Se cuenta que en alguna ocasión Rosario Castellanos preguntó a su clase las razones por las cuales se podría considerar que la novela policíaca nunca sería un género fértil en México. Después de oír algunas respuestas de los estudiantes, río socarronamente y contestó: porque en México ningún crimen es resuelto. Sentencia nada halagadora, claro, para quienes tantos años después aún vivimos en un Estado que sacraliza la impunidad; aunque, afortunadamente, por otro lado, la novela policíaca en México –y en América Latina, quizá– tomó sus propios rumbos, escindiéndose de sus orígenes anglosajones, y centró sus motivos precisamente en la impunidad, la corrupción, y en el crimen nunca resuelto.
Esto lo sabe muy bien Filiberto García, el veterano policía que recibe la encomienda de investigar qué traman los chinos de la calle Dolores. Se tienen noticias sobre El complot mongol (Rafael Bernal, 1969) que tiene como principal objetivo atentar en contra de la vida del presidente de los Estados Unidos durante su estancia en territorio mexicano. Por eso han llamado al viejo García, revolucionario que se degradó a policía (note aquí la metáfora de la revolución institucionalizada), porque no quieren mierda en el patio trasero, porque cumple órdenes sin rezongar (o eso creen), porque mata sin preguntar, y porque sabe muy bien cómo cargarse a dos que tres muertitos sin necesidad de conocer sus nombres.
Pero a lo largo del relato vamos descubriendo a un García dueño de un sentido común que continuamente pone en tela de juicio el propio sistema del cual es parte, pero también del cual marca su distancia. “Pero si hay otros que siguen pasando la mariguana y los gringos la siguen fumando, digan lo que digan sus leyes –nos hace saber García, quien funge también como narrador en algunos pasajes–. Y los policías del otro lado presumen mucho del respeto a la Ley y yo digo que la Ley es una de esas cosas que está ahí para los pendejos. Tal vez los gringos son pendejos. Porque con la Ley no se va a ninguna parte”. Así, con aseveraciones de este tipo, descubrimos también un relato que, a pesar de estar ambientado en el contexto de la Guerra Fría, toma su actualidad al encuadrarse en la cruenta realidad que asola al país. Más adelante García agrega: “Y ¡pinches leyes! Y ahora todo se hace con la Ley. De mucho licenciado para acá y licenciado para allá. Y yo ya no cuento. Quítese viejo pendejo. ¿En qué universidad estudió? ¿A qué promoción pertenece? No, para hacer esto se necesita tener título. Antes se necesitaban huevos y ora se necesita título”.
En El comploto mongol nada es lo que parece. Antes se necesitaba de mucha imaginación para conformar el relato del poder, conclusión a la que sin duda llegará el lector al seguir las investigaciones de Filiberto García. Así, una vez más la literatura, siguiendo las anotaciones de Ricardo Piglia en su espléndido ensayo Tres propuestas para el nuevo milenio (y cinco dificultades), se establece como un contrarelato opuesto a la política ficción –o la ficción de los políticos, si se quiere–, que nos hace llegar a otra conclusión, ésta mucho más alarmante: nos hemos quedado con políticos sin imaginación, “mongoles” que menosprecian nuestro sentido común al querer hacernos consumidores de relatos poco, muy poco verosímiles: dicen por ahí que #SóloEnMéxico las camas se comen a las niñas, los perros comen gente, los cadáveres se escapan, las secuestradoras salen con mariachi, los asesinos van Harvard y los pendejos son presidentes.
El complot mongol de Rafael Bernal fue reeditado por la editorial Joaquín Mortiz en 2009.


