Valentina Pérez Botero / @vpbotero3_0
(27 de julio, 2013).- Es un muro en medio del desierto. Por absurda que parezca la intención de contener la nada, el vacío de un porqué sin aparente respuesta son los migrantes indocumentados mexicanos que Estados Unidos considera improcedentes en su economía y por los que construirá 126 kilómetros adicionales de vallas divisorias.
Además de retener el flujo humano hacia el norte, la política migratoria México-EE.UU tiene una consecuencia ignorada: afecta la fauna nativa que no entiende de divisiones y sólo ve rutas de agua y pastoreo sin las que no sobreviviría.
“No hay fronteras para la naturaleza”, dice Federico Godínez, director de la Reserva de la Biósfera El Pinacate y Gran Desierto de Altar, en el estado mexicano de Sonora, quien asegura que la población de animales como el berrendo y el becerro cimarrón en zonas desérticas podría sufrir en épocas secas ante la escasez de agua y la incapacidad, de reforzarse la frontera, de migrar para buscarla.
Godínez asegura que se deben respetar los corredores biológicos para que no se interfiera en la fauna local. Los parques naturales mexicanos han tenido una relación histórica de cooperación con reservas de Estados Unidos como el Parque Nacional Organ Pipe que ha logrado mantener el tema sobre la mesa de discusión.
La limitación del paso de fauna entre los dos países, asegura Godínez, afectará las 44 especies de mamíferos catalogados en los parques naturales que dirige.


