Raúl Linares / @jraullinares3_0
(7 de junio del 2014).- El septuagésimo aniversario del desembarco en Normandia que dio fin a la Segunda Guerra Mundial, celebrado la tarde de ayer en Francia, estuvo marcado por un detalle en particular. En la localidad francesa de Benouville, la reina Isabel II de Inglaterra y el presidente francés Francois Hollande, sirvieron inesperadamente de cortina humana, para evitar contacto físico público entre dos gobernantes: Vladimir Putin y Barack Obama.
Mientras en todo momento Putin mostró una actitud holgada, prácticamente indiferente, conversadora con los presidentes y diplomáticos ahí reunidos, Obama trató de evitar todo contacto con él, en ocasiones hasta evitó mirarle para no dar pie a las especulaciones. La “sana distancia” tuvo, más allá de las simpatías o antipatías personales, una clara intención política.
Ya durante el almuerzo, el presidente estadounidense le dijo a su homólogo ruso que debe apaciguar la situación en Ucrania o enfrentarse a un mayor aislamiento internacional, según informó un responsable estadounidense. “El presidente Obama subrayó que la exitosa elección presidencial ucraniana es una oportunidad que debería ser aprovechada”, dijo Ben Rhodes, un viceconsejero de Seguridad Nacional.
Obama dejó claro a Putin, añadió el consejero, que “el apaciguamiento depende de que Rusia reconozca al presidente electo Petro Poroshenko como el líder legítimo de Ucrania, y cese el apoyo a los separatistas en el este de ese país y el suministro de armas”. Tanto Obama como Putin, según la prensa internacional, coincidieron en ponerle fin al conflicto sólo por la vía diplomática.
La pelea por el enano
Desde hace poco más de medio año, cuando inició la rebelión en Ucrania, Rusia aprovechó la ocasión para promover la independencia de Crimea; un viejo territorio de población con fuertes inclinaciones eslavas, melancólica de los viejos tiempos soviéticos y dependiente cultural y económicamente de ese país. Sin embargo, el conflicto que podría ser ajeno a occidente, pronto se hizo una clara afrenta de la seguridad, tanto energética y militar de Europa y Estados Unidos.
¿Por qué?
El conflicto que data desde hace algunas décadas cuando Rusia, en un estira y afloja político, mostró intenciones de imponer su soberanía sobre los gaseoductos y oleoductos que atraviesan por territorio ucraniano para alimentar la industria europea; en esa indefinición hizo caer también a los sectores prorusos y nacionalistas de la vieja ex república soviética, que mostraron opiniones divididas sobre el lado del hemisferio al que quería pertenecer.
Dichas contradicciones se hicieron manifiestas el 18 de mayo y el 1 de diciembre pasado, cuando el destituido presidente Víktor Yanukóvich, coqueteo su subordinación hacia el gigante eslavo (culpando a las presiones del Fondo Monetario Internacional). La reacción por el viraje hacia el Kremlim, pronto desataría reacciones: decenas de miles de opositores tomaron la plaza de la Independencia y exigieron la dimisión.
La del 1 de diciembre fue la protesta más multitudinaria desde la Revolución Naranja de 2004:
‒Ucrania es Europa –fue la consigna.
Ya para el febrero, Obama en múltiples ocasiones mostró sus simpatías con el “pueblo ucraniano”. En una visita realizada a nuestro país el 19 de ese mes, en plena confrontación de la policía de Kiev contra los manifestantes, subordinó la reunión bilateral de México, Canadá y EE.UU, a la agenda internacional. La sangre comenzaría a aparecer en cuestión de horas y con ella, la presión por parte de laOrganización del Tratado del Atlántico Norte hacia Yanukóvich.
Por respuesta, mientras la policía quebraba los huesos de los rebeldes, anunció una operación antiterrorista en todo el territorio nacional para frenar los desórdenes violentos. Se decretó el cese del jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas ucranianas. El general Vladímir Zaman, que se había negado a movilizar a las tropas para poner fin a los desórdenes.
