Valentina Pérez Botero /@vpbotero3_0
(22 de mayo, 2013) Las cámaras de los celulares sirvieron un propósito oculto: a los mensajes de texto, que de por sí podían ser provocadores, se les agregó la parte visual: poses sugerentes, desnudos, senos, penes; el intercambio continuo de imágenes sexuales inauguró una nueva forma de seducción, el sexting.
Aunque la práctica se popularizó a través de escándalos en los adolescentes, por infortunadas filtraciones de la intimidad fuera del círculo al que estaba destinado o por la edad de los participantes, una reciente investigación de la Universidad de Kentucky, Estados Unidos, reveló que el sexting puede ser el complemento perfecto para la vida monógama.
La investigación, publicada en la Revista Americana de Terapia Familiar, encontró que el intercambio de imágenes eróticas –que siguen el mismo patrón de funcionamiento que los mensajes de texto- tienen una repercusión directa en la relación, tanto en la parte sexual como en la comunicación en general.
La mala fama de sexting -derivada de la ruptura de la privacidad en el contenido, muchas veces, por despecho u omisión terminaba de dominio público- ha segado, de acuerdo con los investigadores, un terreno fructífero para experimentar formas de excitación y tantear las fantasías eróticas de la pareja.
Enviar la imagen del cuerpo desnudo, de una vulva lubricada o un pene erecto es potencialmente enriquecedor para la pareja -en la confianza, erotismo, sensualidad- o puede ser visto como algo burdo y pornográfico por quienes carezcan de contexto e imaginación.


