(28 de marzo, 2014).- Quienes permanecían con vida sobre la tierra de Monte Albán, no tenían que ir muy lejos para visitar a sus ancestros: bajo el piso de sus propias casas se encontraba la morada de los jefes de familia.
Lo anterior lo consignan los arqueólogos Cira Martínez López, Marcus Winter y Robert Markens, autores de Muerte y vida entre los zapotecos de Monte Albán.
Los doctores Cira Martínez López y Marcus Winter, del Centro INAH Oaxaca, y Robert Markens del Instituto de investigaciones Estéticas de la UNAM, abundaron sobre la organización social en esa urbe mesoamericana mediante la descripción de 21 sepulcros explorados entre 1992 y 1994, durante los trabajos del Proyecto Especial Monte Albán.
El análisis de una veintena de tumbas contribuyó a entender la estructura de la sociedad zapoteca, desde su fundación cerca de 500 a.C. y hasta, aproximadamente, 850 d.C, dijo Marcus Winter.
Algunas sepulturas eran sencillas, cajones rectangulares en los que era depositado el individio. Posteriormente, comenzó la construcción de dos o tres cajones para cada casa de la élite. La práctica ritual relacionada por el poder, rango social y linaje se reflejan en los entierros de Monte Albán, que en gran medida pertenecen a adultos mayores o adultos.
El cambio significativo en la tradición funeraria comenzó en el segundo siglo de nuestra era, en la llamada fase Niza (100 a.C. al 200 d.C.). Varios difuntos se colocaban en un mismo espacio, inclusive, la evidencia arqueológica demuestra que en algunos casos llegó a remodelarse la casa, pero la tumba bajo el piso de la misma se mantuvo como núcleo familiar.
El deseo de la cercanía con el espíritu de sus ancestros puede ser la razón por la que los zapotecos enterraron a sus muertos bajo la casa de los vivos. “Según estudios, los parientes al morir se convertían en entes sobrenaturales que podían interceder por los vivos ante los dioses para proveerlos de lluvias y asegurar las cosechas, entre otras cosas.
“Los miembros de la tercera generación de la residencia abrieron el cubo de acceso para efectuar un rito frente a la tumba de sus padres y abuelos, al parecer pidiendo por maíz con incienso de copal quemado en un sahumador. Lo deducimos por la ofrenda contenida en una vasija decorada con dos personajes y un atado de mazorcas”.



