Las lluvias torrenciales y las inundaciones repentinas ya se han cobrado la vida de más de 90 personas, según confirmó este lunes la Casa Blanca. La tragedia sacude comunidades enteras mientras familias enfrentan pérdidas irreparables.
“Oramos por las familias y amigos de las víctimas en estos momentos”, dijo Karoline Leavitt, portavoz de la Casa Blanca, al dar la actualización frente a medios. El gobierno de Estados Unidos asegura que no escatimará recursos: el presidente Trump tiene previsto viajar a las zonas más afectadas a finales de esta semana, buscando mandar un mensaje de respaldo directo.
Trump firmó de inmediato una declaración de desastre mayor para el condado de Kerr, una de las zonas más golpeadas, lo que desbloquea recursos federales para los rescatistas y voluntarios que no paran de remover lodo y escombros. La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, se desplazó personalmente a Texas el fin de semana para “coordinar esfuerzos” sobre el terreno.
Pero mientras miles luchan por salvar lo poco que quedó en pie, la Casa Blanca se defiende de las críticas: Leavitt lanzó un mensaje directo contra quienes culpan al presidente por estas inundaciones, calificándolo de “mentira depravada” que sólo entorpece la unidad en un momento de luto.
El gobierno federal, insistió, trabaja “en estrecha colaboración con autoridades estatales y locales” para sostener rescates y atender a los damnificados. Las alertas se mantienen encendidas: más lluvias fuertes podrían complicar todavía más la pesadilla.
Mientras tanto, Texas, se enfrenta una tragedia que no distingue barrios ni partidos. Y la reconstrucción apenas comienza.
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