(01 de julio, 2013).- Hace unos días tuve la fortuna de que un Ministerio Público me agregara como amigo, lo cual le agradezco enormemente porque se ha contactado conmigo directamente en mensajes ocultos. Omitiré su nombre real, no por mi seguridad pero sí por la de él.
De aquí en adelante te escribiré de manera directa porque tengo la imperiosa necesidad de que me escuches, César, y de refilón me escuchen todos los que como tú tienen ese tan cuestionado trabajo.
Siempre he dicho que para impartir la justicia se necesita antes que nada encontrar seres humanos justos. Y desgraciadamente para mi país, ha sido imposible poder acreditarles a ustedes la justicia. Me ha tocado sufrir la injusticia de la justicia en carne propia. Pero no quiero desviarme y sí quiero que el mundo entero se entere con cuánta frialdad son ignorados los asuntos de infantes abusados.
Diego, un niño de 4 añitos, ha sido abusado por su asqueroso padre en muchas ocasiones y él, al igual que su madre, ha tenido que vivir la penuria y la humillación de aquellos que como tú, César, ejercen la justicia.
Yo no agradezco los halagos, no me van las felicitaciones, y sabes por qué? Porque apenas y puedo lograr avanzar en casos tan aberrantes como es el de Diego y su madre y muchos más porque ustedes atrás de sus escritorios son capaces de acrecentar el dolor, la impotencia y el miedo.
En ustedes da inicio la corrupción, por desgracia y para mi enorme aflicción. ¿Puedo preguntar quién los escoge? ¿Quién les pone la máscara por ustedes para que me protejan de los demonios como ha sido el tipo que engendra a Diego?
César, no es tan importante que quieras conocerme, como el que sepas qué soy capaz de hacer por defender a los niños y niñas y darles voz a gritos ante tanta impunidad.
No hay conmigo una sola explicación y mucho menos la disculpa de “un violador fue abusado de niño”, porque los dramas personales deben servir precisamente para trascender ayudando al desvalido.
Ustedes, ministerios públicos, deben actuar no sólo conforme al Derecho, sino también con la justicia que impera al ser conocedores de las debilitadas leyes que tenemos en nuestro Injusto País.
No sé quién les dio “la chambita”, Cesar, lo que sí sé es que debe estar muy bien enterado de que la mayoría de ustedes al actuar con tanta falta de compasión son tan culpables del crimen como quien lo comete.
¿Quieres conocerme, César? Quizás pronto, pero te aseguro que no será antes de que vea a ese pequeñito liberado del horror de haber nacido de un terrible error.
Y lo voy a lograr, te lo aseguro, así sea de la mano del último ser humano justo (sólo por uno) que tenga este bendito país…
Que dios los bendiga, César, y de paso que Él mismo los perdone porque ése es su trabajo ¡no el mío!
Buenas noches, César.
María Ampudia.


