerado, con un sistema de seguridad social digno[6].Sin embargo, esto no es así.
De acuerdo con un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la población mundial experimenta un acelerado proceso de envejecimiento. Mientras que a mediados del siglo XX la cifra de mayores de 59 años rondaba en torno al 6%, se calcula que hacia 2050 los adultos mayores representarán el 22.5% de la población en todo el mundo.[7]
El tema es que mientras los países más desarrollados ya se encuentran ahí, América Latina recién va en esa dirección, su población es todavía joven, pero debido al actual estilo de vida, ese porcentaje de envejecimiento, que a los países desarrollados les tomó siglos alcanzar, nuestra región lo obtendrá en tan sólo treinta años. Es decir, en tres décadas todos seremos viejos y, al parecer, pobres.
El problema más grave es que la mayoría de nosotros enfrentaremos la vejez en la precariedad.[8] Lo que representa un severo desafío para sociedades como las de América Latina.[9] Ante esta situación vale la pena preguntarse, ¿cómo se le está haciendo frente al problema?
[1] Para quienes no lo conozcan, es un libro altamente recomendable, Carlos Monsiváis, Los rituales del caos, Era, México, 1995.
[2] En el Distrito Federal existe un millón doscientos mil personas con más de 60 años y alrededor de medio millón de adultos mayores con más de 68 años. De los segundos, sólo el 38% señala recibir alguna pensión (IMSS, ISSTE), en casi en su totalidad (99%) cuentan con la pensión alimenticia del gobierno local (por el que los mayores de 68 años obtienen cerca de $900 mensuales) y al menos 75 mil dicen tener “empleo”; cifras del Instituto para la Atención del Adulto Mayor, en Fabiola Cancino, “Trabaja 15% de adultos mayores de 68 años”, El Universal, Sección Metrópoli, Viernes 12 de agosto de 2012, http://www.eluniversal.com.mx/ciudad/107485.html
[3] En la única encuesta que existe en este sentido, realizada en Mérida, Yucatán, por el Centro de Supervisión Permanente a Organismos Públicos, entre los motivos que indicaron los empacadores que son adultos mayores por los cuales trabajan se encontró que el 48% lo hace para contribuir con el gasto familiar y el 28% porque es el único ingreso con el que cuenta. “Supermercados abusadores de adultos mayores revela investigación de la Codhey en Yucatán”, viernes 28 de septiembre de 2012 enhttp://infolliteras.com/noticia.php?id=8820
[4] Los datos son: 40% de $1-822; 37% de $1,645-4932; 12% de $823-1644; 7% de $6, 577 a 8,220; 2% de $8,221-14,796; sólo 2% recibe $14,797 o más; en “Encuesta de Evaluación del Impacto Social de la Pensión Alimentaria para los Adultos Mayores de 68 años residentes del Distrito Federal 2011-2012”
http://www.adultomayor.df.gob.mx/encuestas/index.php
[5] En la encuesta de Mérida, los empacadores se quejaban de que algunas de sus obligaciones eran “excesivas” para su condición, como recolectar los carritos en los estacionamientos, la limpieza de los mismos o incluso el pago de entre $10 y $12 diarios, por empacador, para que otra persona (como los franeleros) lo hicieran en su lugar, ya que de manera obligatoria cada empacador le correspondía acarrear 25 carritos (mientras que el promedio de propinas recibidas es de $74 pesos por día, a lo que habría que descontar los pasajes). Los empacadores veteranos denunciaron que no hay reciprocidad con los supermercados, ya que mientras ellos deben cubrir los requisitos que se les pide (contar con seguridad social, estar registrados en el INAPAM, cumplir con los horarios y acudir uniformado); las empresas desconocen la relación laboral, por lo que no gozan de sueldo ni de ningún tipo de derechos. Y es por esta situación de vulnerabilidad en la que se encuentran, además de las constantes amenazas de “despido” y suspensión, que a pesar de que son voluntarios, no reportan las irregularidades e inconformidades que sufren ante el gobierno.
[6] La encuesta aplicada a un porcentaje de quienes reciben la tarjeta de pensión alimenticia en el DF revela que a un 36% “SÍ” le gustaría trabajar; mientras que un abrumador 61% de los entrevistados optó por el “NO”.
[7] Otro dato importante es que mientras en 1950 la población de 80 años y más representaba el 0.4% de la población de la región, en 2050 se estima que superará el 4%. Jorge A. Paz, “Envejecimiento y empleo en América Latina y el Caribe”, Sector del Trabajo. Documento de Trabajo sobre Empleo, no. 56, Organización Internacional del Trabajo, Ginebra, 2010.
[8] Hacia 1950 menos del 6% de la población tenía 60 años o más, mientras que se estima que hacia 2050 casi el 25% estará comprendido en ese grupo de edades. En términos absolutos, pasaremos de 9 millones en 1950, a 187 millones en 2050. Datos de UNPD (2007) citados en íbid.
[9] Dentro de América Latina, México es clasificado como “envejecimiento intermedio”.

