(27 de abril, 2014).- Ante la inminente canonización el próximo 27 de abril de los Papas Juan XXIII y Juan Pablo II, el Observatorio Eclesial convocó a una “Conferencia de Prensa y Análisis eclesial ante la Canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II”, en la cual académicos y especialistas analizaron las razones por las cuales se lleva a cabo esta canonización doble, el significado de la santidad en el siglo XXI y la polémica en torno a los casos de pederastia denunciados durante el pontificado del papa polaco.
En la mesa participaron el analista político y catedrático de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) Carlos Fazio, el ex integrante de los Legionarios de Cristo y ahora activista por los derechos de las víctimas de pederastia clerical José Barba, el teólogo jesuita y director del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín ProJuárez (Centro Prodh) José Rosario Marroquín y la integrante del Observatorio Eclesial Maricarmen Montes.
Carlos Fazio hizo énfasis en los rasgos autoritarios del pontificado de Juan Pablo II, cuyo estilo definió como estalinista por su manera de sacar de en medio a quienes tuvieran una postura incómoda para el poder. Recordó a Leonardo Boff, el teólogo franciscano a quien el papa polaco describió como un flagelo para la Iglesia. Según Boff, el pontificado de Juan Pablo II fue “posiblemente la última expresión del tipo de papado inaugurado en 1077 por Gregorio VII”.
Con ello Boff se refería a los dictatus Papae, una serie de prescripciones eclesiásticas según las cuales el Papa no debe obedecer a ningún poder terrenal pues posee todo el poder y la santidad. Es decir, remató Fazio, que “por más cabrón que sea, es santo”. En esta línea se ubicaría el Papa Wojtyla, quien no se sentía “sucesor de Pedro y Pablo, sino representante de Dios” que ante la crisis de la dictadura del clero sobre la comunidad cristiana reaccionó con la recentralización del poder, romanizando la Iglesia a partir de una visión imperial.
Esta recentralización fue acompañada de una reevangelización realizada no en el sentido pastoral que ahora propugna el Papa Francisco, sino a través de lo que el teólogo Hans Küng denominó una “reconquista en sentido medieval de contrarreforma y antimodernismo”, la cual fue particularmente virulenta porque “el papa polaco nunca conoció la experiencia democrática e identifica la democracia con materialismo y consumismo”.
Esta manera de ejercer el poder que desplegó Juan Pablo II explica su abordaje de los casos de pederastia clerical mediante el encubrimiento y el secretismo. Así lo confirma el motu proprio “La tutela de la santidad de los sacramentos” que firmó el 30 de abril de 2001, en el cual se ordena que el “delito de solicitación” –es decir, los casos de pederastia– fuera reservado y no se diera a conocer. Este documento no se publicó en el órgano oficial del Vaticano y sólo se envió a los jerarcas que lo solicitaran de manera expresa.
Precisamente de esta conducta de Juan Pablo II ante las evidencias contundentes de pederastia fue que dio cuenta José Barba, mediante una narración de su experiencia personal en la búsqueda de justicia para las víctimas del fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel. Barba relató cómo decidió romper el silencio el 5 de diciembre de 1994, cuando Juan Pablo II publicó en los 7 diarios más importantes de la Ciudad de México un texto poniendo a Maciel como ejemplo espiritual de la juventud.
A partir de entonces inició una campaña para lograr la justicia, en la que lo acompañaron otros siete ex legionarios víctimas, como él mismo, de Marcial Maciel. Esta lucha logró que se publicaran múltiples artículos de prensa e incluso programas de televisión denunciando los actos del padre Maciel, por lo que Barba considera imposible la afirmación de Stanisław Dziwisz, el secretario personal de Wojtyla durante más de 40 años, quien asegura que el Papa nunca se enteró de las denuncias contra Maciel.
El grupo que luchaba por el reconocimiento de los abusos de Marcial Maciel llegó a entregar una carta en el Vaticano donde cuestionaban a Juan Pablo II sobre la política de encubrimiento: “En caso de reconocerse la culpabilidad del padre Marcial Maciel, ¿sería ello tan oneroso para la Iglesia?
