Teléfono inteligente en mano, el cronista Jon Lee Anderson, pluma en The New Yorker, dice que ese aparatejo pone a la gente en trance
, como en su tiempo la televisión.
Pero tener un iPhone no te hace periodista
, agrega, y se lanza con la truculenta historia de los jóvenes que estaban de paseo en la primavera de Egipto, que captaron imágenes que dieron la vuelta al mundo para luego, emocionados, seguirse a Libia, donde les tocó una guerra de verdad, con alto costo de muertos y secuestrados. El smartphone, vaya, no les dio la formación ni la experiencia para moverse en un conflicto de verdad.
Habla el veterano periodista en un seminario que, en Academia esquina con Periodismo, reúne a representantes de organismos civiles, de empresas de medios patrocinadoras, investigadores, periodistas en activo y estudiantes.
Miembro de la vieja guardia, el periodista especializado en América Latina desestima la fuerza de las redes sociales en las rebeliones populares. Tomando el caso de Irán, asegura: Puedes contentar a la población con un juguete, pero si fuera de tu dispositivo móvil no tienes fuerza para sustentar esa libertad, eres simplemente un preso que tiene derecho a soñar en su prisión. Tal es la diferencia entre la libertad virtual y la real
.


