Lilia Arellano / Columna Política
(27 de mayo, 2014).- La visita presidencial al estado de Guerrero tiene, como en el caso de la de Michoacán, su gran dosis de montaje que ya no llega a ser ni un remedo de los espectacularmente presentados hace un año. Y no solo se esconden temas y situaciones difíciles, sino también intenciones que marcan el autoritarismo y que sujetan a condiciones la permanencia de los gobernadores y, todo ello, bajo el manto que les permite semejantes actuaciones: la inseguridad. Así, en tanto entre los ciudadanos se cuentan las víctimas, en el gobierno se calculan los votos y se marcan líneas de poder y control que nada tienen que ver con el ejercicio político y de gobierno.
Tanto en la tierra de los Cárdenas como en lo que fuera el feudo de los Figueroa, no se ha mencionado por parte de Peña Nieto el impacto del narcotráfico, la presencia de las organizaciones que han ocupado su campo, sus sierras, sus mares. Los sembradíos de amapola en Guerrero siguen vigentes y en ello puede apreciarse al gran número de niños con los dedos cortados por el manejo de las amapolas. La Sierra ha sido, desde hace décadas el punto impenetrable para quienes desean ejercer realmente la Ley. Ahí solo se admiten cómplices y de entre ellos, los uniformados van primero.
Del rescate de todas esas zonas, de su gente, del cambio que debe darse a los infantes para procurarles un futuro digno, nada se menciona y no solo por parte de la máxima autoridad federal, sino que tampoco la estatal hace referencias, expone la problemática que, es desde esos puntos que se ha extendido a las zonas urbanas. Menos aún hay siquiera la voluntad de hacer proyectos de rescate. Buscan el lado bonito y éste no deja de ser altamente preocupante. Se habla de reforzar al turismo, de llevar federales, militares, marinos, para conservar la “tranquilidad” que aseguran existe pero que los pobladores no ven.
Si en esa entidad, la pobreza, los hacinamientos en torno al internacionalmente famoso puerto de Acapulco, les sirvió durante décadas a los gobiernos para ocultar la importante siembra de estupefacientes que en esas tierras tenía lugar y,sin que la hubieran logrado erradicar sino todo lo contrario, fue sustituida por la inseguridad. Y una y otra van de la mano, porque los que permanecen en esos entornos son hoy los brazos operativos urbanos de los que, en otros tiempos, solo sembraban para la exportación y que encontraron en el narcomenudeo interno y en esa zona turística un mercado envidiable. Pero resulta que esos temas son intocables, no forman parte del vocabulario presidencial.
En el caso de Michoacán, la situación no se ve diferente. La siembra de estupefacientes también ha tenido su telón que la oculta y eso que hay que poner en blanco y negro que se llevaba a cabo en zonas cuyos kilómetros de mangueras para el riego eran visibles desde el aire, o sea que ningún gobernador puede siquiera hacer referencia a desconocer este que, bien puede considerarse, un gran éxito agrícola. Resultaba sorprendente que se hicieran invitaciones a la prensa para que constataran los decomisos y la quema de mariguana y fuera, en los mismos helicópteros de traslado en los que teníamos campo abierto para ser testigos de la magnificencia de esos campos.
Todas estas apariciones publicas han sembrado mas temor que confianza. El hecho de que sea el titular del Ejecutivo quien aparezca tan rodeado de seguridad que mantiene un mensaje de inseguridad total, hace que quienes están presentes salgan huyendo a refugiarse en sus casas a esperar el siguiente golpe, tanto el mediático y espectacular presidencial como el que les darán los de las mafia.

