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Los culpables de la masacre de San Fernando

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Si te quiero, en mi casa sin llamar

 puedes entrar.

 En un vaso he de traerte el agua fresca,

 limpiaré tus zapatos antes de que hayas partido —

 acá nadie ha de estorbarnos,

 de modo que tranquilamente puedes inclinarte y

 remendar la ropa.

 El silencio es un silencio enorme. Pero yo te hablo.

 Si estás cansado, siéntate en mi silla, la única que tengo.

 Si hace calor, quítate corbata y cuello.

 Si tienes hambre, acepta como plato un papel blanco;

 pero si hallamos algo más,

 entonces déjame que también yo coma. También yo,

 también yo tengo hambre.

Attila József

Gerardo Ambriz / @RHashtag

(27 de agosto, 2014).- El pasado 22 de agosto se cumplieron cuatro años de la matanza de 72 migrantes centroamericanos en San Fernando Tamaulipas. Según los datos que se tienen, el grupo criminal conocido como los Zetas secuestró a los migrantes pidiéndoles a cambio de su liberación, ya sea una cantidad x de dinero, o que formaran parte de su grupo como sicarios. El desenlace lo conocemos todos: fueron acribillados por carecer de recursos económicos y por poseer, eso sí, la dignidad y el valor de negarse a participar en el crimen organizado.

Lamentablemente, lo ocurrido en San Fernando es una pequeña muestra de la violencia que miles de migrantes sufren a diario mientras cruzan por México hacia los Estados Unidos. ¿Quién no ha oído, visto o leído casos donde hombres, mujeres y niños son discriminados, maltratados, violados, levantados, secuestrados, esclavizados y asesinados? Cuando se piensa en los migrantes, cuántos de nosotros nos imaginamos que su destino final no fue el “sueño americano”, sino su esclavización en la fábrica, el restaurante, el comercio, el campo, etc.; o su explotación en algún burdel; o, en los casos más extremos, convertidos en cadáveres que yacen en la morgue, en el desierto o en la fosa clandestina.

Ahora bien, de esta tragedia se pueden señalar a varios culpables. Tenemos desde luego que culpar al crimen organizado, que no conforme con las fuertes sumas de dinero que se embolsan por la venta y el tráfico de drogas, ha encontrado otras formas de incrementar sus ganancias, y desgraciadamente una de ellas es la del secuestro, tráfico y explotación sexual de seres humanos. Aunque tal negocio se hace a costa de no-migrantes y migrantes, estos últimos son presa fácil para los cárteles ya que transitan por México de manera clandestina, sin protección alguna y sin la oportunidad de presentar una denuncia.

Otro culpable es el gobierno de México, porque durante años ha sido omiso en el problema y no ha podido garantizar la vida y seguridad a que tienen derecho tanto los mexicanos como todo ser humano que pisa esta tierra. El gobierno mexicano es culpable por permitir la impunidad y no procesar legalmente a los autores (materiales e intelectuales) de los crímenes. Peor aún, por permitir que las mismas autoridades (civiles y policiacas) se hayan coludido con el crimen organizado para facilitar sus operaciones. No es nada descabellado pensar que empleados del mismísimo Instituto Nacional de Migración, en muchas ocasiones, hayan entregado directamente a los migrantes que detiene, en las garras de algún cártel.

Un culpable que no se ve, y sin embargo está presente en el problema que estamos abordando, es el sistema capitalista. Para muchos no es evidente, pero la marginación y miseria que genera este criminal modelo económico, ha obligado a millones de trabajadores en todo el mundo a abandonar sus lugares de origen, para buscar sustento en los países hegemónicos. En el caso de la migración mexicana y centroamericana, no cabe duda que es causada porque sólo un pequeño grupo de potentados y de empresas transnacionales se están apropiando de la riqueza nacional y convirtiendo en miserables a la mayoría de los habitantes. De éstos, los casos extremos son los que al no tener ni para comer, no tienen de otra más que de emigrar a los Estados Unidos. Si bien les va, si no se encuentran con un cártel, si cruzan el muro fronterizo y si no son abatidos por algún francotirador texano, sufrirán la “pesadilla americana” de la discriminación y la explotación capitalista de primer mundo. Si no tienen esta “surte”, quedarán mutilados por el tren conocido como la “Bestia”, o perecerán como los héroes migrantes de San Fernando.

El último culpable que queremos señalar, como causante de tragedias parecidas a la de San Fernando, es a la sociedad mexicana en general. Lo decimos porque casi nadie en nuestra sociedad ha hecho nada significativo para proteger a los migrantes (la labor del sacerdote Alejandro Solalinde es ejemplar pero insuficiente); ni siquiera  ha podido articular un movimiento social (como sí lo ha hecho para cosas tan banales como las de marchar disfrazados de zombis o del Chavo del ocho) que exija a las autoridades el resguardo de la integridad de éstos y el castigo a los que violan sus derechos humanos. Al menos eso ha exigido la sociedad mexicana cuando ha visto cómo son vejados, discriminados y asesinados nuestros compatriotas del otro lado del Rio Bravo.

Frente a los migrantes centroamericanos, y en general para cualquier abuso de nuestros semejantes, la sociedad mexicana ha adoptado una actitud como la que Carlos Fernández Liria llamó “eunuquismo”. Él formó el concepto de la asociación entre la ceguera y la castración, pues en la mitología griega los delitos sexuales se castigaban con la ceguera (recordemos el mito de Edipo), que a su vez simbolizaba la “pérdida de los genitales”. No es gratuito, dice Fernández Liria, que también en la literatura, el eunuco, o castrado, siempre se ocupaba de la vigilancia del palacio donde el Emperador se reunía con sus amantes, y eso porque la vigilancia es «la misión “natural” del eunuco, pues vigilar quiere decir mantenerse despierto para un sólo objeto y permanecer ciego para todos los demás». El eunuco, continúa Liria, “no ve y porque no ve vigila: no se hace preguntas, cierra los ojos a las intrigas de palacio, sirve fielmente a sus amos y sus jefes”.

Con la sociedad mexicana ocurre lo mismo que con el eunuco, y no sólo porque actúa como si no tuviera genitales, sino también porque se ha mantenido ensimismada en satisfacer sus intereses egoístas, cerrando sus ojos frente a los abusos de los gobernantes y patrones, dando su espaldarazo al estado actual de las cosas y la espalda a la tragedia humana. Nuevamente tiene razón Carlos Fernández cuando afirma que el lema preferido de nuestra sociedad individualista, apática y posmoderna es “no sacrifiques un sólo cabello de tu persona aunque de ello dependa la salvación de todo el universo”[3]; y también cuando lanza la siguiente pregunta: «¿recuperaremos algún día la visión y por lo tanto, con perdón, los cojones suficientes como para volver a pensar la violencia real y, en consecuencia, para combatirla de nuevo como antaño, salvando así, al mismo tiempo que la “cabellera universal”, nuestra propia cabellera?».

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