De esa jornada existen una fotografía que le dio la vuelta al mundo: el funeral público de 35 personas asesinadas por la policía. Tres días después el congreso destituyó a Yanukóvich.
En tanto, el país optó por alinearse a occidente ante los riesgos de intervención militar. Sin embargo, en cuestión de semanas, surgieron milicias armadas que pugnaron la alternativa prorusa o la anexión de Crimea a éste. Para marzo Putin obtuvo del Parlamento el permiso para intervenir militarmente en Ucrania, sus tropas siguieron desplegándose y controlando instalaciones militares y estratégicas en la península.
Como diría Karl Von Clausewitz, la guerra se extendió por la vía política, o en este caso, la insurrección blanca cuya sombra es acosada por los dos gobiernos. 16 días después de la deflagraciones civiles y militares, Crimea obtuvo su independencia que le durará cuestión de horas, inmediatamente se anexiona al Kremlin.
Crimen, conflicto energético de por medio
Como amago, el 9 de abril Putin exigió al gobierno Ucrania el pago por adelantado del gas ruso para seguir suministrándolo, debido a la abultada deuda del país vecino, que supera los 2.000 millones de dólares (1.450 millones de euros). Es decir, más allá del presunto interés por salvaguardar a la población de habla rusa, o bien, en su contraparte, el interés del gobierno ucraniano por mantener su soberanía, lo que se puso en disputa fue el ensayo de una guerra fría in vitro.
Como lo informó la agencia de noticias AFP, al perder dicho territorio, Ucrania perdió el control de sus yacimientos de gas en el Mar Negro, de los que podría apropiarse el gigante ruso Gazprom. La declaración de independencia votada por el parlamento de la península separatista con vistas a su incorporación a Rusia, también afectó a la “meseta continental y la zona económica exclusiva en mar”.
La pérdida es más dolorosa en el ámbito simbólico para Kiev, que en los últimos años multiplicó las iniciativas para reducir su dependencia a las importaciones de gas ruso.
Se han puesto en marcha importantes medios para modernizar la empresa ucraniana Tchornomornaftogaz, que aspira a doblar su producción de aquí a 2015 y tiene prevista la construcción de gasoductos en dirección al sur de ese país para contrarrestar el daño.
El otro proyecto de las autoridades ucranianas en el Mar Negro, anunciado el pasado mes de septiembre al margen de la Asamblea General de la ONU, acaba de sufrir un revés con la retirada del angloholandés Shell. El otro principal inversor de este yacimiento cercano a Rumania, el estadounidense ExxonMobil, suspendió sus conversaciones a la espera de un regreso a la normalidad.
Sin duda esa batalla estaba pérdida; es el capricho de occidente y el país que encabezó la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas quien decide sobre él.
¿Acercamiento?
En el marco de la celebración del setenta aniversario del desembarco en Normandía, sirvió también para que, por primera vez, el ahora presidente de ucraniano, Petro Poroshenko y el mismo Putin, conversaran por la salida pacífica del conflicto. Ambos, de acuerdo a notas publicadas por AFP y AP, coincidieron la necesidad de detener un “baño de sangre”, era necesario instrumentar mecanismos políticos de negociación entre los frentes que pelean al interior de Ucrania.
Dmitri Pskov, vocero de Putin, manifestó “que no existe alternativa para resolver la situación que la vía pacífica” y de buen ánimo, confirmó que en los “próximos días se hablará de las modalidades de un alto al fuego (entre Kiev y los separatistas rusos)”. La administración Poroshenko, doblado de manos, ha entendido que el conflicto excede a su propia soberanía. El conflicto reaviva, quizás como un simulacro, una pequeña fría entre occidente y Rusia.
La fotografía de Benouville reafirma esa hipótesis.




