México es un país de fosas, un país de desaparecidos, de secuestrados, de violadas, de feminicidios, de ejecutados, de dolor, de mucho dolor. Una nación que entró en una vorágine violenta desde hace 13 años y que parece no finalizará con grupos criminales cada vez más sofisticados y más “daños colaterales”.
Entre tanto dolor, los muertos gritan y claman por justicia, porque no se vuelvan a cometer las infamias que acontecieron contra ellos, mientras que los vivos ignoran este dolor, donde cada vida que se desvanece se convierte en un número más de una avalancha que lo consume todo a su paso.
Autoridades municipales, estatales y federales que han sido incapaces de garantizar el primer objetivo del Estado: brindar seguridad a sus habitantes, por lo que muchos han abandonado sus lugares de origen por la crisis de inseguridad que se ha registrado, mientras que otros viven con miedo, uno que envuelve y destroza las entrañas pensando en lo que puede suceder y que ni siquiera los hogares son espacios de protección.
Por las víctimas de delitos sin esclarecer, por los dos estudiantes del Tecnológico de Monterrey que fueron asesinados, por los 43 estudiantes de Ayotzinapa, por las madres que no podrán ver nuevamente a sus hijos, por los padres que no ayudarán a sus herederos, por los hijos que no verán a sus padres, por los abuelos que no conocerán a sus nietos, por las esposas que no verán a sus parejas, por todos ellos, el reclamo de justicia no debe cesar.
Un grito cada vez más fuerte en el que la sociedad se organice para pedir la actuación de las autoridades, que nadie más viva con miedo, que nadie más tenga que buscar a un familiar, que nadie más tenga que excavar para buscar en fosas clandestinas los restos de algún ser querido.
En un país donde la violencia se desató desde hace años y cada vez se vuelve más complejo solucionar el problema, es necesario que se incrementen los recursos económicos para los temas relacionados a la seguridad, limpiar a las policías municipales y estatales, mejorar el armamento y equipo de las fuerzas federales, así como atender las causas con programas medibles y eficientes.
Basta de tener que vivir en preocupación, de vivir con miedo, de no salir a la calle, los ciudadanos merecen un país digno que esté acorde a su grandeza cultural, ambiental y social, las autoridades deben realizar su función en las entidades más afectadas y en otros estados evitar que se reproduzca esta condición en otras entidades.

