Por: Valentina Pérez
Tw: @vpbotero3_0
De la fiesta a su casa hace 10 minutos caminando, ese día tardó más de 10 horas en llegar.
Eran las 4:30 de la mañana cuando salió. Estaba solo y él pensaba que a salvo. La presencia constante de policías en el centro histórico de la ciudad de México lo hacían sentir seguro, pero el destino, cinco minutos más tarde, lo haría cambiar de opinión.
A la mitad del trayecto una patrulla de la policía capitalina le ordenó subirse al carro ¿Por qué? ¡Súbete cabrón!, la pregunta fue contestada con un imperativo y Jonathan tuvo que entrar.
Repitió la pregunta: ¿Por qué? Por andar puteando. Jonathan pidió salir, hizo un escándalo, gritó: “¡Es discriminación!”. Nadie tiene derecho de privar de la libertad a nadie por su orientación sexual.
Insistió: “¡Bájenme!”. Puedes irte si nos das un par de mamaditas. Los policías le pidieron a Jonathan un soborno de sexo oral. Se negó y tardaron más de una hora en llegar al Juez Cívico 4, donde lo detendrían el resto del día sin la posibilidad llamar y bajo ningún cargo.
¡Me tienen secuestrado!, siguió gritando Jonathan desde el separo. Cuatro policías se acercaron y lo esposaron. Jonathan volvió a alzar la voz. Una señora pasó ¡Callen a ese cabrón! Los policías le pegaron, tiraron al piso y patearon. De las nueve personas que estaban en el lugar, ninguna intervino para que no lo golpearan.
Tiempo después –lo llevaron a un centro médico a una hora de distancia del centro-, los policías le dijeron que ya se podía ir. ¡Firme aquí de recibido! En la bolsa de sus pertenencias faltaba su iPhone, sus agujetas y el dinero de su cartera.
Casi 20 días después de lo sucedido, las múltiples contusiones y raspones de Jonathan aún no sanan y tampoco hay ningún procesado ni culpable por su caso de discriminación y abuso de autoridad. Las comisiones de derechos humanos tanto del Distrito Federal mexicano como el nacional, rebotan su caso. Jonathan Zamora ahora se pregunta ¿Habrá justicia?



