Su frustrada Reconquista

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No fue en este 2021 que la lograron, ni será en 2022 con la revocación de mandato que perderán, pero la intentarán en 2024: su ansiada Reconquista del poder. El viejo régimen se resiste a desaparecer; se agrupa bajo una sola premisa: el retorno al poder por el poder. El regreso a la simulación gatoparda: que gobierne la misma familia, o cuando menos la mafia hermana, que se reacomoden los protagonistas que poseen los mismos códigos y capacidad de entendimiento.

Claro que en aquella influyente agrupación ultraconservadora no hay propuestas ni perspectiva de futuro progresista para la mayoría de los mexicanos, sino pobreza y humillación. En su lógica, los pobres están  para que pongan el lomo, sentenciados a ser utilizados como pretexto y trampolín.

Por eso ni se preocupan por presentar alternativas reales de gobierno y se conforman con pretender un salto al pasado en el que esa élite lo resuelve todo con un veloz y voraz influyentismo, que lo mismo involucra, penetra y alinea a jueces, gobernantes y legisladores.

Estamos ante un vetusto régimen que tuvo una tremenda estocada en 2018 pero que reclama sus fueros y tiene su fundamento en la regla no escrita de la socialización de las pérdidas y la concentración de las ganancias, en unas pocas manos, al amparo del poder.

Esas mafias políticas mexicanas aparentemente debilitadas pero aún vigentes, y que violaron durante décadas al Estado de Derecho que presumían proteger, son movidas por el autoritarismo más profundo, por lo que modifican, actualizan e intensifican sus métodos para infundir temor y horror: si no es por la buena, es por la mala.

Pero también, encumbradas en una notoria hipocresía y falta de rendición de cuentas, prefieren no hablar del pasado a pesar de que pretenden regresar a éste.

Por eso rechazan todo lo que signifique mirarse al espejo de la corrupción, violencia, impunidad e ineptitud que nos heredaron. Para eso tienen a sus voceros mercenarios, corifeos e influencers, unos más letrados que otros, listos para que les digan y griten a los cuatro vientos lo bonitos que fueron y lo hermosos que son, pero no lo que realmente son; ni lo cobardes que fueron como cuando decidieron darle carpetazo a las matanzas del 68 y 71,  pasaron por alto los fraudes del 88 y 2006 y durante décadas aplastaron toda disidencia.

Sus injusticias cometidas fueron selladas con “verdades históricas” que convirtieron en simulaciones de Estado y que terminaron profundizando las heridas sociales.

A partir de la infusión de las campañas de miedo que despliegan hoy por medios tradicionales y por las redes sociales, pretenden ahora criminalizar el voto por la izquierda. “Morena es un narcopartido”, nos dicen los mismos que engendraron, toleraron y se asociaron con los cárteles de la droga bajo la lógica de que no podía haber un grupo más mafioso y redituable que el de ellos.

Ahora, desde la cúspide de los poderes fácticos vigentes exploran todos los caminos posibles de la mentira y el engaño propagandístico: que México “ya casi” es Venezuela; que se “fugan los capitales”, aunque lleguen las inversiones extranjeras; que el gobierno “no compró vacunas” y que nos vacunaría a todos en más de 100 años, a pesar de ser una de las naciones con más dosis adquiridas y suministradas;  que a lo más se inyecta aire o vacunas diluidas; que el presidente “dictador” no garantiza la libertad de expresión, aunque cualquier comunicador, en un ejercicio inédito, pueda ir a cuestionar o a desahogar sus prejuicios sin consecuencia alguna frente a López Obrador, como lo hizo ayer el periodista Jorge Ramos.

Desde esa cúpula reagrupada del viejo régimen -en la que utilizan a quienes legítimamente creen en la derecha como opción de gobierno-,  siguen burlándose de nosotros, presumiendo que eran “corruptos pero eficaces”. Que el fin justifica los medios; que el jugoso reparto de las ganancias arriba justifica la corrupción, sin importar que la sociedad convulsione y el país colapse.

Con gran cinismo nos señalan ahora que la consulta del juicio a los expresidentes es una “imbecilidad”, como lo sostiene el abogado del privilegio, Diego Fernández de Cevallos, porque “basta con aplicar la ley”. Nos lo dicen quienes nunca, ni por asomo, aplicaron la ley cuando se trató de cuidarse las espaldas. Si somos el país de la impunidad y la complicidad política es precisamente porque esas fueron las edificaciones del viejo régimen que ahora intenta desmontar un gobierno de la 4T, tan imperfecto como distinto.

Pero dentro de la arrogancia intrínseca de la mafia política que procura la Reconquista se percibe en paralelo el temor al despertar ciudadano: nos ruegan que mejor no acudamos a la consulta del 1 de agosto;  que no sirve de nada, pero que mejor no votemos, no vaya a ser que a la mera hora la democracia participativa sí sirva de algo.

Y es que cuando menos de ganar el Sí, el mensaje colectivo que habrá de lanzarse desde aquél ejercicio democrático, -más allá de procesos legales que deberían seguir su curso-,  será el del repudio social a esa mafia representada por los expresidentes que aún se asoma por la ventana con desesperado insomnio, esperando la Reconquista y que no claudica porque aún siente que la nación le pertenece.

Luce casi imposible esa pretendida Reconquista del poder a partir del bombardeo mediático del miedo, de la falta de propuestas y proyectos de gobierno y de un nuevo o reciclado líder cosmético. Aún lograran ganar las elecciones en 2024, México no sería el mismo, no solo han perdido poder simbólico sino real.

No solo López Obrador convirtió Los Pinos en un centro cultural y redujo a cenizas su negocio transexenal de Texcoco, hoy la izquierda gobierna la mayor cantidad de entidades federativas en la historia y nos vamos acostumbrando a respetar la democracia y que no sea el Estado el que decida quién sí y quién no. Ya se plasman por igual en la Constitución nuevas conquistas de derechos sociales que garantizan no dejar en el desamparo a los olvidados de siempre.

Por supuesto que existen procesos y reformas pendientes como garantizar un árbitro electoral menos abusivo y más imparcial, que signifique el respeto a la voluntad popular y no succione recursos públicos como barril sin fondo.

Pero en 2018 no fue la victoria de un solo hombre sino de millones de mexicanas y mexicanos que creen en una nueva forma de entendimiento político, económico y social mucho más libre, justo y humano y que difícilmente se someterían de nuevo a ser anulados como colectividad.

Claro que el grupo de selectos del viejo régimen continúa soñando en la Reconquista para la cual invierte millones, pero quizá aquello perdido sea ya una caja vacía, una mera ilusión. Quizá con lo que sueñan algunos no exista más, pero es su batalla y lo intentarán con todo lo que tienen a su alcance que no es poco.

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