Por Octavio Mártinez /@Octilius
En 1770, en la antesala de la guerra de independencia de las entonces 13 Colonias, acaeció en Boston un enfrentamiento entre civiles y soldados de la Gran Bretaña, hecho que sería después conocido como la Masacre de Boston. En muy resumidas cuentas, sucedió que una querella entre un civil y un soldado, terminó convirtiéndose en un motín que desembocó en un tiroteo desordenado de un grupo de soldados provocando heridas en seis personas y la muerte de otras cinco.
El ánimo anti-británico fomentado por los impopulares impuestos al té, así como las torpes diligencias del gobernador Hutchinson, dejaron a los soldados, que habían abierto fuego contra los civiles y que protagonizaban el motín, en la puerta de un linchamiento público. Ocho soldados, incluido el Capitán Thomas Preston, fueron arrestados y procesados. El derrotero del juicio parecía que llevaría inexorablemente a la muerte a Preston y sus subordinados sin la oportunidad de una investigación objetiva, una defensa adecuada ni un juicio imparcial. Se avecinaba un juicio sumario sin el menor rastro del Debido Proceso.
Una de las mayores dificultades para los soldados era que ningún abogado parecía mínimamente interesado en representarlos ante la corte. La dificultad se subsanó cuando John Adams –uno de los futuros padres fundadores de los Estados Unidos y segundo presidente de los mismos- aceptó defenderlos en el juicio, a pesar de que representaba un riesgo enorme para su reputación y su carrera. Convencido de que cualquier persona tiene derecho a una defensa adecuada y un debido proceso, no sólo defendió a los soldados sino que probó la inocencia de seis de ellos y logró la reducción de la pena de otros dos. De paso, Adams dejó un importantísimo señalamiento para la construcción de las republicas modernas: la necesidad de garantizar la justicia imparcial para todos los ciudadanos.
Una de las cuestiones más relevantes en este suceso fue el papel de la prensa y los panfletos en el desarrollo del juicio, pues hasta antes de que Adams tomara la defensa de los soldados británicos, parecía que las impresiones vertidas en los periódicos e ilustraciones serían las que decidirían el juicio. Como ya mencionamos, en las 13 Colonias (muy particularmente en Boston) se respiraba un creciente ánimo anti-británico que fue usado por ilustradores, periodistas y políticos para encausar una campaña mediática dedicada a alimentar el descontento popular a través de imágenes y artículos que presentaban a los soldados como culpables de las muertes de civiles en Boston. Esto es, sin que se hubiera realizado un juicio, los medios de comunicación masivos de la época culpabilizaron a ocho personas y exigían la pena de muerte para las mismas. Los medios pretendían convertir a los jueces en los ejecutores de una sentencia que ellos ya habían dictado. Si la táctica hubiera resultado, habría sentado un funesto precedente de injusticia para iniciar la lucha de independencia de Estados Unidos y para la protección de derechos en general.
Por supuesto, este juicio y el juego de pasiones humanas no son un incidente aislado en la historia de la humanidad. Esta ansiedad y deseo de un linchamiento público también se vivió en Francia con el famoso Affaire Dreyfuss en el ocaso del s.XX. En Estados Unidos se ha vuelto a observar con el juicio de O.J. Simpson y sucede con regularidad en la prensa mexicana. Un caso reciente que ha levantado mucho morbo y que vale la pena tomar como ejemplo es el del entrenador de fútbol Ricardo Antonio La Volpe.
El día primero de mayo, los aficionados al deporte nos encontramos con la noticia de que el afamado técnico argentino era removido de su cargo como Director Técnico del Club Deportivo Guadalajara por una acusación en su contra por “acoso sexual”. La propia conferencia de prensa ofrecida por el dueño del Club, en la que explicaba las razones por las cuales despedían a La Volpe, representaba ya una afrenta a la presunción de inocencia y el debido proceso. Jorge Vergara exponía que el técnico era “separado de la institución de chivas por conducta inapropiada con una staff femenina (sic.)” . El proceso judicial ni siquiera había empezado y Vergara ya había declarado culpable al ex-portero del Atlante. No se necesitó mucho más para que viniera una desbandada de artículos “periodísticos” donde se linchaba a La Volpe. La actitud generalizada de los medios fue de condena, descalificación y sentencia adelantada.
Entre las notas paradigmáticas está la de Carlos Alazraki publicada en el periódico La Razón donde el autor condena a La Volpe sin ningún miramiento: “Sí te la quisiste tirar, Sí fuiste a la podóloga en pelotas cubierto por una toalla, Sí hay cuatro testigos que vieron lo que pretendiste” . En el mismo tenor, está la nota que publicó La Redacción de la revista Proceso que en su segunda línea dice: “La Volpe sí abusó de la podóloga del club” .
No es la intención de este artículo defender a La Volpe, ni demostrar su inocencia, esa es labor de sus abogados. Se trata de apuntar el descuidado e irresponsable manejo que tienen los medios de los procesos judiciales, situación preocupante pues fomenta la desarticulación de una cultura de derechos, a la vez que aplaude argumentaciones inconsistentes y prácticas autoritarias. Los “juicios paralelos” promovidos por los medios de comunicación, violenta la independencia del juez, el principio de presunción de inocencia y la dignidad de las personas involucradas en un proceso.
El desconocimiento y desprecio que muestran los medios de comunicación por la presunción de inocencia, es el síntoma de un desapego generalizado por la cultura jurídica y la protección de los derechos. El mensaje de Adams fue claro en el s.XVIII y lo sigue siendo hoy: negarle a alguien el derecho a un juicio imparcial por cualquier razón, equivale a negarnos de antemano la justicia a nosotros mismos. El derecho que hoy se le viole a un conciudadano, se nos violará a nosotros el día de mañana.


