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The Walking Dead y la ideología del capital post industrial

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The Walking Dead aparece en el contexto de la crisis económica más grande en la historia de norteamerica desde la “la gran depresión”. Ante una crisis mundial de semejante magnitud, la siguiente pregunta resulta obligada: ¿Por qué debemos admirar nuestros sistema social, nuestros valores liberales, nuestras virtudes americanas si el mundo se derrumba, si nuestra economía se destruye, si nuestra civilización sigue sobreviviendo a costa de la conquista bélica y la destrucción ambiental, si, como dijo Marx, “todo lo sólido se desvanece en el aire”? La respuesta ideológica de la serie es sencilla: porque a pesar de todo, los zombis no nos han conquistado.

I

(12 de abril, 2014).- En su análisis de los objetos culturales del capitalismo post-industrial, el filósofo esloveno Slavoj Zizek describe uno de los mecanismos ideológicos del cine de Hollywwod: el catastrofismo. Desde mediados de los años 90 pululan historias que, de una u otra manera, nos alertan sobre posibles catástrofes capaces de acabar con la humanidad entera. Ya sea debido a una invasión extraterrestre (Hombres de negro y El día de la independencia), a la llegada de un meteorito (Armaggedon), o al advenimiento de un cambio climático global, en todos los casos, la especie entera peligra debido a la subrepticia aparición de un “objeto extraño”. Zizek afirma que en las entrañas de este mito catastrofista subyace un mensaje ideológico claro: es más factible que cualquier ser ajeno a la propia humanidad acabe con la especie a que ella misma provoque su destrucción. En todas esas películas se evidencia una suerte de transferencia que desplaza un peligro real hacía un objeto irreal. Así, en última instancia, la verdadera causa de nuestras tragedias tiende a localizarse más allá de la responsabilidad humana.

En estas películas no son ni las crisis económicas, ni el desarrollo armamentístico, ni la criminalidad los factores que operan como amenazas reales. En el mejor de los casos, éstas son presentadas como el resultado indirecto de una causa externa detonadora del caos. El mal, por tanto, no es el resultado de los conflictos inherentes a los procesos de socialización, sino, por el contrario, un efecto anti-humano, a-social y a-político.

Para Zizek esta transferencia tendría dos finalidades: por un lado redirigir nuestros miedos hacia amenazas virtuales  nulificando toda posible comprensión de las verdaderas causas de la crisis social y, por otra parte, funcionar como un mito fundacional renovador, en tanto que es la inminencia de la destrucción y la crisis global, la que, finalmente, permite que se “purifique” nuestra maldad y renazca una civilización depurada. No es en vano que en todas las películas catastrofistas los malvados expíen sus culpas, los asesinos se arrepientan, las familias se unan y los enemigos, por fin, se tiendan la mano ante la posibilidad de la desaparición humana. Los sobrevivientes, limpios ya de todo mal, pueden refundar una sociedad purificada. Así, el esquema bíblico del diluvio universal funciona en un terreno distinto: en el de las sociedades capitalistas.

II

No cabe duda que el cine y el cómic han cultivado la figura del zombi como una de las representaciones de ese otro radical del que habla Zizek. Las imágenes que Seabrook le heredó a las sociedades occidentales permitieron dar rienda suelta a su imaginación. Fue así que la magia de una cultura absolutamente ajena se traspoló, modificada y edulcorada, a nuestro imaginario popular hacieno que el  Vudú aterrizara en Occidente.

La figura de nuestros muertos vivientes (lázaros contemporáneos) nos viene de allá, de la lejana cultura africana que, a principios del siglo XX, representaba la otredad absoluta (véase si no, el azoro de Picasso ante las máscaras africanas que lo llevó a pintar Las señoritas de Avignon). En buena medida ese “otro” se popularizó con las películas de G. A. Romero y, de a poco, se implantó en la industria cultural norteamericana. No pasó mucho tiempo para que el cine zombi underground de bajo presupuesto pasara a la gran industria cinematográfica y a del cómic.

Tanto la popularización de ese objeto cultural moderno llamado zombi, como el  itinerario ideológico catastrofista y a-político de la cultura pop moderna, explican la emergencia de la serie: The Walking Dead.  En términos estructurales, la serie cumple a la perfección el  mecanismo de transferencia señalado por Zizek: lo absolutamente otro se presenta como “la causa” del mal (sin duda no hay nada más ajeno a lo humano que esos muertos vivos que todo lo devoran), mientras que el “mal” real (crisis económicas, inseguridad, abusos políticos, etc.), es relegado a un segundo orden o explicado como consecuencia de la presencia de ese “otro radical”.

De tal suerte que las verdaderas causas del caos (la especulación financiera, la crisis del capitalismo postindustrial, la espiral armamentística) son substituidas simbólicamente por entidades imaginarias que dan cuenta de la desgracia en que habitamos. Pero en este caso el escenario catastrófico cumple también un mecanismo de compensación. Sintomáticamente The Walking Dead aparece en el contexto de la crisis económica más grande en la historia de norteamérica desde la “la gran depresión”.

Ante una crisis mundial de semejante magnitud, la siguiente pregunta resultaba obligada: ¿Por qué debemos admirar nuestros sistema social, nuestros valores liberales, nuestras virtudes americanas si el mundo se derrumba, si nuestra economía se destruye, si nuestra civilización sigue sobreviviendo a costa de la conquista bélica y la destrucción ambiental, si, como dijo Marx, “todo lo sólido se desvanece en el aire”? La respuesta ideológica de la serie es sencilla: porque a pesar de todo, los zombis no nos han conquistado.

Con todos sus defectos, el capitalismo liberal global es un paraíso si lo comparamos con el mundo virtual de destrucción y desesperanza que la amenaza zombi representa. El subtexto de la serie es sencillo: efectivamente, vivimos una crisis económica que podría poner a temblar todas las convicciones del ideario liberal anglosajón; sin embargo, debemos convencernos de que, con todas sus crisis, sus defectos y sus injusticias, ese sistema ha logrado que superemos el estado de indefensión, miedo y desesperanza global al que estaríamos destinados sin el amparo de esas  instituciones por más erráticas que sean-, de este sistema económico -por más injusto que parezca- y de  industrias que conforman nuestro mundo  capitalista. O , para decirlo de otra manera, fuera del capitalismo sólo existe un caos más desolador e incontrolable que esta insignificante crisis..

¿Es esta una interpretación exagerada? Al parecer no. Para muestra un botón, Robert Kirkman, creador del cómic y la serie televisiva, se expresaba así del programa hace apenas un par de años: “La historia ofrece una sensación única de evasión. Estamos en medio de una crisis económica global, así que creo que es saludable que la gente pueda ver una serie con la que diga: Estoy preocupado por muchas cosas; pero al menos no estoy siendo perseguido por zombis”.

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