Larrea, uno de los capitanes de la minoría en el poder, al banquillo de los acusados

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(24 de septiembre, 2014).- ​La minoría en el poder está nerviosa. Uno de sus capitanes, Germán Larrea, está en el banquillo de los acusados. Si uno de sus principales dirigentes ha sido llamado a cuentas, por el solo hecho de que se le acuse abiertamente de criminal ecológico y socialmente irresponsable, qué no podría pasarle a cualquiera de los miembros de la camarilla oligárquica. Sin embargo, no hay verdaderos motivos de alarma para ellos, porque el dueño del emporio denominado Grupo México , incluso hasta premiado por las “pérdidas” que ha sufrido en los últimos dos meses.
​Como quiera que sea, la oligarquía está alarmada y exige poner fin a las presiones que está sufriendo Larrea. Sobre todo porque no cuenta con el enorme poder del “empresario”, cuya enorme fortuna ha sido acumulada con el firme apoyo gubernamental desde tiempos de la dictadura porfirista. Aunque parezca increíble, el actual Larrea es heredero de los beneficiarios de Porfirio Díaz. Sus ancestros se mantuvieron en la sombra durante décadas, hasta la llegada de los tecnócratas a Los Pinos, cuando empiezan a utilizar sus afinidades con el nuevo grupo en el poder.
​Germán Larrea lleva ya más de tres décadas de abusar de su cercanía con la alta burocracia, gracias a lo cual su fortuna se ha multiplicado más de diez veces y ahora es el tercer hombre más rico de México. Aun así, se sigue comportando con la mezquindad que caracterizó a sus antepasados, menospreciando a todo mundo, incluida la alta burocracia, error que le puede costar caro, como lo patentizan los avisos que ha estado recibiendo de Los Pinos, entre ellos haber sido publicada en los medios su imagen, antes desconocida por la opinión pública. Era un secreto de Estado su anonimato, situación que pasó a la historia.
​Es obvio que la derecha está preocupada, aunque sin bases para estarlo, teniendo en cuenta que sus intereses son los que están resguardados por el grupo gobernante. Aun así su molestia es evidente, como lo han evidenciado sus más connotados dirigentes las últimas semanas. No admiten que se les cause la más mínima molestia. No se ponen a pensar que al actuar de ese modo comprometen a Enrique Peña Nieto, quien está obligado ahora a demostrar que México, según dice, es un país de leyes donde el Estado de derecho está garantizado.
​Lo cierto es que el gobierno federal priista está entrampado en sus propias contradicciones, por lo que se ve obligado a recurrir a argucias muy peligrosas, que pueden complicar aún más la difícil situación por la que estamos atravesando. Claro ejemplo lo tenemos en el absurdo e inexplicable homicidio del diputado federal del PRI, Gabriel Gómez Michel, quien fue secuestrado el pasado lunes 22 de septiembre en el municipio de Tlaquepaque, en Jalisco. Su cuerpo fue encontrado, un día después, en el municipio de Apulco, en Zacatecas, calcinado junto a uno de sus asistentes. Se dirigía al Aeropuerto Internacional de Guadalajara para regresar a la Ciudad de México. ¿Cómo debe verse este asesinato? En una primera instancia, como un homicidio con un trasfondo que es ineludible dilucidar, de manera urgente para evitar especulaciones.
​Obviamente, se le va a echar la culpa al crimen organizado y se va a investigar como un homicidio cuyas indagaciones deben estar a cargo del fuero común, cuando es por demás evidente que hay un profundo mar de fondo en esta tragedia. Lo primero que salta a la vista es una provocación de tipo fascista, a fin de justificar los abusos que vendrán con las pesquisas del caso. La derecha en el poder no quiere por ningún motivo perder uno solo de sus privilegios, que viene disfrutando desde hace décadas, por lo que habrá de recurrir a todo tipo de medidas a fin de evitarlo.
​Así como en EE.UU., el fantasma del terrorismo es el mecanismo para infundir miedo a su población, de igual modo aquí el fantasma se llama crimen organizado. Lo que no acaba de comprender la sociedad mayoritaria es que el único “fantasma” real y concreto es el propio Estado, porque está al servicio de una minoría voraz e insaciable, capaz de todo con tal de mantener a salvo sus intereses. De ahí la urgencia de quitarle al pueblo la venda de los ojos.
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