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Padres alfa

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Ivonne Acuña Murillo / Colaboradora

(16 de junio, 2014).- Como la maternidad, la paternidad es un fenómeno histórico que cambia con el tiempo y que transcurre entre el “ser” y el “deber ser”, entre la brutalidad más inhumana y el amor más profundo.

Con frecuencia aparecen noticias en los Medios en las que se denuncia el proceder de un “padre” que ha desconocido, abandonado, golpeado, torturado, vendido, violado y/o asesinado a sus propios hijos e hijas, pero no es de ellos que trata esta colaboración, ésta va dirigida a los que se podría llamar “padres alfa”.

Con el paso del tiempo, los padres en México han dejado de ser sólo proveedores para convertirse en “padres alfa”, aquellos que no se sienten humillados o avergonzados por cambiar pañales, preparar y dar biberones, bañar a su hijos e hijas, alimentarlos, curarlos, llevarlos y recogerlos de la guardería o la escuela, según la edad. Cada vez es más frecuente verlos por la calle con sus pequeños o pequeñas en brazos, con la pañalera al hombro y el biberón en mano como si empuñaran una espada o de la mano de una pequeña niña de ojos asombrados que ve a su padre como el héroe de su película favorita, o de un pequeño varón que de grande quiere ser como su padre.

Con seguridad muchas de las personas que esto leen han visto a quien fue niño de la calle, y sigue viviendo en ella, vender cualquier cosa en el metro seguido de un pequeño niño o niña, quien también se entrena en la aciaga profesión de “vagonero”, han visto también al profesionista de traje y corbata que baja del transporte público o de su propio coche para correr a las puertas del lugar donde dejara a una niña peinada con moñitos o a un niño con suéter de ositos.

Se está volviendo cotidiano también que los hombres muestren a sus amigos o colegas las fotos que llevan en su cartera o publican en Facebook, en las que muestran los avances hechos por sus vástagos a lo largo de los años, o que intercambien recetas, remedios y experiencias para resolver los pequeños inconvenientes que acompañan los primeros años de la niñez, incluida la mejor marca de pañales y la frecuencia con que hay que cambiarlos para evitar rozaduras; que lleguen al trabajo desvelados después de cuidar los malestares nocturnos de su recién nacido o nacida o que llamen a casa para saber cómo siguió.

Poco a poco se va superando la idea de que un padre debe ser siempre fuerte, rudo, inconmovible, un muro habilitado para sostener a toda la familia, para dar paso a la imagen de un padre tierno, amoroso, besucón que se atreve a faltar al trabajo para asistir a la escuela de sus retoños y verlas o verlos deletrear una serie de palabras, hacer una clase pública, bailar, cantar o declamar; que es capaz de sufrir y llorar con sus hijas e hijos cuando se pelean con el novio o la novia; que padecen insomnio los días de fiesta en los que por primera, segunda, tercera, cuarta…. vez su “niña” o “niño” están fuera de casa; que se sienten tristes cuando se van definitivamente para hacer su propia vida y se enfrentan a la sensación del “nido vacío”; y que se derrumban cuando pierden a aquellas hijas o hijos que se van de este mundo antes que ellos.

Se transforma también la imagen adusta del padre serio y “jetón” por la del padre alegre, sonriente, dulce, positivo que festeja todas las “gracias” de sus hijos e hijas, que las y los acompaña a muchas de sus primera experiencias, que las y los motiva a lograr cosas, a ganar la justa deportiva, a cocinar como la abuela o el abuelo, a ser mejores en la escuela, a enfrentar la vida con valor.

Un “padre alfa” no privilegia las necesidades de un hijo por ser varón, no discrimina a sus hijas ni las obliga a servir a sus hermanos, no le da más a ellos que a ellas, sino que las y los educa como iguales, les da las mismas oportunidades y les motiva a tener los mismos logros, les defiende por igual, les muestra el mismo mundo y les dibuja un futuro igual en derechos, aunque sea realista y sepa que probablemente enfrenten retos distintos en función no de sí mismos sino de un mundo que sí discrimina y excluye en función del sexo, la edad, la etnia, la religión, el nivel educativo o socioeconómico.

Un “padre alfa”, comete errores y se equivoca como cualquiera, pero no trata a sus hijas e hijos como si fueran de su propiedad ni ejerce sobre ellos un poder arbitrario, producto de una tradición que reconocía a las mujeres y sus hijos e hijas como posesión del pater familias.

Un “padre alfa”, besa y abraza a sus hijos igual que a sus hijas sin temor a ser tachado de “marica” o de ser acusado de estar, con sus muestras de cariño, criando a un hijo “maricón”.

Un “padre alfa”, enseña a sus hijos varones a ser tiernos y generosos con los que son o serán sus nietos y nietas.

Un “padre alfa” comparte con su compañera la felicidad de haber nacido juntos a sus hijos e hijas y toda la labor que implica la crianza de unos nuevos seres.

Son éstos los “padres alfa” que con su ejemplo enseñan a sus hijos varones a ser buenos padres y a hacer de éste un mundo más amable y justo.

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