Qué bonito es ver que el país se cae y sólo decir “el país se cae”

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Por: Juan Carlos Franco

En menos de un mes, han sucedido cientos de cosas en un solo país, el nuestro, cuya posibilidad de suceder en una democracia son prácticamente nulas. El cinismo con el que ocurren, además, nos habla de un desinterés que raya peligrosamente con la dictadura.

Y esto no es una exageración. Muchos de los hechos ocurridos a nivel político en las últimas semanas son de un desprecio tal por los ciudadanos, el interés social y la justicia que no puede hablarse más que de una política cuasi dictatorial: la instauración de un ministro en la Suprema Corte cuyos lazos con el presidente son claros, la escalada en la violencia relacionada con el crimen organizado y con el Estado, la censura e intimidación a periodistas, la imposición de los intereses corporativos o políticos sobre los ciudadanos en una ley tan escandalosa como ilógica como la Ley de Aguas, la creciente denuncia nacional e internacional sobre tortura política en el país y la invisibilización de crímenes y la merma constante de lo que significan en el país los derechos humanos son sólo algunas (en verdad, sólo unas pocas) de las terribles acciones que no encuentran una represalia ni en el sistema judicial ni en la participación política.

Y es esto es lo más (por decir algo) inquietante: el desinterés de la mayor parte de la gente. Miramos el país derrumbarse entre corrupción, violencia, cinismo y ausencia total de justicia y sólo comentamos lo mal que están las cosas o compartimos una noticia especialmente vergonzosa y apuntamos lo cerca que está la realidad de una comedia absurda o de un periódico satírico. No es suficiente. No sobra repetirlo: no es suficiente, pero podemos hacer más.

Hay que discutir. En internet o en persona. En público o en privado. En la universidad o en el metro. En el lapso de un mes, se me acercaron cuatro personas (cuatro adultos o ancianos, incluso parejas) para decirme a mí a las personas con las que discutía que qué interesante lo que decíamos y, sobre todo, qué esperanzador que dos o tres jóvenes hablen con tal franqueza y con tal capacidad de análisis sobre el pasado y sobre el futuro inmediato. Es bonito que alguien te diga eso (y más en medio de una situación así), pero no es más que una exageración: esa franqueza y esa capacidad de análisis la tenemos muchos, jóvenes y no, en muchos lugares y estratos sociales, en la secundaria y en la tortillería, en la familia y en el trabajo, en las asambleas y en la calle, incluso en la iglesia, la cama y otros lugares que hasta ahora eran considerados apolíticos. No podemos alejarnos del tema: la situación política del país ya es parte de nosotros, de nuestras vidas. Depende sólo de nosotros que lo sea críticamente.

Hay que visibilizar. Que los escritores escriban, que los actores actúen, que los artistas visuales muestren, que los bailarines dancen. Pero nosotros, desde nuestra trinchera, por más sencilla que sea, también podemos hacerlo. La forma más inmediata de hacerlo es fotografiar y registrar en video toda injusticia perpetrada. Ha servido para destapar a políticos corruptos, tanto como para demostrar de la forma más descarnada la manera arbitraria y violenta en que el gobierno “levanta” (y no perdamos de vista que es el mismo término que usamos para designar eso que hace el crimen organizado) a los que protestan contra él (como en el caso de Sandino Bucio, aunque la visibilización, ahora de los medios, mostró que su forma de protesta no era siempre pacífica). Ha servido, sobre todo, para informar a nivel nacional y hacer eco a nivel internacional de lo que sucede en el país. Esto pone en terrible crisis al gobierno nacional, más que la sola acción de salir a las calles a protestar. Tenemos que seguir haciendo visible lo que sucede en nuestro país, cada quien desde su trinchera: compartiendo artículos o escribiéndolos, metaforizando la situación en la labor artística, desafiando todo el tiempo a eso que deciden revelar los grandes medios de comunicación, usando la fama o alcance mediático que tengo como canal para llegar a miles de personas. Y mostrando, siempre mostrando la injusticia.

