(23 de julio, 2014).- Es un hecho que no habrá marcha atrás del grupo en el poder en el proceso de total desmantelamiento de la economía nacional. La pregunta que surge ante una realidad tan terrible es cómo enfrentar en los meses y años venideros un proceso de neocolonización que nos colocará en un sitio muy desventajoso frente al mundo. Es insostenible que la privatización de nuestras dos principales fuentes de ingresos, Pemex y la Comisión Federal de Electricidad (CFE), nos vaya a volver más competitivos y los mexicanos habremos de mejorar nuestro nivel de vida. ¿Por qué ha sucedido todo lo contrario en tres décadas que lleva el proceso de liquidación de la rectoría del Estado en la economía?
Esta es la pregunta que los tecnócratas no quieren responder, porque no tienen argumentos para desmentir lo que demuestran los hechos. Uno de sus más conocidos publicistas, el fascista Luis Pazos, afirma en los medios electrónicos, donde puede mentir sin que nadie lo rebata, que los países que antes tenían altas tasas de crecimiento y ahora presentan serios problemas económicos, como Argentina y Venezuela, sufrieron este cambio negativo por el populismo peronista, en el primer caso, y por el “socialismo” de Chávez en el segundo. En ambos casos se equivoca: fueron los gobiernos corruptos de Carlos Menem y de Carlos Andrés Pérez, los principales causantes de las crisis que sufrieron las dos naciones.
Dice que China tiene las más altas tasas de crecimiento del mundo porque dejó a un lado el dogmatismo de Mao Zedong y se abrió la puerta a la inversión privada en los principales sectores económicos. Sólo que no menciona un factor primordial en el éxito del gigante asiático: el Estado mantiene una firme rectoría sobre la economía estatal, sin dar margen a que inversionistas privados quieran lucrar con los bienes de la nación. Hace poco más de un mes, el hombre más rico de China fue condenado a muerte, junto con su hermano, por prácticas corruptas en algunos de sus negocios de bienes raíces. Petrochina es propiedad estatal, así como las plantas de generación eléctrica. Toda la banca es de fomento y está obligada a otorgar créditos blandos a empresas viables.
Con sus reformas privatizadoras y entreguistas, el régimen que encabeza formalmente Enrique Peña Nieto nos regresó de golpe al siglo diecinueve, del cual será muy difícil que salgamos, a menos que la sociedad organizada forme una especie de firme muro de contención a la avalancha que caerá sobre México cuando empiecen a llegar las empresas extranjeras a depredar, sin ninguna consideración, todas las riquezas que encuentren a su paso, sin respetar vidas humanas, mucho menos las supuestas leyes que se acaban de aprobar dizque para garantizar que las grandes firmas trasnacionales se sobrepasen en sus atribuciones.
En su descomunal alejamiento de los intereses patrios, David Penchyna, quien más se ha destacado como ferviente antipatriota, afirma con toda desfachatez que “vienen muy buenas épocas para México, gracias a la reforma energética”. Sin ruborizarse dice que “las próximas generaciones hablarán con orgullo de quienes aprobaron la reforma, como ahora se recuerda a Lázaro Cárdenas”. Mayor cinismo es imposible, o más desprecio a los ciudadanos tampoco. Otro notable enemigo de los mexicanos, Emilio Gamboa Patrón, afirmó que las empresas trasnacionales “no se llevarán la renta petrolera ni despojarán de sus tierras a ejidatarios y comuneros”. Seguramente quiere hacernos creer que le van a pedir permiso.
Los tecnócratas reaccionarios, émulos de Antonio López de Santa Anna, le van a entregar buenas cuentas a sus patrocinadores y jefes en la Casa Blanca en Washington y en la Bolsa de Valores de Nueva York. Pero con ello sellaron su paso nefando por la historia contemporánea de México. Sí serán recordados, por supuesto, pero como la peor clase política en el poder en toda la Historia patria. Tuvieron todo para crear un país democrático y progresista, incluso apoyo mayoritario en las elecciones del año 2000, pero les ganó su amor al dinero, al poder, a la corrupción, con los resultados que estamos sufriendo como nación sin futuro. Luego serán los primeros en asustarse por el monstruo que crearon, que surgirá en un mar de violencia y de inenarrable descomposición social. La crisis actual no es nada comparada con la que ya se asoma.

