En plena crisis generalizada, Enrique Peña Nieto promete “escuchar a todos” para encontrar “el punto de conciliación, pero en la claridad de rumbo que se ha trazado este gobierno, en este proyecto de nación”. Es decir que podremos desgañitarnos clamando justicia y democracia, pero a final de cuentas el país seguirá el rumbo trazado por Washington, nos guste o no. Es así porque la clase en el poder en Estados Unidos nos mira ya como territorio suyo, conforme a sus intereses estratégicos para enfrentar la fuerza económica y política de la mancuerna que forman las dos súper potencias rivales en esta nueva “guerra fría”: China y Rusia.
Según este modelo, “el punto de conciliación” al que hace referencia Peña Nieto es aquel en el que aceptemos, de buen o mal grado, que las cosas son tal como están ocurriendo. Los mexicanos dejamos de tener una mínima participación en las decisiones que son de mayor interés colectivo, porque son tomadas en los principales círculos de poder en Estados Unidos de acuerdo a sus objetivos estratégicos. O aceptamos esa “conciliación” o tendremos que sufrir las consecuencias. El proyecto de país en el que está pensando el inquilino de Los Pinos es el que conviene a los intereses de las grandes trasnacionales estadounidenses.
En este sexenio se cerrará el círculo que se inició hace poco más de tres décadas, con el fin de poner todo tipo de obstáculos al desarrollo social de nuestro país y así crear las condiciones que favorezcan un más abierto intervencionismo estadounidense, como así ha estado sucediendo. Por eso el vicepresidente Joe Biden no tuvo empacho en afirmar que hay viabilidad para hacer de la zona norte del continente americano una de las más competitivas del mundo, siempre bajo los intereses de Washington y México en calidad de facilitador de mano de obra barata y recursos naturales a precios de ganga.
Como el gobierno mexicano no tiene ni la voluntad ni un mínimo interés en defender lo poco que nos queda de soberanía, en la Casa Blanca pueden adoptar las medidas y políticas públicas que se les antojan, como lo evidencian los hechos. Lograron convertirnos en una nación maquiladora, improductiva, inviable, y ahora pretenden dar el zarpazo final porque consideran que ya están maduras las condiciones para ello. Si la inestabilidad en buena parte del territorio nacional sigue creciendo, el gobierno de Barack Obama ordenará las acciones que considere necesarias, no para salvar a Peña Nieto y a la derecha en el poder, sino para garantizar que sus inversiones aquí no corran riesgos.
El colmo es que de nación exportadora de hidrocarburos, ahora tengamos que importar petróleo de las reservas que posee Estados Unidos, a precios superiores a lo que nos pagan por el crudo que Pemex exporta. En la actualidad, una buena parte de las carnitas de puerco que consumimos son ya traídas de la nación vecina, perdimos absolutamente nuestra soberanía alimentaria y ahora corremos el riesgo de ser controlados por hambre si se llegara a ese extremo. Ni que decir tiene que tenemos más parecido con las naciones africanas que con Canadá y Estados Unidos, nuestros supuestos socios en el TLCAN. En realidad han hecho con México lo que han querido, sobre todo nuestro vecino del Norte, porque no han encontrado una mínima resistencia de parte de la clase en el poder.
Pero Peña Nieto reconoce que “no hemos logrado que el campo mexicano tenga el rostro de vida digna, de modernidad suficiente”, luego de una centuria de que fuera aprobada la Ley Agraria de 1915. Ni lo lograremos mientras la derecha siga en el poder en México, porque no le interesa en absoluto que seamos una nación soberana, sino que le gustaría sobremanera que nos convirtamos en una colonia de Estados Unidos, aunque lo mejor sería que fuéramos un estado más, algo inaceptable para el pueblo y el gobierno estadounidenses.
Por lo pronto, este año seguiremos bailando al son que nos toquen en Washington, cada vez con más entrega porque están dadas las condiciones para que las élites mexicanas se muestren más dóciles y obedientes. Los meses venideros serán de dura prueba para las clases mayoritarias, sufrirán todo tipo de presiones para que se dejen de gritonear y exigir justicia. Eso es inaceptable en la Casa Blanca.

