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Repensar la historia de México a 500 años de la caída de Tenochtitlán

Comprender de dónde venimos para entender quiénes somos, hacia dónde vamos...

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La historia es siempre un relato, una narración que se construye sobre la experiencia humana del pasado. Siempre condicionada por los límites del lenguaje y la representación, la historia no es estática: se revisa, se reformula, se reescribe, se vive de otra manera a la luz de nuevas interpretaciones.

Eso es exactamente lo que ha ocurrido en la historiografía mexicana de los últimos años, un fenómeno que, sin embargo, ha dejado de ser un asunto de académicos y ha cobrado nuevos alcances en la discusión popular, a partir del cambio de régimen político que vivió México en 2018. De ahí la manera en que la conmemoración de los 500 años de la caída de la ciudad de México-Tenochtitlán ha desatado un intenso debate público en medio de un álgido momento de cambio político. Una enorme oportunidad de cimentar las bases de un esperanzador futuro en México pasando por la difícil aduana de superar viejas heridas que llevan medio milenio todavía sin sanar. 

“Lo que ya no se sostiene es la idea de la Conquista española de México”, explica el historiador Federico Navarrete, coordinador del proyecto Noticonquista del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. “Uno, porque no fue una conquista española, porque  99% de los combatientes que finalmente tomaron México-Tenochtitlán hace 500 años eran indígenas, y los españoles no eran más del 1% de ese ejército. Entonces, ¿por qué le atribuimos a ese 1% todo lo que hicieron el 99%?”, agregó el especialista durante una reciente conversación con Jenaro Villamil en Canal 14.

Como consecuencia de una revisión histórica de ese acontecimiento denominado como La Conquista, el historiador pone en duda la versión hegemónica, y señala que en realidad, se trató de un proceso complejo en que muchos grupos indígenas que participaron en la guerra contra los mexicas se asumieron como parte del bando ganador.

“Eran una coalición interétnica, que no es muy diferente históricamente a la coalición que hizo la guerra de Independencia de México, que también fue una rebelión en que participaron pueblos indígenas, comunidades campesinas, grupos criollos. La Conquista fue una guerra en la que participaron muchos actores diferentes. Lo único que los unía, de hecho, era su rivalidad con los mexicas, pero cada uno tenía diferentes razones”, señaló Navarrete al explicar las motivaciones políticas de los grupos de Tlaxcala, Huexotzingo y Texcoco, para rebelarse contra los mexicas.

El historiador también apunta a que entre1522 y 1545 se sucedieron otras campañas militares en diferentes regiones de lo que hoy es México. Un periodo conocido como las “Guerras mesoamericanas” en que una gran coalición conformada por indígenas y una minoría de españoles, someten a otros señoríos en Michoacán, Chiapas, Veracruz, Sinaloa y hasta Nicaragua. 

“Se construyó un nuevo orden novohispano, y ese nuevo orden novohispano lo construyeron en primer lugar los indígenas. Por eso durante el periodo colonial la mayoría de los indígenas no se consideran vencidos, porque en realidad estaban del lado de los españoles, ellos ganaron las guerras”, explica Navarrete, quien señala que en los últimos años, los historiadores mexicanos han encontrado nueva evidencia documental que refuerza esta teoría, dado que las nuevas generaciones de investigadores hablan lenguas indígenas, cosa que no sucedía a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, cuando se construyó una visión nacionalista sobre este episodio histórico.

A final de cuentas, la historia, es un relato que se reinventa. En su portentoso libro Tiempo y narración, el filósofo Paul Ricoeur señala que la dimensión temporal de la existencia humana se construye con la narración. Es decir, que nuestra percepción del tiempo está condicionada por el lenguaje y los más elementales procesos de simbolización que permiten el desarrollo de la memoria. Es decir, que todo relato es, en realidad, una construcción metáforica de las acciones humanas. Y es precisamente este carácter metafórico y referencial del lenguaje, aquello que hace difícil distinguir con absoluta diferencia los límites entre historia y ficción, dado que estas dos modalidades del discurso operan con las mismas bases simbólicas, propias del lenguaje. De ahí que la construcción de nuevas interpretaciones y nuevas narrativas a partir de un acontecimiento, generan también nuevas dimensiones de realidad.

Y eso es precisamente lo que estamos viviendo hoy en México, con la reinterpretación de un pasado histórico que permite explicar muchos rasgos del presente, dado que fenómenos como el racismo, el clasismo y el colonialismo vigentes hasta nuestros días, son consecuencia de ese complejo proceso, mismo que algunos grupos buscan siempre caricaturizar con fines políticos. A final de cuentas, otro rasgo del discurso, es que siempre expresa relaciones de poder. La construcción de nuevas narrativas implica también un replanteamiento de las estructuras de poder. Algo que permite explicar también, la resistencia de ciertos grupos a participar en una revisión histórica que podría poner en peligro sus privilegios de clase. 

Pero la reflexión sobre los acontecimientos ocurridos hace medio milenio en el corazón de lo que hoy es la Ciudad de México, no sólo es un campo de batalla política, sino también, oportunidad única para reconciliarnos con nosotros mismos.

El psicoanálisis también ha encontrado un uso práctico para el relato. Construir nuevas interpretaciones a partir de experiencias traumáticas, puede ayudar a equilibrar la psique de las personas. Algo similar pasa con la psique colectiva de los pueblos. Reinterpretar experiencias dolorosas del pasado, es vital para mejorar la salud emocional de los pueblos. Y dentro de este proceso, la revisión histórica es un asunto clave. Reflexionar sobre aquel pasado doloroso y darle la vuelta, a partir de una nueva interpretación que nos permita madurar, dejar atrás el pasado tormentoso en aras de un presente y un futuro esperanzador, una vida plena. Repensar el pasado para curar las viejas heridas del ayer. Esa es la labor que nos ocupa en estos días tan intensos en lo social, días de reflexión en que algunos mexicanos parecieran haberse planteado una tarea titánica, delirante, necesaria: reescribir nuestra historia. 

Comprender de dónde venimos para entender quiénes somos, hacia dónde vamos.

De eso se trata la conmemoración de la caída de México-Tenochtitlán.

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