Hay que actuar. Individual y colectivamente. Una firma en change.org no basta: puede servir (como sirvió por primera vez en México, aunque para censurar y coartar una libertad importantísima, con la exposición de Hermann Nitsch), pero la mayor parte de las veces sólo representa un número más o menos confiable de gente que se une a esa causa (como fue usado en la campaña contra Medina Mora como ministro de la Suprema Corte, con 55,000 firmas). Hay que pensar más allá. Por ahora, frente al desastre de partidos políticos y la corrupción que permea absolutamente todos los niveles e instancias de gobierno, la opción está en la resistencia pacífica y la desobediencia civil. La presión en contra de poderes fácticos (empresas trasnacionales, medios de comunicación) siempre será un método eficaz y que atenta directamente con eso que más aprecia la élite en el poder, es decir, el dinero: boicot contra marcas, campañas de descrédito, etc. Demostrar (y mostrar) con el cuerpo la injusticia y ejercer presión física en recintos y situaciones significativas (como en MVS frente a los anuncios de Carmen Aristegui o en cualquier lugar, dentro o fuera de las fronteras nacionales, donde se presenta el presidente del país) son maneras efectivas y sobre todo no violentas de mostrar el descontento. En Wikipedia hay una pequeña historia de las formas de desobediencia civil  que es ilustrativa y a la vez, digamos, aspiracional.

Hay que organizarnos. El movimiento (espontáneo, pero movimiento al fin y al cabo) que llevó a miles de personas a las calles antes de diciembre de 2014 se ha esfumado. Era el curso natural de las cosas. Ahora hay que pensar en qué sigue (y cómo sigue). No es fácil, pero las herramientas las tenemos a nuestra disposición. Las asambleas universitarias o de grupos de oposición como sindicatos u organizaciones de izquierda ya no son la única opción, y ciertamente no son la mejor. Las redes sociales, las asambleas vecinales y de barrio, los congresos (académicos o no) sobre los rumbos posibles para el país e incluso los colectivos u microrganizaciones que hace unos años podrían haber parecido irrelevantes en el terreno políticos son herramientas para poner en perspectiva y organizar la acción colectiva con un fin en común más allá de la protesta. Es ésta la opción que nos queda para construir más allá de la farsa (sangrienta, cruel, terriblemente corrupta) de los partidos políticos y las instituciones (o deberíamos escribir “instituciones”) en que después de convierten. Acciones pequeñas o grandes, peticiones y planes locales o nacionales independientes a las decisiones del gobierno, una a una van sumándose para hacer un plan ciudadano de país que nosotros queremos.

No hay que rendirse. Mi primer impulso fue escribir “la situación está de la chingada, pero…”. Y es que a eso se reduce. Con riesgo a sonar a patriota irredento u optimista cursi, hay que seguir en esto. No es que no quede de otra: pensar en estas cosas me hace pensar en eso que motiva a la gente a salir de su país y exiliarse en algún otro lugar. Con toda probabilidad estoy exagerando, pero el hecho es que aquí estamos, amamos a nuestro país y, si bien de pronto se repite como un mantra indeseado, nosotros no nos merecemos este país. Se lo merecen los políticos corruptos y los criminales grandes y chicos, pero nunca nosotros, los ciudadanos honestos que queremos que este país sea lo que puede ser, y más. Tenemos todo. A veces nos falta fuerza de voluntad o perseverancia, pero tenemos todo frente a nosotros. Quejarse no es vano, pero debe ir acompañado de reflexión, de crítica y acción. Y sobre todo de organización. Tenemos todo frente a nosotros, incluyendo una encrucijada: o mejor, un punto de quiebre. Nosotros somos el punto de quiebre. México será el que queremos (y sí, el que nos merecemos) sólo por nosotros.

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