Lo oprobioso para la Iglesia sería dejar de aclarar cuál es la verdad en materia tan grave, porque por no buscarse la verdad y no hacerse la debida justicia se extenderá un escándalo mayor y quedará siempre en duda para muchos la credibilidad misma al magisterio de la Iglesia”.
Barba concluyó señalando que él sigue siendo católico porque no es el catolicismo el que lo ha traicionado. “No estoy en contra de la canonización, pero debe demostrarse fehacientemente que el Papa no sabía. Yo estoy convencido de que el Papa supo”, concluyó.
José Marroquín habló sobre los orígenes de la práctica de la canonización en tanto “proclamación de personas como dignas de culto público que se hacía localmente, a nivel de las diócesis”, lo que tenía un fuerte contenido popular que se fue diluyendo a medida que la autoridad para proclamar la santidad se fue centralizando hasta que en el 993 el Concilio de Letrán otorgó al Papa Juan XVI la potestad para canonizar a un hombre rico con quien simpatizaba.
A partir de entonces, el Papa pasó a ser la única persona con autoridad para instituir el culto público, con lo que “los procesos de canonización han formado parte de la reafirmación del poder de Roma frente a otros poderes. Se usa políticamente para asentar su postura. […] Las canonizaciones son fruto de todo tipo de consideraciones políticas. También hay criterios económicos, por ejemplo cuando los candidatos pertenecen a las congregaciones religiosas, pues son éstas las que tienen dinero para cabildear por sus santos”. Sin embargo, señaló Marroquín, en este caso, la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II no tiene que ver con las congregaciones sino con una canonización de Estado.
Cuando hablamos de canonización estamos hablando de todo un entramado complejo que se ubica dentro de una serie de relaciones de poder. Entonces, la concepción de lo que sea digno de culto está sujeto a la forma en que se han establecido las relaciones de poder dentro de la Iglesia. […] Es prácticamente impensable que dentro de un esquema monárquico podamos hablar de modelos de vida que sean más acordes con las exigencias de una sociedad democrática ”. – José Marroquín
Maricarmen Montes cuestionó por qué se va a canonizar a dos personas entre las cuales hay tanta distancia como lo son Juan XXIII y Juan Pablo II. La integrante del Observatorio Eclesial describió al primero como “un hombre sencillo, quien era consciente de que la Iglesia no respondía a los sueños y anhelos del mundo. Preocupado por el mundo tan distante que no veía en la Iglesia ningún consuelo. Un revolucionario que quería conocer los sueños de quienes le habían sido encomendados”.
El contraste que este Papa presenta con alguien como el Wojtyla descrito por los anteriores integrantes de la mesa hace a Maricarmen Montes preguntarse qué mensaje nos quiere enviar el Papa Francisco al canonizar a tan contradictorios personajes, quienes encarnan “dos modelos de Iglesia irreconciliables. Sin duda, espejo exacto de lo que es ahora la Iglesia Católica; una preocupada por perder adeptos, consciente de que cada día se alejan y se van miles; y otra, que desea que la humanidad encuentre caminos para reconstruirse y pone acento en la solidaridad, el reconocimiento, la diversidad, la justicia, la tolerancia, el respeto, que no pretende erigirse en la única, la salvadora, la vencedora”.
Pese a que para la activista estas canonizaciones envían a las mujeres el mensaje de una Iglesia absolutamente patriarcal, androcéntrica y jerárquica, cuya propuesta es “pa no creer, pa irse corriendo”, hace un llamado a retomar el espíritu del Concilio Vaticano II que tuvo lugar en Medellín, recogiendo su fruto para volver a luchar “por la justicia en América Latina, defendamos todos los avances y las resistencias en esta América Latina nuestra que está en peligro de que otra vez el Norte y los poderosos de este mundo nos la arrebaten. Y México está en un peligro brutal de ser completamente anexado al Imperio. Ahí es donde los cristianos tenemos que recuperar lo que queremos, ahí es donde hombres y mujeres tenemos un papel”.


